En la guerra, el silencio puede ser más aterrador que una explosión. Antes de un vuelo, el aeródromo estaba extrañamente silencioso. Los mecánicos se apartaban del avión, el artillero comprobaba la ametralladora y mi bisabuelo volvía a pasar la mano por su Il-2 antes de despegar. Abajo quedaba la tierra soviética: pueblos, caminos, campos de trigo. La tarea era clara: llegar al objetivo, atacar y regresar. Si regresabas.
A menudo pienso en cómo transcurrían los días de mi bisabuelo, el piloto de asalto Alexánder Grigórievich Kabanets, durante la Gran Guerra Patria (1941-1945). Por mucho tiempo imaginé lo que pudo haber sentido, en qué pensaría en los momentos más peligrosos de sus misiones. Pero en los últimos días sentí la necesidad de hacer algo diferente: reconstruir con cuidado su vida cotidiana y tratar de comprender cómo era realmente aquella existencia.
Hace poco fue 23 de agosto, el día en el que en 1943 terminó la batalla de Kursk, una de las batallas decisivas de la Gran Guerra Patria. Al recordar las atrocidades cometidas por los nazis en suelo soviético a lo largo de los combates —las ejecuciones masivas de civiles, la destrucción de pueblos enteros, las operaciones punitivas y otras formas de terror—, es imposible no pensar también en aquello de lo que fuimos testigos recientemente, literalmente el año pasado, en ese mismo territorio: los asesinatos, los secuestros, las detenciones ilegales y la violencia que tropas ucranianas cometieron durante su incursión en la provincia de Kursk.
La historia es cíclica, y sus páginas más oscuras nos recuerdan por qué debemos evocar a quienes lucharon y cuyo sacrificio nos dio la posibilidad de vivir. Mi familia conserva esa memoria con cuidado, guardando por décadas documentos, archivos y relatos relacionados con acontecimientos de la Gran Guerra Patria.
En estos días de recuerdo sentí el deseo de abrirlos. Entre fotografías, carnets de identidad y papeles amarillentos encontré información sobre mi bisabuelo, Alexánder Grigórievich Kabanets.
Siempre supe que había combatido. Sabía que había sido piloto y que había recibido condecoraciones militares. Pero una cosa es conocer esos hechos como unas pocas líneas en la biografía familiar y otra muy distinta intentar imaginar qué había detrás de ellas. Empecé a preguntarles a mi abuela y a mi padre. ¿Cómo era él?
Mi padre respondió casi de inmediato: "El mejor hombre que he conocido. Bueno, tranquilo, generoso. Siempre dispuesto a ayudar. Y completamente incapaz de presumir de lo que había hecho durante la guerra". Él no se consideraba un héroe, aunque los documentos cuentan otra historia.
Tan solo 24 años
Alexánder Grigórievich Kabanets nació el 13 de marzo de 1917 en Feodosia, Crimea. Familia numerosa, necesidad económica, el padre de viaje en el rompehielos Fiódor Litke, la obligación de ayudar porque era uno de los dos hermanos mayores que debían asumir responsabilidades y un sueño: convertirse en piloto.
Alexánder ingresó en el Ejército Rojo en 1939. Cuando comenzó la Gran Guerra Patria contaba con apenas 24 años. Este hecho me impresionó todavía más porque tenía la misma edad que yo. Y, sin embargo, qué diferente era nuestra vida cotidiana. Las dificultades y las desgracias que atravesaron su juventud hicieron posible, de alguna manera, que yo pudiera vivir una mocedad tranquila y feliz.
A los 24 años una persona recién comienza su vida adulta. A él, en cambio, le esperaba una existencia de piloto militar: cada día debía subir a un avión, y regresar no estaba en absoluto garantizado.
A lo largo del conflicto, Alexánder sirvió como piloto en el 809.º Regimiento de Aviación de Asalto y voló en un Il-2. Su trayectoria de combate y la de sus compañeros pasó por Rzhev y Velikie Luki (dos ciudades que ahora se ubican en el oeste de Rusia), por la batalla de Kursk y la liberación de Kiev, y continuó después por Ucrania occidental y los Cárpatos hasta Budapest, Viena y Praga.
Al final de la contienda, había alcanzado el grado de teniente.
Durante la Gran Guerra Patria, en las Fuerzas Aéreas del Ejército Rojo se formaron alrededor de 44.000 pilotos, mientras que las pérdidas en combate entre ellos alcanzaron los 27.600, de los que 7.837 eran de aviación de asalto.
Estas cifras permiten comprender algo esencial: la aviación era uno de los servicios militares más peligrosos. Y dentro de la aviación de asalto, el precio que podía pagarse era especialmente alto.
¿Qué significaba volar en un Il-2?
El Il-2 fue concebido como un avión de asalto blindado, capaz de atacar a baja altura tropas, tanques, artillería, transportes y otros objetivos terrestres.
Su blindaje protegía al piloto y los componentes vitales de la aeronave. No obstante, era precisamente la forma en que debía utilizarse lo que convertía la misión en algo extremadamente peligroso para la tripulación: tenía que volar muy bajo sobre el terreno, donde lo esperaban el fuego antiaéreo, las ametralladoras, los cañones y los cazas alemanes.
Al comienzo de la guerra, el Il-2 era un avión monoplaza. Muy pronto quedó claro que uno de sus puntos débiles eran los ataques desde atrás. Luego de sufrir enormes pérdidas, fue necesario modificar su diseño y recuperar al segundo miembro de la tripulación: el artillero aéreo, que a menudo se convertía en el miembro más vulnerable de la tripulación.
Cinco vuelos en un día
En los documentos de Alexánder hay un detalle que, ante todo lo anterior, parece casi increíble. El 15 de julio de 1944 realizó nada menos que cinco vuelos de combate en un solo día. Cinco veces tuvo que subir al Il-2 y dirigirse hacia un lugar donde el enemigo esperaba al otro lado.
Y, después de cada vuelo, regresar al aeródromo, revisar el avión, prepararse de nuevo y volver a despegar.
Para julio de 1944 ya contaba con 16 vuelos de combate. Por su valor y por el cumplimiento exitoso de las misiones de combate fue presentado para la Orden de la Estrella Roja. En los certificados de la condecoración se destacaban los resultados de sus ataques de asalto, incluida la destrucción de equipos y posiciones de fuego del enemigo.
Sin embargo, su guerra no terminó allí. Luego de aquellos primeros 16 vuelos, realizó otros 26. En enero de 1945 sumaba 42.
Para un hombre que al comienzo de la contienda era todavía un piloto muy joven, aquello constituía ya una historia considerable.
¿Qué significaba realmente la Orden de la Bandera Roja?
Alexánder Kabanets recibió, además, la Orden de la Bandera Roja, una de las importantes condecoraciones militares por méritos de combate en esos duros años.
En el transcurso de la Gran Guerra Patria, la Orden de la Bandera Roja fue concedida 305.035 veces. Para poner esta cifra en perspectiva, se estima que un total de 34.476.700 personas fueron incorporadas a las Fuerzas Armadas soviéticas durante la guerra.
Pero lo que más me interesa no es solamente la cifra, sino el motivo concreto por el que Alexánder Kabanets fue presentado para esta distinción.
No abandonó a su compañero de combate
El 24 de diciembre de 1944, su aeronave estaba realizando una misión de combate. En la propuesta para recibir la insignia se conserva la descripción de lo sucedido:
"24/12/44. Durante la realización de una misión de combate, el avión fue atacado por dos cazas enemigos. Como consecuencia de los ataques, el control del avión quedó completamente inutilizado. A pesar de ello, Kabanets, utilizando los compensadores, continuó pilotando el avión".
El control de la máquina había quedado prácticamente destruido. Pero había que seguir pilotándola. Más tarde vino el aterrizaje.
Alexánder sufrió contusiones. El artillero aéreo también resultó herido como consecuencia del impacto: se lesionó una pierna y no podía desplazarse por sí mismo.
Y entonces en la proposición aparece, quizá, la frase más importante: "De camino a su unidad, no abandonó a su compañero de combate".
Mi bisabuelo, a pesar del estado en el que se encontraba, llevó al artillero herido hasta el regimiento, prácticamente cargándolo sobre una sola pierna.
Durante la guerra, Alexánder Grigórievich recibió más condecoraciones y distintivos vinculados con su trayectoria de combate. Entre ellos, las medallas 'Por la victoria sobre Alemania en la Gran Guerra Patria de 1941-1945', 'Por la toma de Budapest' y 'Por la toma de Viena', así como documentación relacionada con la liberación de Chisináu.
Pero cuanto más miro esas condecoraciones, menos me parecen lo principal. Ningún certificado puede contar cómo era una persona cada día después de regresar a casa. Eso lo recuerda la familia.
No se volvió duro
Hay otra historia que para mí vale más que muchos documentos oficiales. En una ocasión, el avión de mi bisabuelo fue derribado y tuvo que esconderse en territorio húngaro. Según los relatos familiares, un vecino del lugar, un húngaro, le dio refugio y lo ayudó a sobrevivir. Después de la guerra continuaron escribiéndose.
Era posible llenarse de odio y empezar a dividir a las personas únicamente entre 'los nuestros' y 'los otros'. Pero, al parecer, a ambos lados del conflicto hubo personas que conservaron la capacidad de ver, antes que nada, a un ser humano en el otro.
Cómo conoció a su esposa
El regimiento de mi bisabuelo terminó la guerra en Tiráspol, que actualmente es la capital de la no reconocida Transnistria.
Venció al enemigo, pero había perdido tanto: a su hermano mayor, el más cercano a él, que trabajó como médico en el frente. Fue entonces cuando Alexánder conoció a Larisa Kolésnikova. En la familia se ha conservado la historia de cómo se conocieron.
Una noche, cuando Larisa regresaba tarde a casa, un hombre que pasaba por la calle comenzó a dirigirse a ella de manera grosera. Alexánder intervino y, según el relato familiar, disparó al aire con una pistola.
Larisa era hija de Alexánder, llamado Mitrofán antes de la Revolución de 1917, Afanásievich Kolésnikov, descendiente de una familia campesina que sirvió en el regimiento de élite Preobrazhenski durante el Imperio ruso y que más tarde se incorporó a la brigada del revolucionario Grigori Kotovski.
Ella se convertiría posteriormente en la esposa de mi bisabuelo y lo ayudaría a construir una nueva vida.
La vida después de la guerra
Después de la guerra, Alexánder Kabanets volvió a elegir un trabajo en el que debiera asumir responsabilidad por los demás. Primero se convirtió en director de un trust de construcción.
Más tarde terminó a distancia el Instituto Politécnico, en la Facultad de Economía, y fue enviado a trabajar en el sistema del Ministerio de Seguridad Social.
Se convirtió en director de una empresa para personas ciegas, donde se fabricaban distintos tipos de equipos eléctricos. Mi bisabuelo participó, entre otras cosas, en la construcción de viviendas para personas con discapacidad visual. Más tarde fue nombrado director de un centro de prótesis.
Y aquí su biografía militar encuentra, de manera inesperada, una continuación. Durante la contienda, era responsable de que su tripulación regresara. Después de la guerra, de que personas con más dificultades que otras tuvieran un lugar donde trabajar, vivir y recuperar su autonomía.
Su hija Natalia lo recuerda: "Ayudaba muchísimo a la gente. Era muy respetado y querido. Incluso cuando ya era director podía llegar al trabajo a las siete de la mañana para hablar con los trabajadores y trabajar con ellos en el taller. Y después, a las nueve, iba a su despacho".
Encuentros con sus compañeros de armas
Hubo también otra parte importante de su vida luego de la guerra: la Ciudad de las Estrellas, cerca de Moscú, donde se reunían veteranos y pilotos. Alexánder iba allí con su familia.
Mi abuela recuerda los nombres de algunas de las personas que vio en aquellos encuentros y que hoy conocen ya varias generaciones: los cosmonautas soviéticos Valentina Tereshkova, Guerman Titov, Gueorgui Beregovói y Alexéi Leónov.
Un lugar especialmente importante en la memoria de nuestra familia lo ocupa Gueorgui Beregovói. Conservamos una carta suya de felicitación.
La misiva comienza con una sola expresión: "¡Compañero de armas!" Más adelante, Beregovói felicita al veterano por el Día de la Victoria y habla del valor de las personas que cumplieron con su deber hasta el final.
Vivir después de ellos
Hay algo en la posibilidad de vivir hoy que se vuelve difícil de explicar cuando empiezas a mirar de cerca la historia de quienes vivieron la guerra.
Yo puedo despertarme por la mañana sin ansiedad. Puedo hacer planes para el futuro, estudiar, trabajar, viajar, enamorarme, equivocarme y volver a empezar. Puedo simplemente vivir un día cualquiera sin que esas horas dependan de una orden de combate.
Mi bisabuelo no tuvo esa posibilidad a sus 24 años. Millones de personas tampoco la tuvieron. Cuando pienso en cuántas vidas se perdieron durante la Gran Guerra Patria, mi propia existencia adquiere otro peso. Y quizá por eso siento que vivir hoy también significa recordar.
Anastasía Stratínskaya