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De zapatero a combatiente: Un sirio en Venezuela vuelve a su país para enlistarse en el Ejército

Publicado: 1 ene 2017 22:08 GMT

Se llama Omar y preferiría no dar mayores detalles. Esquivo, cauto y suspicaz, no deja de ver las noticias de su país, mientras atiende a los clientes de su zapatería en Catia. Volverá a Siria en enero para combatir.

De zapatero a combatiente: Un sirio en Venezuela vuelve a su país para enlistarse en el Ejército
Un soldado del ejército sirio hace el gesto de la victoria bajo la bandera siria en el barrio de al-Sakhour, en Alepo, Sirias, el 28 de noviembre de 2016.
Reuters
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"¿Usted es sirio?", le preguntan. Responde que sí pero que nació en Venezuela, que tiene doble nacionalidad, que sólo fue una vez hace ocho años. Miente.

Pela una naranja y sigue respondiendo parcamente las preguntas necias que le hacen. Su nacionalidad es evidente por el acento, la forma de confundir la "p" con la "b", la foto gigante del presidente sirio Bashar Al-Asad que cuelga en una pared, y la bandera con el tricolor rojo-blanco-negro que habita entre suelas, cordones, plantillas y pega en su negocio de reparación de calzados, ubicado a una cuadra de la avenida Sucre de Catia, en el oeste de Caracas.

"¿Puede decirme su nombre?". Dice que no, que para qué, que él tiene que viajar pronto, que mejor ni lo grabe. "Yo no quiero problemas", insiste mientras llega alguien a comprar una bolsita de hilo para coser zapatos. En un último intento por mantener viva la conversación, su interlocutor inoportuno le dice que trabaja para RT. Y su semblante cambia.

En tono de confidencia, y después de despachar a un señor, dice: "No, yo no nací aquí. Yo nací en Siria, pero es que hay gente muy mala, mandan a gente a averiguar cosas. Usted comprende, ¿no? Yo fui policía allá, me alisté en el Ejército y pienso volver en enero. Yo voy a combatir".

Podemos vencer

Le llamaremos Omar. Para demostrar el giro que toma su historia, busca en su teléfono inteligente varias fotos que lo muestran más joven y delgado en el Ejército, con un arma, con sus compañeros uniformados. Está casado, tiene varios hijos venezolanos y la firme convicción de ir a Siria después de haber recibido tres llamados para enlistarse.

"Yo me voy el 15 de enero. Mi esposa no quiere que yo vaya, pero para mí es un orgullo poder combatir. Ellos han destruido todo, me da mucha rabia lo que nos han hecho". Ese otro, en tercera persona del plural, es EE.UU.

Guindada en un estante está su casaca militar camuflada. Desde que inició el conflicto, Omar ha perdido a quince miembros de su familia en Alepo y Homs. Él, originario de Tartús, habla con melancolía de un país que ya no existe o que, al menos, sólo tiene lugar en su memoria: "Siria era tan bella. Lo que más disfrutaba eran sus playas. Pero ahora todo está destruido, es horrible, da mucha rabia".

Las fuerzas sirias celebran la liberación de la ciudad de Alepo (Siria) en el distrito de Sukkari, controlado anteriormente por los rebeldes, el 23 de diciembre de 2016. / George Ourfalian / AFP

Sin embargo, esta vez está esperanzado con el viaje a su país de origen. "Yo creo que el Ejército puede ganar, la toma de Alepo [el pasado 22 de diciembre] fue una gran alegría para mi pueblo, para mi familia". Omar no es el único sirio residente en Venezuela que ha tomado la decisión de unirse a las tropas gubernamentales.

En septiembre de 2013, un diputado chavista de origen sirio llamado Adel Zabayar dejó su curul para ir a Siria a combatir con la resistencia. Después de prestar servicio militar, regresó a Venezuela.

El apoyo de Rusia

Un señor llega al local para dejar dos pares de zapatos, pero Omar los rechaza: "no estoy aceptando más trabajos sino hasta el próximo año", le dice. A pocos metros de su negocio está el de dos familiares, también dedicados al remiendo de calzado. 

Sus sobrinos se encargarán de su puesto, ubicado a una cuadra de la avenida Sucre, mientras él está en Siria. Con tono divertido, confiesa: "mi casa está muy cerca de la base militar rusa, mira, es como si fuera de aquí al Ávila", y señala hacia la montaña que custodia el valle de Caracas.

"Los de RT fueron los que tuvieron problemas con EE.UU., ¿no? Es que nadie quiere que se diga nuestra verdad, solo les interesan las mentiras", agrega Omar mientras busca el control remoto del televisor que tiene escondido bajo el mostrador: "Date cuenta, hasta quitaron la señal del canal sirio que yo veía". La pantalla, que está en negro, sólo muestra una leyenda en la parte inferior en letras blancas sobre una franja azul: Syrian Drama. 

En Catia son las 5:00 de la tarde y los negocios de los 'brimos' empiezan a cerrar. En ese enclave capitalino, tan rico como multicultural, es más fácil conseguir un puesto de shawarmas que un cajero automático. La comunidad árabe abunda y los venezolanos simplemente les llaman "turcos" por un histórico embrollo burocrático. Omar ha vivido casi dos décadas pero su panorama, el año que viene, será distinto.

Omar ya no recibirá noticias sobre Siria a un océano de distancia sino que estará allí, en el lugar que lo vio nacer hacer 38 años, hoy hecho añicos por la guerra. En voz baja, habla de la posibilidad inevitable: "Yo no sé si regreso". 

Nazareth Balbás

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