Un intenso intercambio entre representantes estadounidenses e indios en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que se celebró entre el 13 y 15 de febrero, ofreció una imagen reveladora del funcionamiento real del orden mundial emergente, indica en un reciente artículo Fiódor Lukiánov, redactor jefe de Russia in Global Affairs.
Así, siguiendo la línea marcada por el presidente estadounidense, Donald Trump, el secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó que Nueva Delhi había prometido a Washington que dejaría de comprar petróleo ruso. Poco después, en otro panel, el ministro de Relaciones Exteriores indio, Subrahmanyam Jaishankar, se negó a confirmar dicho compromiso. Subrayó que la India tomaría sus propias decisiones, "que podrían no ser siempre de su agrado". Todos tendrían que aceptarlo, añadió.
La verdad, como siempre, probablemente se encuentre en un punto intermedio. Pero el episodio trata menos sobre quién dijo qué y más sobre un problema sistémico más profundo.
La India se ha encontrado, de forma un tanto inesperada, en el centro del intento de Washington de construir un régimen internacional a la medida de los intereses estadounidenses. No se trata de un orden mundial en el sentido clásico, con reglas aceptadas como legítimas por todos. Se trata de un sistema de relaciones más flexible y transaccional con los principales Estados, diseñado para maximizar la ventaja política y económica del país norteamericano.
Enfoque ruso
El auge del comercio entre Rusia y la India en los últimos años, sobre todo a través de las exportaciones energéticas rusas, ha atraído naturalmente la atención de la Casa Blanca. Pero la presión sobre Nueva Delhi va más allá del petróleo. La India es una de las potencias más pobladas, de más rápido crecimiento y de mayor importancia estratégica de las próximas décadas. Integrarla en un marco centrado en Estados Unidos sería un logro en sí mismo. Por no mencionar un precedente instructivo para otros.
El enfoque ruso es especialmente conveniente. Puede presentarse como parte de un esfuerzo supuestamente noble por pacificar Ucrania, en lugar de una simple coerción económica. A diferencia de otras manifestaciones del 'trumpismo', abiertamente mercantilistas, esta puede envolverse en un lenguaje moral. Al mismo tiempo, Rusia y la India comparten genuinamente una relación de larga data, forjada durante décadas mediante la confianza política y la simpatía mutua, al menos en la medida en que tales sentimientos existen entre los Estados. Precisamente porque esa relación es estable y resiliente, resulta aún más tentador para Washington debilitarla y redirigirla en su propio beneficio.
La soberanía no implica una libertad de acción ilimitada
La India es miembro fundador de los BRICS, un actor global en ascenso con ambiciones acordes con su tamaño. Un país de esta envergadura no puede simplemente seguir las instrucciones de otro. Por definición, es soberano y lo recuerda constantemente al mundo.
Sin embargo, la soberanía no implica una libertad de acción ilimitada. El margen de maniobra de la India está limitado por las realidades económicas, las dependencias estratégicas y las rivalidades regionales. En la práctica, la independencia exige flexibilidad: un equilibrio constante entre lo deseable y lo alcanzable.
¿Flexibilidad u oportunismo?
Desde una perspectiva puramente económica, comprar petróleo ruso —claramente más barato que muchas alternativas— tiene mucho sentido para la India. El crecimiento sostenido es esencial para un país con una población numerosa y aún desfavorecida, y con el riesgo constante de inestabilidad social. Al mismo tiempo, EE.UU. es el principal socio comercial de la India, un factor indispensable no solo económica sino también estratégicamente. China, por su parte, es un socio económico clave en el mundo no occidental y el principal rival geopolítico y militar de la India. El panorama resultante es todo menos sencillo.
La observación del canciller indio de que su país tomaría decisiones que"no les agradarían" estaba dirigida directamente al público occidental. Era un recordatorio de no esperar obediencia. Sin embargo, la misma lógica puede aplicarse en otros lugares. Moscú también observa con inquietud cómo la India recorta las compras de petróleo ruso bajo presión estadounidense. Desde la perspectiva rusa, tales maniobras —que podríamos llamar, más directamente, oportunismo— pueden parecer una falta de soberanía, una disposición a acomodarse a los intereses de otra potencia a costa propia.
Pero esta sentencia refleja una comprensión específicamente rusa de la soberanía. Moldeada por la historia, la concepción rusa es rígida e inflexible, definida por la resistencia a la influencia externa en casi cualquier forma. Este enfoque es cada vez más infrecuente en un mundo interconectado.
Prioriza lo propio
La comprensión de la India, como la de muchos otros Estados, es diferente. La soberanía no significa necesariamente no ceder ante la presión; significa encontrar maneras de hacer realidad los propios intereses en condiciones desfavorables. La esencia de esos intereses es la estabilidad interna y el desarrollo continuo, prioridades que se han vuelto aún más urgentes en medio de la turbulencia global.
La cohesión interna siempre ha sido importante. Sin embargo, hoy en día, la interdependencia la magnifica. La inestabilidad interna interactúa ahora con las perturbaciones externas, amplificando sus efectos desestabilizadores. Para la mayoría de los gobiernos, preservar el equilibrio social y político interno prima sobre los principios abstractos o la coherencia ideológica.
Esta es la realidad práctica de lo que a menudo se denomina un mundo multipolar. Si dejamos de lado la retórica, funciona según una vieja regla, reinterpretada en lenguaje moderno: prioriza lo propio. La llamada mayoría global sigue precisamente esta lógica. Los Estados persiguen sus intereses tal como los entienden, adaptándose a las circunstancias en lugar de aferrarse a dogmas.
Al tratar con socios, es fundamental adoptar una actitud serena y sin sentimentalismos. Actuar en beneficio propio no es cinismo; es un comportamiento normal de Estado. Rusia debe hacer lo mismo: con firmeza, confianza y sin ilusiones. La aprobación de los demás es secundaria. Lo importante es confiar en el propio criterio y actuar en consecuencia.
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