¿Por qué están cayendo en picado los índices de popularidad de muchos líderes occidentales?

Los líderes occidentales intentan preservar sus posiciones mediante la represión y la lucha contra el enemigo exterior, considera Tarik Cyril Amar, historiador y profesor asociado de la Universidad Koc de Turquía.

Todo orden político y social tiene dos versiones: la que su pequeña élite y la minoría que la explota al máximo quieren que todos crean, y la realidad que la mayoría de sus miembros vive de verdad. Ambas nunca coinciden, pero esa discrepancia no tiene por qué ser necesariamente un gran problema. Sin embargo, si la diferencia se vuelve demasiado grande y demasiado evidente durante demasiado tiempo, ningún orden puede continuar sin cambios.

Nada de lo anterior es una novedad. Los observadores agudos entienden desde hace mucho que las cosas empiezan a tambalearse cuando una mayoría pierde su fe —o al menos su aceptación pasiva— en la ideología dominante (en el sentido original del término, es decir, como el relato imaginativo de la élite sobre la realidad, destinado a mantener obedientes a quienes no pertenecen a ella).

En una situación así, las cosas cambiarán, pero es difícil predecir exactamente cómo. Un desajuste agudo entre ideología y realidad puede conducir a una rebelión y, si esta triunfa, a una revolución. Pero también puede llevar a las élites a intensificar su adoctrinamiento o a volverse más punitivas, añadiendo una coerción más directa para mantener a raya a los de abajo. Siempre existe además la opción de lanzar una guerra contra enemigos externos —reales o, mucho más probablemente, inventados— para distraer de la desunión interna. Por último, todo lo anterior puede suceder en una secuencia caótica, o incluso al mismo tiempo.

Pese a sus diferencias y tensiones, Occidente constituye efectivamente algún tipo de orden político y social. En la ideología de sus élites, difundida por sus complacientes medios tradicionales, es un reino de cuento de hadas de libertad política y económica, que combina democracia representativa con mercados libres, Estado de derecho, individualismo y 'valores' superiores para formar el mejor de los mundos posibles. En realidad, evidentemente, es una zona oscura de oligarquía capitalista con tendencias cada vez más autoritarias. No la acogedora Comarca de los hobbits, sino más bien el dominio de Sauron en construcción.

Los mercados, por ejemplo, no son 'libres', sino que de forma rutinaria y descarada son manipulados por quienes están dentro del sistema. Actualmente, por ejemplo, tanto el inicio de la guerra criminal estadounidense-israelí contra Irán como los rumores repetidos y deliberadamente sincronizados sobre la paz han facilitado operaciones manipulativas por valor de miles de millones de dólares.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 pueden considerarse el Big Bang maligno de nuestra actual etapa de manipulación de masas, de acaparamientos autoritarios de poder en nombre de la respuesta a la 'emergencia', de guerra permanente y de una mentira tan intensa que a veces resulta difícil recordar que existe la verdad. Como acaba de recordar Tucker Carlson, exconservador del movimiento MAGA en rebelión contra el sistema, el 11-S también estuvo acompañado —y precedido— por operaciones bursátiles para las que la descripción de 'altamente sospechosas' se queda corta.

La representación política democrática y la libertad de pensamiento y de expresión son, en el mejor de los casos, si no engaños abiertos, al menos mitos. Es decir, una mezcla caótica de restos de realidad y grandes dosis de invención. Y esos raros restos de realidad son cada vez menores.

En lo que respecta a la libertad, por ejemplo, el Reino Unido bajo el ampliamente detestado régimen de Starmer es un Estado policial sionista. Va más allá de difamar y reprimir cualquier acción en favor de las víctimas de los crímenes de Israel, incluido el genocidio, calificándola de "antisemitismo"; también condena cualquier declaración pública de solidaridad con las víctimas. No existe un Estado de derecho digno de tal nombre: expresiones perfectamente legítimas son prohibidas como "terroristas", la Policía acosa a disidentes políticos, y también lo hacen los tribunales y sus procedimientos. Estos son en sí mismos poco fiables (que se lo pregunten a Julian Assange) y son deformados descaradamente para producir juicios injustos y sentencias punitivas.

En cuanto a la representación, basta con mirar a Alemania: ahora tiene un Gobierno históricamente impopular de forma asombrosa, que solo está en el poder porque las últimas elecciones estuvieron marcadas por recuentos erróneos generalizados y estadísticamente extraños que, de manera muy poco aleatoria, sirvieron convenientemente para eliminar del Parlamento a un nuevo partido de izquierda, el BSW, y por tanto también a sus votantes.

Mientras tanto, a la nueva derecha alemana (AfD) y a sus votantes se les amenaza abiertamente con castigos inconstitucionales si se atreven a tener demasiado éxito: si se vota demasiado a AfD, el diploma de secundaria de tus hijos será tratado como basura. Sí, así de burdo; ese es realmente el nivel actual de desvergüenza entre los centristas alemanes, cada vez más radicalizados por sí mismos.

Además, ya ni siquiera los habitantes más conformistas de Occidente pueden cerrar los ojos ante el hecho empírico de que las conspiraciones son demasiado reales y ejercen una influencia enorme y atroz mediante medios perversos. No se puede pretender al mismo tiempo que las masas crean firmemente en el mito de una representación popular justa y tener, por otro lado, un escándalo como el de Epstein; es la prueba de la sobrerrepresentación masiva de un conjunto muy particular de intereses, e incluso de Estados extranjeros, a través de redes de subversión y chantaje. El sistema puede sobrevivir al principio, pero su base quedará socavada por la frustración y el cinismo de las masas.

Hoy, en resumen, los Estados de Occidente tienen mucho en común, y la mayor parte de ello es terrible. Por eso observamos ahora una gran tendencia en todo su espacio: en palabras de The Wall Street Journal —medio que no suele ser conocido precisamente por una disidencia subversiva—, "los europeos están hartos y lo están pagando con sus líderes". Las encuestas muestran un enorme descontento en toda la Europa OTAN-UE. Y no solo las encuestas, también las elecciones reales: el régimen de Starmer en el Reino Unido acaba de sufrir una derrota desastrosa en comicios locales que bien puede marcar el principio del fin del disfuncional e injusto sistema bipartidista británico.

En un estudio que evalúa la popularidad de 24 líderes, los tres peores resultados correspondieron a los jefes de Francia, Alemania y el Reino Unido: la capa dirigente de la Europa OTAN-UE está encabezada por sus gobernantes menos populares. Pero eso no significa que los demás estén mucho mejor. Los líderes de Italia, Países Bajos y España tienen todos índices de desaprobación de entre el 55 % y el 57 %.

¿Pero qué sería Occidente sin su líder 'indispensable'? Si uno revisa el Financial Times, otro medio tradicional que está por encima de toda sospecha de rebeldía, encontrará que también hay descontento al otro lado del Atlántico: en EE.UU., más de la mitad de los votantes desaprueban igualmente las políticas del presidente Trump.

Casi el 60 % está descontento con la gestión de Trump frente a la inflación. Igual que su desastroso predecesor, el senil cómplice del genocidio en Gaza Joe Biden, Trump se ve ahora perseguido por una crisis del costo de la vida. Como Biden, Trump solo puede culparse a sí mismo: los dos factores clave que impulsan los precios al alza son sus burdos aranceles y su previsible fiasco en Irán. El 55 % de los votantes cree que Trump ha perjudicado a la economía, solo una cuarta parte piensa que la ha ayudado.

Siempre resulta tentador concentrarse en cada caso de malestar por separado: aquí, el caos alemán, con su peculiar tensión Este-Oeste y su líder Friedrich Merz, cómicamente entregado a la autocompasión; allí, la decrepitud francesa, con sus defectos de diseño constitucional y el narcisista furioso Emmanuel Macron en el centro; y más allá, el tradicional vasallaje del 'establishment' británico hacia EE.UU., combinado con su relación perversa con el sionismo y con el Israel genocida. En el caso de Estados Unidos, por supuesto, son las próximas elecciones de medio mandato las que atraen la mayor atención.

Pero ¿y si adoptamos una visión más amplia? ¿Hacia dónde se dirige toda esta miseria? Una vez más, hay más de un desenlace posible. Para ser franco: considero la situación lo bastante desesperada como para no ver con malos ojos una rebelión o una revolución. Pero sería insensato no contemplar otros escenarios, concretamente aquellos que las élites occidentales preferirían: una represión creciente es ya un hecho evidente. También lo es la distracción mediante guerras en el exterior: quienes han bautizado la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán como operación Furia Epstein (en lugar de 'Furia Épica') han dado en el clavo. Berlín, siendo Berlín, naturalmente se prepara para combatir a Rusia de forma directa (en lugar de 'solo' indirectamente, como hace ahora), y también lo hace, por desgracia, gran parte del complejo OTAN-UE.

El futuro es impredecible. Salvo en una cosa: el cambio es inevitable. No apueste a que vaya a ser para mejor.

Las declaraciones, puntos de vista y opiniones expresados en este artículo son exclusivamente del autor y no representan necesariamente los de RT.

Por Tarik Cyril Amar, historiador y profesor asociado de la Universidad Koc de Turquía