¿Cada brazo de los pulpos tiene un cerebro propio? Científicos brindan nuevas respuestas a esta interrogante

Las extremidades de los pulpos son órganos únicos que cuentan con más de 200 ventosas que pueden sentir, saborear y oler el medio que les rodea, asimismo, son capaces de girar y moverse en un número casi ilimitado de formas.

Debido a la gran versatilidad de funciones que pueden desarrollar los brazos de los pulpos, la manera en la que estos animales son capaces de controlar cada una de sus ocho extremidades ha sido un misterio para la ciencia. Incluso, se ha propuesto que cada uno de ellos posee un cerebro propio; sin embargo, un nuevo estudio realizado por un grupo internacional de investigadores ha descartado esta posibilidad y ha logrado identificar la forma en que lo logran.

"Los brazos de los pulpos son completamente únicos. En primer lugar, hay ocho, cada uno con más de 200 ventosas que pueden sentir, saborear y oler los alrededores […] y pueden girar en un número casi ilimitado de formas", explicó Tamar Gutnick, coautor de la investigación.

A pesar de que se ha llegado a pensar que "los pulpos son criaturas de nueve cerebros, con un cerebro central y ocho cerebros más pequeños en cada brazo" —comentó Gutnik— los resultados de la investigación publicada recientemente en Current Biology, demuestran que las extremidades de estos cefalópodos no son completamente independientes del cerebro, al contrario, están más conectadas de lo que se pensaba.

Durante el estudio, los científicos desarrollaron dos experimentos con los que pusieron a prueba la capacidad de estos apéndices para proporcionar al cerebro dos tipos diferentes de información sensorial: la propiocepción (la capacidad de percibir dónde está un miembro y cómo se mueve) y la información táctil (la capacidad de sentir la textura).

Para la primera prueba, los académicos construyeron un laberinto opaco en forma de 'Y' y entrenaron a seis pulpos comunes del Mediterráneo para que asociaran el camino derecho o el izquierdo con una recompensa alimenticia. Al final, cinco de los seis aprendieron la dirección correcta para empujar o desenrollar su extremidad a través del laberinto para obtener la comida.

Estos resultados, detalló Gutnik, demuestran que "los pulpos tienen claramente algún sentido de lo que hace su brazo, porque aprenden a repetir la dirección del movimiento que dio lugar a una recompensa", lo que indica que existe un sentido de "automovimiento de los brazos que está disponible para el cerebro central", agregó

El segundo experimento consistió en un laberinto similar, con la particularidad de que cada tubo lateral de la 'Y' poseía una textura diferente. Tras varias pruebas, cinco de los seis pulpos fueron capaces de navegar con éxito por el laberinto, independientemente de si la textura que los llevaría a la recompensa alimenticia se encontraba en el lado izquierdo o derecho, demostrando que habían aprendido qué textura era la correcta.

Asimismo, los autores descubrieron que para ambos tipos de laberintos, una vez que los cefalópodos habían aprendido la asociación correcta que los premiaría con alimentos, podían navegar con éxito por los laberintos usando brazos que no habían usado antes. "Esto descarta aún más la idea de que cada brazo podría estar aprendiendo la tarea de forma independiente, el aprendizaje se produce en el cerebro y luego la información se pone a disposición de cada brazo", lo que muestra que la información obtenida se intercambia entre los sistemas nerviosos central y periférico, subrayó Gutnik.

A pesar de los resultados obtenidos, los autores aseguran que aún quedan muchas preguntas por resolver en cuanto a la forma y las regiones cerebrales en donde los pulpos almacenan toda la información aprendida, por lo que, aseguran, es necesario llevar a cabo más investigaciones al respecto.

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