Las ansias expansionistas de Estados Unidos no son nuevas. Aunque en tiempos recientes la presidencia de Donald Trump ha puesto en la mira a territorios como Venezuela, Groenlandia o el Canal de Panamá, esa lógica responde a una tradición de larga data en la política exterior estadounidense.
Uno de los territorios que llegó a figurar en esos planes fue el archipiélago español de las islas Canarias, en especial Tenerife. Su ubicación —frente a las costas africanas, cerca de Marruecos y a más de 1.000 kilómetros de la Península Ibérica— convertía a las islas en una pieza estratégica de primer orden.
Enclave codiciado
Canarias había sido fundamental para el expansionismo castellano desde el siglo XV y funcionó como plataforma para la conquista de América, el control del imperio y la gestión del tráfico atlántico. Precisamente por ese valor geoestratégico, el archipiélago pasó a ser objeto de deseo de EE.UU. a finales del siglo XIX.
Sin embargo, la desaparición de las antiguas amenazas marítimas propició que la protección de Canarias sufriera un progresivo abandono, debido a la dejación de los Gobiernos de Madrid a la hora de dotar a las islas de un sistema defensivo apropiado.
Así, en pleno auge del colonialismo europeo, Canarias se convirtió en una presa codiciada por su posición envidiable, que no pasaba desapercibida para potencias de la época como Gran Bretaña, Francia y Alemania, que la veían como un paso clave para acceder al botín africano.
Un objetivo abandonado militarmente
EE.UU. consideró el archipiélago como un objetivo durante la Guerra contra España desatada en 1898, tras el hundimiento del acorazado Maine, conflicto gracias a la cual se hizo con Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Alemania tampoco ocultaba su interés por un territorio escasamente protegido que podía facilitarle un acceso privilegiado a África y al Mediterráneo. Y es que, en 1898, las defensas de Canarias eran claramente insuficientes.
El Gobierno militar de Tenerife y las comandancias de La Palma, La Gomera y El Hierro contaban con recursos limitados, al igual que Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote. El archipiélago carecía de defensas costeras eficaces, disponía de material bélico obsoleto, tenía una dotación de tropas insuficiente y una población poco dispuesta a incorporarse a filas.
Las defensas de Tenerife, que no enfrentaban un gran ataque desde finales del siglo XVIII, habían decaído notablemente. No existían provisiones para resistir un asedio prolongado, ni infraestructuras adecuadas, ni capacidad de maniobra. El armamento era antiguo, lento y de escasa potencia de fuego.
En la diana de EE.UU.
Tras la declaración de guerra en abril de 1898, el conflicto duró apenas cinco meses, pero fue devastador para España. En ese breve periodo, EE.UU. consolidó su posición como potencia emergente y amplió su control sobre rutas marítimas estratégicas.
La guerra de independencia cubana (1895–1898) fue el detonante de la intervención estadounidense. España llegaba exhausta tras años de combates, lo que empujó a la Casa Blanca a valorar seriamente la posibilidad de ocupar Canarias, con especial atención a Tenerife.
La debilidad de la defensa de España era ideal para EE.UU., por lo que la posibilidad de un ataque a las islas se sopesó seriamente. Los análisis realizados en el seno de la marina estadounidense apuntaban a un lugar en concreto: el municipio de La Orotava, en Tenerife, una zona muy vulnerable desde el punto de vista militar.
No se trataba solo de golpear a un enemigo debilitado, sino de asegurar el control de rutas atlánticas clave para otros escenarios estratégicos. Aun así, el plan nunca se ejecutó y el frente de batalla quedó lejos de las costas canarias.
Presiones para firmar la paz
Aunque el ataque no llegó nunca, los isleños sí llegaron a vivir el estrés de una preparación bélica, debido a las repetidas amenazas que llegaban del otro lado del Atlántico. Los pobladores eran conscientes de que no serían capaces de repeler la embestida estadounidense en esas condiciones.
La prensa de la época alimentó los temores al asegurar que el presidente William McKinley podría dirigirse a Canarias tras la caída de Cuba y Puerto Rico. Se estima que el jefe del Gobierno español, Práxades Mateo Sagasta, aceleró la firma de la paz para evitar nuevas pérdidas territoriales.
De hecho, se estima que el presidente español, Práxedes Mateo Sagasta, se apresuró a firmar la paz tras la pérdida de Cuba, ante la posibilidad de seguir perdiendo posesiones insulares.
Las autoridades locales intentaron tranquilizar a la población con despliegues militares y desfiles, aunque en los despachos se llegó a barajar la posibilidad de dar alguna isla por perdida, como Fuerteventura, considerada de escaso valor estratégico por su baja población y la falta de lluvias.
La tensión llegó a tal punto que el teniente general Mariano Montero y Cordero declaró el estado de guerra en el archipiélago, el 9 de mayo de 1898.
En la prensa estadounidense, por su parte, reinaba el entusiasmo. The Sun llegó a afirmar: "Deberíamos hacer lo mismo con Canarias, a menos que España recapacite en poco tiempo (…) imaginen el efecto sobre el extranjero que tendría la posesión de las islas Canarias, respaldadas con fuertes fortificaciones y una buena flota. Las potencias europeas serían tan respetuosas y educadas como suelen serlo con Inglaterra".
La prensa neoyorquina, además, especulaba que Canarias, Fernando Poo (en Guinea Ecuatorial) y las islas Baleares (en el Mediterráneo) podrían ser objeto de una ocupación militar después de Puerto Rico, Cuba y Filipinas, si no se firmaba la paz.
Más allá de los oscuros vaticinios, en agosto de 1898 se firmó la paz. El conflicto terminó y las islas Canarias quedaron, esa vez, fuera del mapa de la expansión militar estadounidense.