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Entre Europa y Asia: por qué Rusia no tiene que elegir

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El fortalecimiento de los vínculos con Asia permitió a Rusia afrontar la presión occidental sin quedar aislada, pero el verdadero objetivo de Moscú no es reemplazar Occidente por Oriente, sino mantener una política exterior basada en sus propios intereses, indica el analista Timoféi Bordachiov.
Entre Europa y Asia: por qué Rusia no tiene que elegir

Hace 40 años, el 28 de julio de 1986, en un discurso en Vladivostok, el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, declaró por primera vez de manera abierta la necesidad y la disposición de la URSS a ampliar la cooperación con China y otros países asiáticos. Al mismo tiempo, expresó su deseo de restablecer las relaciones políticas con Pekín, gravemente deterioradas desde mediados de la década de 1960.

Comenzó así un desarrollo lento, pero constante, de las relaciones con los vecinos orientales de Rusia que, bajo el liderazgo del presidente Vladímir Putin, adquirió a finales de la década de 2000 el carácter de un auténtico giro de Rusia hacia Oriente. Hoy, el principal resultado de ese "giro" es que, tras el paso en 2022 del conflicto con Occidente a una fase militar y técnico-militar, Rusia no quedó aislada internacionalmente. China, la India y los países del Sudeste Asiático se convirtieron para nosotros en nuevos y muy beneficiosos socios.

Quienes insistían y siguen insistiendo en la importancia de fortalecer las relaciones con Asia disponen de un argumento muy sólido: el trabajo realizado en esa dirección desempeñó realmente un papel importante en la capacidad del país para resistir la presión de Occidente.

Pero ¿significa esto, en primer lugar, que Rusia debe volver a hacer una elección, esta vez a favor de Oriente, y, en segundo lugar, que la diplomacia en la dirección occidental resultó un fracaso? Parece que, en ambos casos, la respuesta debe ser negativa.

Empecemos por lo principal: la crisis actual en las relaciones entre Rusia y Occidente, especialmente entre Rusia y Europa, es el resultado de la forma en que evolucionó el mundo tras el final de la Guerra Fría en 1991. Esta crisis, al igual que la guerra en Ucrania, no es producto de errores diplomáticos ni de una intención maliciosa. Más exactamente, sí existió una intención maliciosa al intentar convertir a Ucrania en un "ariete" contra Rusia, pero eso no es más que un instrumento dentro de una confrontación que, de todos modos, habría sido inevitable.

Estados Unidos y Europa, por principio, no pueden reconocer la independencia de ningún otro gran actor en la escena internacional. China, por ejemplo, evita sistemáticamente, a diferencia de nosotros, el conflicto con Occidente, pero eso no cambia nada: en Washington siguen viendo a Pekín como un adversario estratégico y hacen todo lo posible por perjudicarlo. En lo que respecta a Europa, puede compartirse la opinión de que la confrontación con Rusia se convirtió en una salida al callejón sin salida de unas élites europeas enredadas en su propia incompetencia.

Por ello, resulta difícil estar de acuerdo con la idea de que la confrontación actual en la dirección occidental sea el resultado de una política equivocada por parte de Rusia y de los intentos de llegar a acuerdos con Europa y Estados Unidos. Es más, durante las últimas décadas, la política exterior rusa resolvió, en la dirección occidental, tareas necesarias para alcanzar los objetivos del desarrollo interno.

En realidad, la política de aceleración del 'giro hacia Oriente' comenzó en Rusia entre 2009 y 2010, porque solo entonces una evaluación objetiva del potencial de los mercados asiáticos para los productos rusos permitió considerar que podían sustituir seriamente a Europa. Antes de eso, los propios países asiáticos no estaban preparados para comerciar activamente con Rusia y no podían ofrecer los productos que necesitábamos.

Y, en parte, tampoco pueden hacerlo ahora: así, China, pese a todos sus logros económicos, aún no ha conseguido desarrollar aviones comerciales de largo alcance como los que fabrican Boeing o Airbus y cuya producción Rusia está comenzando en Irkutsk.

Las relaciones con Estados Unidos y Europa estaban cargadas de aspiraciones emocionales únicamente para una parte muy reducida de la sociedad rusa; no conviene exagerar la ingenuidad de una potencia con 500 años de soberanía ni la de sus ciudadanos. La mayoría de los rusos veía Europa como un espacio atractivo de comodidad, conocimiento e inversiones. Pero cuando el conocimiento y las inversiones empezaron a agotarse y el nivel de comodidad en Europa disminuyó, también comenzó a reducirse la magnitud del "amor" por esa dirección.

Y habría seguido disminuyendo de forma gradual si los propios europeos no hubieran decidido, después de 2022, acelerar ese distanciamiento mutuo objetivo. Y vemos cómo nuestros compatriotas, con total tranquilidad, orientaron la búsqueda de entornos cómodos para el descanso hacia otras direcciones geográficas, incluidas las propias, aunque nuestro acceso a verdaderos mares cálidos está limitado por la ubicación geográfica del Estado, lo cual es una lástima.

Sin embargo, el desarrollo dinámico de los vínculos con los países situados fuera de Occidente no significa que Rusia esté haciendo una nueva elección estratégica, esta vez hacia Asia. En primer lugar, porque un país como el nuestro, sencillamente, no puede hacer una elección en favor de una sola dirección geográfica.

La posición geopolítica única de Rusia es tal, que está orientada simultáneamente hacia cuatro direcciones: Occidente, Asia, Oriente Próximo y Oriente Medio. En consecuencia, ninguna de ellas puede ser la más importante desde el punto de vista del desarrollo estratégico del país.

Por ello, para Rusia la cooperación en cada una de las direcciones geográficas es una cuestión de elección y no de necesidad existencial. Y durante siglos podemos mirar en todas las direcciones con una mirada recelosa, sin correr en absoluto el riesgo de caer en una dependencia total de uno solo de nuestros vecinos geopolíticos.

Siempre competirán entre sí. Y quienes quieran ver cómo es realmente una mala posición geopolítica pueden fijarse en Turquía: el país se ve a sí mismo en Europa y depende completamente de ella, pero todos lo consideran únicamente como parte de Asia.

El destacado académico estadounidense y fundador de la geopolítica Nicholas Spykman escribió en su momento que "la geografía de un país es el material de la política, no su causa". Y en el caso de Rusia, nuestra posición geográfica siempre ofrecerá materia para reflexionar sobre qué es, al fin y al cabo, más importante: Europa o Asia. Pero, en la práctica, se trata de desarrollar las relaciones allí donde precisamente en ese momento pueda obtenerse el mayor beneficio.

Al mismo tiempo, ese 'precisamente en ese momento' también es siempre una elección de Rusia. El crecimiento de las exportaciones de nuestros recursos energéticos a la India, por ejemplo, se ha convertido en los últimos años en un buen medio de defensa frente a las llamadas sanciones de Occidente. Pero estas también resultaron ser, en última instancia, una reacción a la decisión de Rusia de no someterse a Bruselas y Washington y defender con las armas su posición independiente en el mundo.

Nos guste o no, un Estado, al igual que una persona, siempre mira con mayor atención hacia la dirección de la que proviene el mayor peligro para él. En el caso de Rusia, esa dirección es precisamente Occidente, algo que Alexánder Nevski comprendió brillantemente ya en el siglo XIII: pese a todo su poder, la Horda de Oro no podía representar para la existencia del pueblo ruso ni una pequeña parte de la amenaza que suponía el avance germano-católico hacia el Este.

Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái

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