Las consecuencias de la agresión conjunta de Israel y EE.UU. contra Irán iniciada la madrugada del 28 de febrero están resonando a nivel mundial.
Sin embargo, las consecuencias políticas generales de esta tragedia —la grave desacreditación del derecho internacional por parte de una potencia miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, la nueva división entre Estados Unidos y Europa, así como la desestabilización de todo Oriente Medio— solo interesan por ahora a los observadores profesionales, reflexiona politólogo ruso y director de programa del Club de Debate Internacional Valdái, Timoféi Bordachiov.
Destaca que el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del crudo mundial, tiene, por ahora, "el efecto internacional más fuerte", paralizando los envíos de petróleo y gas, disparando así el precio de los combustibles a nivel global. Además, esta situación se ve agravada por la incertidumbre en los mercados ante la posibilidad del uso de drones iraníes contra buques cisterna, mientras que expertos advierten que, de prolongarse el conflicto y duplicarse los precios, la economía mundial caería en una recesión.

Detrás de la petición de Trump
Ante la parálisis del tráfico marítimo en el golfo Pérsico, el presidente Donald Trump instó sin éxito a otros países a colaborar para reabrir el estrecho de Ormuz.
Esta solicitud, destaca Bordachiov, fue "inmediatamente interpretada como una señal de debilidad", la incapacidad para resolver una crisis nacida de sus propias decisiones e intento de involucrar en una guerra con Irán a países completamente ajenos a las relaciones entre Estados Unidos e Israel en Oriente Medio.
No obstante, subraya el analista, "el asunto de las declaraciones de Trump sobre la 'ayuda para desbloquear' el estrecho es mucho más simple y, al mismo tiempo, más complejo".

En primer lugar, explica el experto, para el Gobierno estadounidense, y especialmente para su líder, no existe contradicción alguna entre su propia grandeza y el deseo de transferir parte de los asuntos a otros. "Incluso el debate sobre si países como Corea del Sur o Japón pueden o no enviar sus buques al golfo Pérsico es, para Washington, ya una prueba de su grandeza", opina Bordachiov.
En segundo lugar, en la colisión que ha surgido, Trump se comporta con total naturalidad, es decir, continúa "negociando" literalmente con todo lo que se le pone a mano. Para el experto, "invitar a otros países al estrecho de Ormuz, en este sentido, no significa en absoluto un reconocimiento de su propia incompetencia, no es debilidad, sino espontaneidad, ya que para el jefe de Estado estadounidense las cosas simbólicas tienen muy poca importancia", porque "no necesita en absoluto comportarse según las expectativas de los demás".
La contradicción de proyección de Estados Unidos
En otras palabras, desde Washington, la preocupación y necesidad de reacción de terceros son interpretadas como una prueba del poder y liderazgo que EE.UU. ejerce en la política global, según apunta.
"La política internacional moderna se basa en los símbolos tanto como en el poder duro de los Estados, capaces o no de defender sus intereses", reflexiona Bordachiov. "Esta dimensión simbólica se materializa a través de dos momentos: el reconocimiento de ti como el más fuerte y tus propias acciones que confirmen dicho reconocimiento".
En este contexto, Estados Unidos se proyecta como una potencia indispensable, hecho que genera expectativas globales que chocan son su propia contradicción: exigir admiración global en virtud de sus capacidades mientras "desde un punto de vista práctico, no necesita para nada a los amigos". Esta tensión define hoy a Washington, y, su arsenal nuclear, compartido solo por gigantes como Rusia y China, le permite prescindir de la OTAN o de aliados estratégicos, redefiniendo así el poder.
De acuerdo con el politólogo, esto evoca un axioma de la política internacional de que las alianzas reales solo existen entre iguales. Cuando un país es desproporcionadamente más fuerte, la relación "no se trata de una alianza, sino de una cooperación", manifestándose de diferentes maneras: "desde el respeto mutuo, como en el caso de Rusia y los países post soviéticos, hasta la dominación, como caracteriza las relaciones entre Estados Unidos y otros países occidentales, pero no es una alianza en el verdadero sentido de la palabra".
El retorno de la política internacional de intereses
Actualmente, ninguna gran potencia depende de otros para sobrevivir. El arsenal nuclear de EE.UU., Rusia y China hace que una guerra clásica entre ellos sea políticamente impensable, eliminando la necesidad de alianzas tradicionales por seguridad. "No obstante, eso no les impide generar en los demás expectativas completamente infundadas", subraya el analista.
Así, China, tras expandir su influencia global, enfrenta críticas de quienes esperan que intervenga en crisis como las de Venezuela o Cuba. La realidad es que estas demandas son poco realistas: al final, los Estados siempre priorizan sus propios intereses estratégicos por encima de las necesidades de terceros.
EE.UU., tras décadas alimentando expectativas de liderazgo global, ahora las está desmantelando con sus propias acciones. De todos modos, según considera el experto, esto podría traer estabilidad.
"La burbuja de expectativas creada por los estadounidenses, no solo por sus aliados, sino por todos los demás, se está desinflando, y la política internacional convencional está tomando su lugar", consideró. Así pues, se estaría volviendo a un sistema donde los Estados actúan por intereses propios y las ilusiones de una tutela global desaparecen.

