Las manos de los venezolanos tratan de reconstruir lo que los terremotos del 24 de junio destruyeron en pocos segundos.
En Venezuela, levantar lo caído tiene una acepción muy amplia. Aunque generalmente se habla de recomponer las estructuras afectadas o colapsadas por el doblete sísmico, el acento se pone en lo humano, que quedó tan agrietado como las paredes.
La capital venezolana se empeña en retomar la normalidad interrumpida, mientras que el ruido de las herramientas de construcción se escucha. Una vista general de la ciudad, caracterizada por su verticalidad, muestra paredes caídas, grietas profundas y fachadas de edificios donde los terremotos dejaron huella.
En la capital venezolana, a solo 45 minutos del estado La Guaira, declarado zona de desastre, el Gobierno venezolano ha instalado 40 campamentos transitorios, que albergan 7.559 personas. En total, han sido dispuestos 107 de estos refugios temporales entre Caracas y los estados vecinos de La Guaira, Miranda y Aragua, para atender a 20.936 personas afectadas por los terremotos.
Una escuela para todos
En la parroquia Santa Rosalía, en la urbanización Prado de María, una zona popular y comercial de Caracas, se encuentra la Unidad Educativa Nacional Gran Colombia, inaugurada en los años 50. En esta extensa estructura funciona uno de los campamentos transitorios instalados por las autoridades venezolanas y un centro de acopio.
Las instalaciones han sido acondicionadas. En sus espacios se observa organización, limpieza y movimiento de voluntarios que realizan distintas labores para garantizar la atención de las personas afectadas que fueron trasladadas allí.
Rosalba Hernández, de 30 años, es parte de la brigada de voluntarios del Ministerio de la Juventud que se encuentra en el centro educativo. Conforme a las cifras que maneja, en el Campamento Transitorio de la Torre Ecuador, que forma parte de la escuela, hay 470 personas, de las cuales 219 son niños. En total son 180 familias.

Entre sus responsabilidades se encuentra organizar aspectos logísticos que garanticen el funcionamiento del albergue, pero también ofrecer contención emocional a los afectados, atender a la población infantil y adolescente.
María en la llanura
Es mediodía y un grupo de niños juega en una cancha de baloncesto. Saltan y tratan de encestar el balón. Sus familiares los observan desde las gradas.
María Valera, de 60 años, está sentada. Aunque no tiene allegados allí, se distrae viendo a los niños. Está sola en el campamento y perdió su vivienda en La Guaira. Cuando ocurrieron los sismos, estaba en el estado llanero de Barinas, en el sepelio de su madre.
Al llegar a Caracas, sus hijos le pidieron que no volviera a La Guaira porque "todo estaba destrozado". "No pude salvar nada, ni un corotico [trasto]", dice.
Una de sus vecinas, Carolina Jacomé, fue clave para guiarla en medio de la tragedia. María la llamó y supo que debía ir al campamento del Parque Alí Primera, en el sector popular de Gato Negro. Posteriormente, fue trasladada a la escuela donde se encuentra ahora.

María con la mirada puesta en Barinas, la llanura donde vivió del campo y de la cría de animales, dice: "Quisiera una casita allá, ahí me sentiría bien. No quiero volver a un apartamento".
El motor de la comunidad
Carolina Jacomé carga a Rocco, un cachorro moteado que trata de escapar de sus brazos para jugar. Hasta hace 20 días, ella, junto a su familia, vivía en el edificio OPP 22, en el sector Caribe, en La Guaira. Ahora está a las afueras de un salón en la Escuela Gran Colombia, un lugar al que ha guiado a una buena parte de sus vecinos.
Esta venezolana es una líder comunitaria cuya labor contribuyó a agrupar a personas afectadas por los terremotos y a mantener informados a sus vecinos.
Tras los sismos, Carolina redobló sus actividades cotidianas, adaptadas a la contingencia. Hizo censos personales sobre las personas fallecidas y sobrevivientes, impulsó la búsqueda en centros hospitalarios de desaparecidos y mantuvo a sus vecinos cohesionados en medio de la incertidumbre y el temor que desata una catástrofe natural.
En el momento del doblete sísmico, ella realizaba una actividad comunitaria en la planta baja de su edificio. Su familia y los otros habitantes lograron escapar de la torre, que permaneció en pie, pero que estaba rodeada por otras que se desplomaron.

Un grupo de WhatsApp* donde están los nombres de los miembros de su comunidad fue vital para publicar información, recibir mensajes de personas afectadas y brindar ayuda en los momentos posteriores a los sismos.
"Tengo 15 años viviendo en La Guaira y tengo 10 años organizando una comunidad. Eso lo llevo yo por dentro", dice con profunda emoción al hablar de su labor.
Las primeras noches fueron angustiosas. En medio de la confusión, trataba de agrupar a los sobrevivientes y resguardar a los heridos. La comunidad se organizó espontáneamente para atender una emergencia cuya magnitud se desconocía.
Una conexión
Carolina fue el enlace con las autoridades locales para que accedieran al lugar, cuyas vías quedaron obstruidas por los colapsos de las edificaciones. En las redes sociales pudo ver que había un refugio abierto en el Parque Alí Primera, adonde llegó y pidió a sus vecinos que también fueran.
Posteriormente, también estableció un enlace con las autoridades nacionales, a través del Ministerio de Vivienda y Hábitat, y logró instalarse junto a su familia en la escuela Gran Colombia. Allí también se encuentran parte de entorno.
"Mi comunidad ha sido muy agradecida. Me siento muy complacida de ayudarla. No son dos días, es una gente con la que convives. Aquí en el campamento hemos sido bien atendidos, han cubierto nuestras necesidades básicas", afirma.
Mientras Frida, su otra perrita, se deja cargar con tranquilidad, Rocco persigue a otro cachorro y Carolina se prepara para presentar los datos que recabó durante los terremotos ante las autoridades del campamento.
*Perteneciente a Meta, calificada en Rusia como organización extremista, cuyas redes sociales están prohibidas en su territorio.


