Este jueves 10 de diciembre se cumple un año desde que Alberto Fernández llegó a la Presidencia de Argentina, cuyo primer tramo de gestión estuvo marcado por inmensos desafíos políticos, económicos y sociales, y un 2020 que tuvo a la pandemia del coronavirus como principal protagonista.
Economía: un logro y muchas cifras angustiantes
Apenas terminado el 2019, cuando nadie imaginaba la emergencia sanitaria que llegaría unos meses más tarde, el Gobierno planteaba sus objetivos priorizando la delicada situación financiera. Por eso, Fernández puso a Martín Guzmán en el Ministerio de Economía, un político joven y con poca trayectoria en cargos de gran notoriedad, pero reconocido por ser un "discípulo de Joseph Eugene Stiglitz" —Premio Nobel de Economía— y estar especializado en reestructuración de deudas.
Finalmente, tras duros debates con acreedores particulares, el Ejecutivo logró renegociar un endeudamiento de 66.000 millones de dólares, extendiendo vencimientos y reduciendo las tasas de interés. Este logro, uno de los pocos hitos de la actual administración, incluso fue reconocido por la oposición.
A su vez, se está negociando la reestructuración de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) por 44.000 millones de dólares, contraída por el Gobierno de Mauricio Macri. Igualmente, los datos oficiales muestran que bajo la gestión de Fernández la denominada "deuda bruta de la administración central" creció: en diciembre del 2019 superaba los 323.000 millones de dólares, y en octubre de este año rondó los 333.000 millones.
Además, tal como sucedió bajo otras administraciones, el peso argentino continuó devaluándose: Fernández llegó a la Presidencia con un dólar oficial que se vendía a 63,27, y hoy se ofrece a 87,25. Para muchos, la depreciación es superior si se tienen en cuenta los impuestos que se aplican para comprar dólares, teniendo que desembolsar 143,55 pesos por dólar mediante la vía legal.
Al respecto, Fernández sostuvo el 'cepo al dólar', que pone un tope de 200 dólares mensuales por persona para la compra de divisa extranjera, continuando la política impuesta por Macri e inaugurada por Cristina Fernández de Kirchner años atrás, ante la escasez de reservas en el Banco Central. Asimismo, todos los dólares que ingresen a Argentina desde el exterior, se convierten a pesos. Cuando no eran presidentes, tanto Fernández como Macri criticaron la medida, que luego se vieron obligados a sostener.
Y la inflación, considerada por muchos como el peor mal de la economía argentina, se redujo. Mientras que Macri entregó la banda presidencial con un 53,8 % anual, la más alta desde 1991, la suba de precios interanual en octubre del 2020 marcó un 37,2 %, según el Índice Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Esta disminución fue acompañada por una marcada desaceleración en el consumo, ante la paralización general que trajo el covid-19.
Con ese marco, también aumentó la pobreza: los datos públicos dicen que en el primer semestre de este año creció un 5,4 %, comparado con los últimos seis meses del macrismo, y la indigencia subió un 2,5 %. Hoy, el país sudamericano tiene 11,7 millones de pobres y entre ellos hay 3 millones de indigentes, que representan al 40,9 % y 10,5 % de la población, respectivamente.
Frente a esta crisis, agravada por el brote global del coronavirus, el Ejecutivo logró aprobar en el Congreso un impuesto extraordinario a las grandes fortunas. Esto se implementa para intentar solventar parte de los gastos que requiere la emergencia, en medio de subsidios para las empresas y una batería de planes sociales urgentes para los sectores más vulnerables.
Altibajos en la gestión de la pandemia
Apenas inició la emergencia, Alberto Fernández planteó una disociación: "La economía se recupera, las vidas no". Así, el Ejecutivo puso todos los esfuerzos en aplicar medidas restrictivas para reducir la circulación del coronavirus, algo que también conllevaba paralizar la actividad. La primera medida, del 20 de marzo, fue decretar la cuarentena obligatoria en todo el territorio nacional, incluso en jurisdicciones de baja incidencia viral.
Esta clase de políticas fue acompañada por alicientes económicos, como el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), para apaciguar el inevitable golpe a los bolsillos de los argentinos. Con el correr de los meses, el confinamiento se fue adoptando de modo gradual, según la situación epidemiológica de cada zona.
Al inicio, la confianza del Gobierno en sus propias medidas motivaba a que Fernández comparara la situación argentina con otros países vecinos, como Brasil y Chile, porque el escenario local era notablemente mejor. Esto generó cortocircuitos con otros dirigentes regionales, e incluso diplomáticos de Suecia —que fue tomado como un mal ejemplo por las autoridades argentinas—, y el presidente latinoamericano debió reducir el tono.
Ahora, la línea impartida desde la Casa Rosada es "aprender a convivir con el virus", considerando la extensa duración de la pandemia y los estragos económicos que está causando. Desde diciembre, se reactivó el turismo local y receptivo, pero hace ya algunos meses que los bares y comercios estaban abiertos al público en muchas ciudades, respetando protocolos. El plan para incentivar los viajes internos es reintegrarles a los consumidores la mitad de lo gastado en pasajes, hoteles y excursiones.
Hasta el martes, Argentina reportaba casi 1,5 millones de casos confirmados de covid-19, y más de 40.000 fallecimientos. Si se mide de forma proporcional, ya no figura entre las naciones con mayor índice de contagios, pero sigue apareciendo entre los 12 países con más muertes por cada 100.000 habitantes, marcando 90 decesos.
Entre tanto, Fernández cierra su primer año de gestión con anuncios prometedores sobre la llegada de la vacuna, donde se destaca la rusa Sputnik-V. Según el Ejecutivo, antes de Año Nuevo empezará la campaña de vacunación "más importante de la historia" local, cuya aplicación será opcional, y tendrá como prioridad a los trabajadores esenciales y las personas de grupos en riesgo.
Un peronista moderado
Cuando Cristina Fernández de Kirchner, líder indiscutible del peronismo, decidió que Alberto Fernández fuera el candidato a presidente del movimiento más masivo del país, sabía una cosa: era visto como un dirigente moderado que pregonaba los consensos, en un contexto de alta crispación social, más conocido como 'grieta'. Este político, quien nunca antes se había postulado al cargo y tampoco era muy popular antes del 2019, representaba a la perfección la conformación del Frente de Todos, una alianza diversa, compuesta por progresistas y algunos conservadores, con un lema común: aumentar la intervención del Estado para reactivar la economía.
Su mayor gesto de diálogo se vio en los primeros tramos de la pandemia, cuando Fernández daba anuncios junto al gobernador de la capital, Horacio Rodríguez Larreta, un líder de la oposición que mide muy bien en las encuestas. De todos modos, ello no evitó que se produjeran manifestaciones antigubernamentales en las principales urbes de Argentina, mientras el jefe de Estado era tildado de ser un "títere de Cristina".
El punto de ebullición social se dio cuando el Gobierno anunció que planeaba expropiar la gigante cerealera Vicentín, y hasta envió un proyecto de ley al Congreso para avanzar con la medida. Aunque el Ejecutivo comunicaba que la intención era rescatar una compañía que se había ido a la quiebra, para muchos de forma fraudulenta, los detractores del peronismo interpretaron que se atentaría contra la propiedad privada. La dialéctica de "república versus comunismo" ocupó las pantallas de muchos medios de comunicación, y las protestas aumentaban, en medio del malestar generado por el aislamiento social obligatorio. Finalmente, a fines de julio Fernández debió dar marcha atrás.
Sin dudas, el debate más importante del calendario político argentino es la legislación para despenalizar el aborto, que divide a la sociedad entre pañuelos verdes y celestes. El mandatario había prometido en su campaña presidencial que apoyaría esta ley, y ya fue enviado un nuevo proyecto al Parlamento, que se trata este jueves, justo cuando el peronismo cumple su primer aniversario de regreso al poder. En septiembre se decretó el cupo laboral para travestis y trans en el Estado, y en noviembre se legalizó el autocultivo de cannabis con fines medicinales.
Rechazo al golpe en Bolivia y malestares por Venezuela
En el plano internacional, la diplomacia argentina comenzó reflejando una buena sintonía con el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, aunque la pandemia eclipsó cualquier intento de impartir una agenda progresista en la región. Igualmente, ambas naciones cerraron un trato con AstraZeneca y Oxford para producir vacunas contra el covid-19 para América Latina, cuando estén listas.
A nivel sudamericano, Fernández repudió de forma enérgica el golpe de Estado en Bolivia y le garantizó el asilo político al derrocado Evo Morales, quien antes había logrado escapar de su país gracias al apoyo mexicano.
La situación que despertó mayor tensión en el progresismo local fue el posicionamiento del Gobierno ante el conflicto en Venezuela: la Cancillería argentina respaldó el informe de la ONU que alerta sobre posibles violaciones a los derechos humanos en el país conducido por Nicolás Maduro. Igualmente, fiel a la doctrina antiimperialista del peronismo, Buenos Aires repudió el bloqueo y la injerencia de EE.UU. en los asuntos de Caracas.
De forma reciente, se mostró satisfecho por el triunfo de Joe Biden en las elecciones estadounidenses, y ya sostuvo una conversación telefónica con el demócrata: "Tengo la seguridad de que haremos muchas cosas juntos", dijo el político del Cono Sur.
¿Cómo está su popularidad?
Este primer año también se caracterizó por la activa presencia de Fernández en los medios. De hecho, es habitual verlo en entrevistas varias veces por semana.
A fines de noviembre, la muerte de Maradona interrumpió toda la agenda política y el Gobierno organizó un velatorio masivo, que fue escenario de incidentes y algunos disturbios en Plaza de Mayo, cuyas imágenes se reprodujeron en todo el mundo. También en esa oportunidad, el presidente protagonizó decenas de reportajes y apariciones en público, mientras lamentaba el fallecimiento de su ídolo.
Frente a todo lo dicho, con exposiciones frecuentes y posturas ambivalentes, resta por ver si este político moderado puede "quedar bien" con todos, o si perfila políticas más determinantes hacia sectores puntuales de la sociedad. De momento, las encuestas de opinión son muy dispares: algunas, como Pérez Aramburu & Asociados, marcan una aprobación del 37 % contra un 51 % de desaprobación. Otras, como Zuban Córdoba y Asociados, invierten la cifra y afirman que la imagen positiva de Fernández es del 53 %, y la negativa del 44 %.
Más allá de estimaciones, lo cierto es que nadie esperaba un año con tantas dificultades.
Leandro Lutzky
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