¿Estaría Erdogan dispuesto a ir a la guerra con Israel?

El nuevo acuerdo entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán ha reforzado la posición de Ankara y ha incrementado el riesgo de una escalada accidental con Israel, según el analista Farhad Ibragimov.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, declaró recientemente en una entrevista, al responder a una pregunta sobre la actitud agresiva de políticos israelíes hacia Turquía, que Ankara no rehuirá una guerra en caso de ser atacada. Aunque estas palabras no pueden considerarse una declaración de guerra directa contra Israel, sí constituyeron una seria advertencia. El líder turco dejó clara la posición de Ankara: Turquía no busca entrar en un conflicto armado, pero cualquier agresión en su contra recibirá una respuesta contundente. Erdogan, sin embargo, no expresó intención alguna de atacar primero; simplemente indicó que los medios diplomáticos para disuadir a Israel se están agotando gradualmente.

Las palabras de Erdogan están directamente vinculadas al Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, firmado el 7 de agosto por Turquía, Arabia Saudita y Pakistán. Su principio central recuerda al artículo 5 de la OTAN, según el cual un ataque contra uno de los miembros se considera un ataque contra todos. El pacto contempla coordinación militar, ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia y el desarrollo de la cooperación en la industria de defensa. 

Turquía, Arabia Saudita y Pakistán están creando su propio mecanismo de disuasión. Y aunque aún no se trate de una especie de "OTAN islámica" plenamente desarrollada, es mucho más que una simple declaración de amistad.

La reacción del presidente estadounidense, Donald Trump, ante este pacto fue llamativa. Lo acogió favorablemente y lo calificó como "un primer paso importante" que demuestra la unidad de los países de Oriente Medio. A primera vista, puede parecer contradictorio que Washington apruebe un mecanismo que reduce la dependencia de sus aliados regionales respecto a las garantías de seguridad estadounidenses. Sin embargo, el Acuerdo de La Meca no es una alianza militar contra Estados Unidos, sino más bien un acuerdo contra el monopolio estadounidense a la hora de definir las reglas de seguridad regional. Hay una diferencia entre estos dos conceptos, aunque esa diferencia podría reducirse con el tiempo.

Turquía, Arabia Saudita y Pakistán tienen cada uno sus propios motivos de descontento con Washington. Turquía está descontenta por el apoyo estadounidense a milicias vinculadas al Partido de los Trabajadores del Kurdistán en Siria, por haber quedado fuera del programa de cazas F-35 y por el continuo respaldo de Estados Unidos a Israel. 

A su vez, Arabia Saudita sigue molesta por la tibia respuesta estadounidense al ataque contra su infraestructura petrolera durante la agresión de EE.UU. contra Irán, y ya no confía plenamente en que las garantías de Washington la protejan en un momento crítico. 

Pakistán, por su parte, considera que su relación con Estados Unidos es más bien circunstancial. Tras décadas de cooperación, Islamabad se enfrentó a sanciones y a una disminución del interés estadounidense tras la retirada de Washington de Afganistán, al tiempo que se reforzaban los vínculos entre Estados Unidos y la India.

El declive del dominio de EE.UU.

La conclusión compartida por los tres países es bastante simple: aunque es posible cooperar con Estados Unidos, ya no resulta viable delegar por completo la seguridad en Washington. Lo que Turquía aporta a la alianza es una gran fuerza militar y una industria de defensa desarrollada; mientras tanto, Pakistán aporta experiencia militar y su condición de potencia nuclear; y Arabia Saudita contribuye con recursos financieros y peso político. Juntos son capaces de negociar con Washington no como tres socios dependientes, sino como una coalición independiente.

¿Por qué, entonces, Trump recibió favorablemente este nuevo acuerdo? La autodefensa regional encaja con su principio, sostenido desde hace mucho tiempo, de que los aliados de Estados Unidos deben asumir más costos y responsabilidades. Además, oponerse abiertamente al pacto equivaldría a reconocer las preocupaciones de Washington y empujar a los tres países hacia una independencia aún mayor

A Estados Unidos le conviene dar la bienvenida a esta nueva estructura y mantener su influencia a través de la OTAN, la venta de armas, la cooperación en inteligencia y los vínculos bilaterales. Por último, Trump puede presentar la situación no como un debilitamiento de Estados Unidos, sino como un éxito de su propia política: un ejemplo de cómo los aliados se han unido para compartir una carga común.

Sin embargo, la línea de fractura subyacente sigue ahí. El Acuerdo de La Meca consagra el derecho de las potencias regionales a decidir por sí mismas quién representa una amenaza para ellas y cuál debe ser su respuesta. Ankara, Riad e Islamabad no tienen intención de romper sus vínculos con Washington, pero sí intentan protegerse en caso de que la política estadounidense vuelva a resultar imprevisible o quede subordinada sobre todo a los intereses de Israel.

Formalmente, el pacto no está dirigido contra Washington; pero, en términos políticos, sí representa un giro desde la tutela estadounidense hacia un sistema de seguridad más policéntrico. Por eso los expertos ven en este acuerdo una señal del declive del papel de Estados Unidos en la región.

Contrapesos regionales

Toda la región, desde el Mediterráneo oriental hasta Asia del Sur, sigue de cerca el nuevo acuerdo. India observa que su principal adversario, Pakistán, ha recibido garantías colectivas de dos Estados influyentes. Israel debe tener en cuenta que Turquía ahora pretende apoyarse no solo en sus propias fuerzas y en su pertenencia a la OTAN, sino también en un mecanismo de defensa regional independiente. Del mismo modo, Grecia, que mantiene disputas históricas con Ankara en el mar Egeo, en torno a Chipre y a las fronteras marítimas, tampoco puede ignorar el fortalecimiento de la posición de Turquía.

En respuesta a ello, podría surgir gradualmente otra configuración: un hipotético eje formado por India, Israel y Grecia, con la posible inclusión de Chipre. La base para ello ya existe: India está desarrollando cooperación técnico-militar con Israel, Grecia está adquiriendo sistemas israelíes de misiles y defensa aérea, y en febrero de 2026 Nueva Delhi y Atenas firmaron una declaración para ampliar la cooperación en la industria de defensa y acordaron elaborar una hoja de ruta de cinco años.

No obstante, por ahora no hay motivos para hablar de la aparición inminente de un pacto trilateral formal. India ha declarado oficialmente que está estudiando las implicaciones del Acuerdo de La Meca para su seguridad nacional y la estabilidad regional, aunque mantiene una postura cautelosa. Lo más probable es que un posible contrapeso surja inicialmente no en forma de un único tratado, sino como una red de ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia, cooperación en defensa aérea, sistemas no tripulados y seguridad marítima. Aun así, incluso la posibilidad de una configuración de este tipo demuestra que el Acuerdo de La Meca ya ha puesto en marcha la lógica del equilibrio regional: la aparición de un único centro de poder empuja casi inevitablemente a sus posibles rivales a acercarse.

Ahora bien, ¿está realmente Erdogan dispuesto a enfrentarse militarmente a Israel? Aunque una respuesta militar es bastante posible, una guerra de gran escala planificada de antemano parece poco probable. Turquía no tiene interés en una confrontación directa.

Una guerra golpearía a una economía ya deteriorada, desencadenaría inevitablemente una crisis dentro de la OTAN, complicaría las relaciones con Estados Unidos y podría escalar rápidamente más allá de un conflicto bilateral. Israel también entiende que una guerra con Turquía entraña un riesgo incomparablemente mayor que las operaciones contra actores no estatales o los ataques contra vecinos más débiles.

Posibles escenarios del conflicto

Sin embargo, un escenario de este tipo ya no puede descartarse por completo. La principal zona de riesgo es Siria, donde los intereses de ambos países chocan con frecuencia. Ankara busca consolidar su influencia en Damasco, reforzar la estatalidad siria manteniendo al mismo tiempo una orientación favorable a Turquía y evitar la aparición de fuerzas hostiles en la frontera turca. Israel intenta frenar el ascenso de Turquía y preservar su libertad de acción militar. Ambas partes mantienen canales técnicos para evitar enfrentamientos accidentales, pero un ataque contra un objetivo con presencia de militares turcos o la muerte de ciudadanos turcos podría bastar para desencadenar una reacción en cadena.

Otra posible zona de conflicto es el Mediterráneo oriental, incluidos Chipre y las zonas marítimas en disputa. El riesgo también aumentará si continúan ampliándose las operaciones israelíes en Siria y en el Líbano, que Erdogan ya ha descrito como una amenaza para la seguridad de Turquía. Si el líder turco concluye que Israel "no está a punto de calmarse", que está ignorando las líneas rojas y que va acercando gradualmente la amenaza a las fronteras turcas, Ankara podría pasar de la presión diplomática a medidas militares limitadas, como reforzar los sistemas de defensa aérea, proporcionar cobertura a fuerzas aliadas en Siria, realizar intercepciones, desplegar fuerzas navales o llevar a cabo ataques de represalia.

Un incidente local que pueda descontrolarse parece más realista que una decisión deliberada de ambos líderes de iniciar una guerra a gran escala.

El Acuerdo de La Meca eleva el costo de atacar a Turquía, pero no implica automáticamente que Arabia Saudita y Pakistán vayan a iniciar una gran guerra con Israel. El texto completo del documento todavía no se ha hecho público, y la defensa colectiva podría incluir distintas formas de asistencia, desde apoyo político e intercambio de inteligencia hasta una implicación militar directa. Por ahora, se trata ante todo de un instrumento de disuasión: su propósito no es facilitar una guerra, sino disuadir a un posible adversario de comenzarla.

La afirmación de Erdogan debe entenderse dentro de esa lógica. No está declarando la guerra a Israel, sino privando al liderazgo israelí de la seguridad de que Turquía, en cualquier circunstancia, se limitará a protestas y declaraciones diplomáticas. Una guerra a gran escala entre Turquía e Israel sigue siendo poco realista. Sin embargo, si las acciones israelíes afectan a fuerzas turcas o son percibidas por Ankara como una amenaza directa para la seguridad nacional, Erdogan es capaz de responder con fuerza. En ese caso, la cuestión ya no sería si quiere la guerra, sino si las partes serían capaces de detenerla después del primer intercambio de golpes.

Por Farhad Ibragimov, profesor de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Rusia