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Tosqueras, los 'lagos de la muerte' que asechan a la población de Argentina

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Las compañías de construcción, en el afán por extraer recursos vitales para sus proyectos inmobiliarios, generan un daño ambiental irreparable en el suelo, además de una extensa y peligrosa cavidad en donde los jóvenes se sumergen.
Tosqueras, los 'lagos de la muerte' que asechan a la población de Argentina

Lautaro Mora, de 18 años, no le temía a los retos. Menos aún los que implicaban zambullirse en el agua y nadar largos tramos, uno de sus deportes favoritos. En las primeras horas de la mañana del 17 de agosto de 2014, en la localidad de Merlo, provincia de Buenos Aires, la temperatura había llegado a los 29 grados, anticipando un verano agotador en la Argentina. Por lo que él y sus amigos decidieron mitigar las altas temperaturas con un baño refrescante. El lugar elegido aquel día era conocido por muchos jóvenes de la zona: un extenso lago de aguas calmas, rodeado de verde y una basta fauna silvestre que nada tenía que envidiarle a cualquier reserva natural. Las prendas de los adolescentes habían quedado en la orilla cuando se lanzaron decididos a combatir el calor.

Lautaro oyó el desafío de su compañero ahí mismo, con la mitad del cuerpo sumergido: "El primero que llega hasta el otro lado, se gana un helado", le dijo. La mirada de ambos se posó en los 100 metros que debían nadar hasta tocar tierra. Entonces comenzaron: Mora lideró la competencia desde el inicio, las prácticas de Karate y Judo lo mantenían en forma. Entre braceos, observaba a su amigo cada vez más atrás, su figura se recortaba como la imagen de sus amigos en la orilla.

Finalmente, vio desistir y emprender la vuelta de su contrincante, pero él continuó. La intensidad de sus movimientos, y su ímpetu de victoria, disminuían a medida que se aproximaba a la meta. La trampa ocurrió en ese preciso momento: primero fue la corriente fría que llegó desde abajo, entumeciendo sus extremidades; luego la succión del remolino hacia el fondo. Lautaro Mora desaparecía de la superficie. Sus amigos, desconcertados, miraron hacia ambos lados del terreno en búsqueda de su cabellera o sus braceos, pero la pasividad del agua los confundía. No comprendían cómo podía ausentarse de ese modo y en un lugar donde solo se encontraban ellos.

Descolocados, el grupo de jóvenes pidió ayuda a un vecino del sitio, habían pasado ya varios minutos sin señales de su amigo. El hombre, al escuchar el relato de lo sucedido, les confirmó lo peor: no era un lago donde los jóvenes se divertían nadando, habían ingresado a una tosquera. "Son las piletas de la muerte", les remarcó en tono de preocupación, "¿cómo se van a meter acá, chicos". La temperatura, aquel fatídico día, continuó subiendo. 

Las tosqueras son cavidades extensas que se realizan sobre la tierra —de entre unos 25 y 50 metros de profundidad—, y que son producidas por empresas de construcción con el único objetivo de extraer un material conocido como tosca, una roca de vital importancia para erigir obras de todo tipo y que se encuentra al atravesar las primeras napas de agua en el suelo. Por lo general, los sitios elegidos para este tipo de operaciones suelen ser en predios deshabitados y alejados de los barrios para, de esta manera, garantizar su intervención.

Debido a las propiedades resistentes que contiene la tosca, las compañías extirpan grandes cantidades para llevar adelante sus proyectos de construcción. Pero finalizada su maniobra, la cavidad no se reviste nuevamente, produciendo un daño ambiental irreparable en el territorio, debido al contacto con el agua consumida por la población y, además, dejando al descubierto terrenos que son confundidos por sus vecinos como 'lagunas naturales', pero donde en realidad se ocultan trampas mortales.

Aunque actualmente no haya una cifra oficial respecto a la cantidad de muertes en estos pozos de extracción, diversas organizaciones sostienen que desde el año 2.000 a la fecha, hay contabilizados 20 fallecimientos que llegaron a la prensa local, tan solo en el distrito que comprende a la provincia de Buenos Aires y con la salvedad de los casos existentes y que no fueron denunciados. 

La lucha de Ninfa Mora

"Le dicen las piletas de los pobres, porque cuando levanta el calor, todos los chicos que no tienen dinero para ir a otro lado se tiran de cabeza para refrescarse. Mi hijo y sus amigos hicieron eso. Antes también se había ahogado un niño menor de edad. Y va a seguir pasando hasta que la Justicia o el gobierno actúe", explica en diálogo con RT, Ninfa Mora —de 60 años—, y madre de Lautaro, hallado muerto en las profundidades de la tosquera de Merlo, horas de después de ingresar junto a sus amigos en 2014. 

Ninfa recuerda aquel día en el mismo sitio donde murió su hijo. Tiene la voz tan calma como las aguas turbias que ahora son cubiertas por un sol de invierno. Lo primero que se le vino a la cabeza cuando la Policía llamó a su casa y le comunicó la fatal noticia, cuenta, no fue la angustia, ni el llanto desconsolado, sino una simple pregunta.

"Le pregunté si había alguna señalización en el lugar. Si los chicos sabían que ahí no tenían que meterse. El Policía me dijo que sí, pero no le creí. Yo quise irme para comprobarlo, pero no tenía fuerzas. Iban a comenzar con las tareas de rescate junto a los buzos y bomberos", detalla la madre. 

El cuerpo del joven fue hallado a las tres de la tarde (hora local). Según sus amigos, alrededor de las 11 de la mañana, ya "había desaparecido". La autopsia médica posterior reveló un estrangulamiento de los pulmones por inmersión, seguida de una arritmia cerebral por la falta de oxígeno. Hasta entonces, Ninfa, quien vive a pocos kilómetros de la 'pileta de la muerte', nunca había escuchado sobre lo que era una tosquera.  

"Nunca tuve conocimiento de la problemática. Eso es lo que a mí más me dolió y todavía me duele. Porque después de tantas muertes en esos lugares, se tendría que hablar más. Si yo, o la población, nos hubiésemos enterado antes de lo que pasa ahí dentro, podríamos haber hecho algo, porque yo tuve dos hijos y nunca escuché del tema por otra madre o los profesores de la escuela, menos del gobierno. Recién ese día me enteré, recién con la muerte de Lautaro aprendí qué hacen y cómo se crean. Ahí comenzó mi lucha", afirma la madre.

Días después del velorio del adolescente, Ninfa Mora asistió por primera vez al lugar de los hechos acompañada de 20 personas, entre vecinos y familiares. No encontraron ningún tipo de señalización o personal policial que custodiara la zona. En pocos meses, comenzaría la temporada estival del país sudamericano y las aguas volverían a poblarse de niños y jóvenes. Fue cuando ella realizó una demanda judicial al municipio de Merlo, donde responsabilizaba al Estado por el fallecimiento de Lautaro. En esos días, mientras paseaba por diferentes juzgados, aprendió sobre la peligrosidad que se oculta detrás de los profundos pozos.

"Lo primero que hay que tener en cuenta es que pueden llegar a los 50 metros de profundidad, sin siquiera aparentarlo. Los bordes, además, están hechos de un barro resbaladizo que dificulta la salida. En el centro, hay algas que pueden enredarte las piernas. Pero lo más peligroso, sin dudas, son los remolinos que se producen cuando la corriente fría de las napas de agua se mezcla con la de la superficie. Esto genera que quien pase por allí, sea succionado hacia el fondo, donde las temperaturas son muy bajas", explica Mora, y resalta que a pesar de que su hijo "nadaba a la perfección", no pudo librarse del torbellino furtivo. 

Aunque la causa judicial avanza sin mayores novedades —después de cinco años—, la madre consiguió un logro que hoy celebra: el cartel de prohibición para el ingreso en la tosquera. También pudo contactarse con otras personas que sufrieron la perdida de un familiar, en general hijos adolescentes, en las mismas condiciones. 

"Para mí la ruta 501, que divide este lugar con el resto de los barrios, es la calle de la muerte, porque nuestros hijos la cruzan en búsqueda de esparcimiento y después nos lo devuelven en un cajón. A pesar de que ahora está el cartel, la gente continua bañándose durante el verano. Es cuestión de tiempo hasta que otra tragedia ocurra", asegura Mora. 

Ninfa camina lento por el borde que divide el agua y la 'zona de peligro', como anuncia el cartel. La tosquera tiene una extensión de unos 500 metros de largo. En frente, como si fuera una broma de mal gusto, un barrio precario comienza a construirse. Se observan cientos de casas pequeñas y muchos niños correteando alrededor. "No puedo creer cuántos chicos hay y tan cerca de esto. El verano está a la vuelta de la esquina", dice y lanza una mirada de resignación.

Un vecino del naciente barrio periférico se acerca hasta ella. Pregunta, de manera educada, quién es y qué hace acá. La madre repite su historia, como una mantra, y lo interroga: "¿Durante el verano, los niños se meten a nadar, a pesar del cartel?".

"Sí, claro, ¿dónde más podemos ir señora?. Ellos tienen derecho a un chapuzón", dice el extraño y se va.

Nadar entre la basura

La Matanza es el distrito más populoso que comprende a la provincia de Buenos Aires con más de 2 millones de habitantes. Su basto terreno lo vuelve difuso y, de manera permanente, diferentes barrios precarios nacen en zonas periféricas, donde la presencia del Estado es nula. Así define Celia Frutos, vecina de González Catan, y referente de la ONG 'Vecinos Autoconvocados' el accionar de la municipalidad respecto a sus responsabilidad ecológica en las tosqueras.

"Nosotros luchamos contra la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE), que es el ente encargado del procesamiento de residuos en nuestra localidad. Ellos contaminan nuestro territorio arrojando desechos de basuras en las tosqueras, utilizando camiones clandestinos", afirma Frutos.

La primer tosquera que se aprecia en esta zona solo se diferencia del resto por la cantidad de basura que contiene. Los montículos se aprecian a una larga distancia y están cercados por un cordón de viviendas. Allí, dice celia, también se bañan los vecinos durante la temporada estival. 

Del otro lado, hay otra 'pileta de la muerte'. Esta, en cambio, parece inmaculada. No se observan residuos desperdigados y los pastizales que la custodian parecen recortados para que las personas ingresen cómodamente, casi como una invitación a sumergirse. Tampoco hay un cartel de prevención que alerte sobre su peligrosidad.

"En esta de acá murieron dos chicos al mismo tiempo en el año 2000: Javier Guerrero, de 15 años, y Ezequiel Velazquez de 17. En 2007, otro, Gastón Artaza también de 17 años. En el verano se llena de gente, vienen a pasar el día como si fuera una piscina. ¿Cuántas muertas más quiere el Estado?", alerta Celia Frutos. 

El daño ambiental

Graciela Capodoglio es presidenta de la asociación ambiental 'Patrimonio Natural' y vicepresidenta de la Reserva Natural de Pilar, localidad ubicada en la provincia de Buenos Aires, zona con una gran presencia de tosqueras alrededor. Respecto a la problemática, la especialista asegura que en su distrito "no es legal" la extracción de la tosca, debido a los problemas de contaminación. 

"En Pilar hay una ordenanza municipal que prohíbe la extracción. Sencillamente porque la empresa que va a realizar la operación, luego no va a remediar el daño ambiental que ha generado. Por lo general, muchas empresas la tapan con basura para camuflar la cavidad. Esto genera que el nivel de contaminación de las napas de agua sea abismal. Las tosqueras perforan estos niveles a 30 o 50 metros de nuestro suelo, llegando al flujo de agua que consumimos y que hoy es nuestro único sistema hídrico potable", detalla Capodoglio.

La ambientalista afirma que una de las principales razones por la cual las empresas constructoras no reparan los daños en el territorio, son por los costos que deben asumir: "Hay que aclarar que la tosca, luego de extraída, no vuelve a crecer en el sitio. Por lo tanto, las excavaciones se realizan en terrenos que pueden adquirir al valor más bajo ofertado y, la mayoría de las  veces, pertenecen a dueños privados ansiosos de vender hectáreas que no están utilizando". 

Graciela Capodoglio, presidenta de Patrimonio Natural
Graciela Capodoglio, presidenta de Patrimonio Natural
"El costo de las empresas por producir sus excavaciones, los paga la naturaleza. Si todas las compañías se hubieran hecho cargo del proceso posterior, no tendríamos tantas muertes y una contaminación irreparable"

Respecto de las muertes provocadas por la presencia de estas cavidades, la presidenta de 'Patrimonio Natural' coincide en que el remolino que se produce en las profundidades es la principal preocupación a la hora de zambullirse en estas aguas.  

"En nuestra localidad, a pesar de estar inhabilitadas, tenemos tosqueras de 1.500 metros de largo y, por supuesto, sin ningún tipo de señalización. El agua que sale de las napas de agua se encuentra helada y la que se encuentra en la superficie a una mayor temperatura, por lo que cuando se conectan esas dos corrientes se crean torbellinos que tienden a succionar hacia lo profundo, situación que, una vez abajo, puede generar una hipotermia en el cuerpo", finaliza Capodoglio.

Facundo Lo Duca

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