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¿Qué tienen en común Canadá e Irán?

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Ottawa y Teherán enfrentan distintas formas de presión, pero ambos revelan el mismo patrón de una hegemonía en declive que arremete mientras crece la resistencia, sostiene el historiador Tarik Cyril Amar.
¿Qué tienen en común Canadá e Irán?

Dejemos de lado las diferencias básicas —ubicación, demografía, clima y gastronomía— y centrémonos en lo esencial: Irán es una civilización milenaria, mientras que Canadá, al igual que EE.UU., es un país joven y un tanto accidental, un vestigio del Imperio británico en su variante de colonialismo de asentamiento y limpieza étnica.

En materia religiosa, Irán está marcado por el devoto islam chiita; Canadá exhibe la insípida mezcla de un cristianismo castrado, reducido a la Navidad y los cascabeles, y un secularismo consumista agresivo en el que todo vale, típica del Occidente contemporáneo.

Geopolíticamente, Irán es un orgulloso y victorioso adversario de EE.UU. e Israel; Canadá es un vasallo bastante corriente del imperio estadounidense.

En consecuencia, Canadá participa profunda y orgullosamente en la guerra por poderes de Occidente contra Rusia mediante el desgaste de Ucrania. De hecho, la contribución canadiense resulta especialmente irónica porque también sirve a un frenético y poderoso 'lobby' nacionalista ucraniano, arraigado en fascistas fugitivos de la Segunda Guerra Mundial deliberadamente privilegiados y conspiradores de la Guerra Fría. Irán, por su parte, lleva mucho tiempo ayudando a Rusia y, por sus esfuerzos, ha sido atacado directamente por el régimen de Zelenski. A cambio, fuentes occidentales afirman que Moscú ha estado ayudando a Teherán en su actual defensa frente a EE.UU. e Israel.

Y lo más importante: Irán es un país que se sitúa del lado de la decencia elemental, de la ética humana fundamental y del derecho internacional y, por tanto, contra el genocidio cometido por Israel, EE.UU., el Reino Unido, Alemania y otros cómplices occidentales contra la nación palestina. Canadá —pese a los asesinatos de ciudadanos canadienses por parte de Israel y a algunos gestos baratos y, en la práctica, vacíos de Ottawa—­ ha sido, en el mejor de los casos, un acompañante más de la coalición genocida occidental.

Y, sin embargo, por extraño que parezca, los acontecimientos recientes han generado algo que Irán y Canadá tienen en común. O, para ser precisos, han sido las extrañas políticas de Washington las que han creado esta peculiar coincidencia: tanto Canadá, el vasallo de larga data, como Irán, el antagonista inquebrantable, son actualmente objetos de nuevos intentos de coerción mediante la guerra económica y de una retórica cada vez más agresiva de Washington.

Por supuesto, existen diferencias de varios órdenes de magnitud entre la 'Operación Paria Económico' de la Administración Trump contra Teherán y la última ronda de aranceles y retórica ofensiva lanzada contra Canadá.

La operación dirigida contra Irán, según su artífice y principal promotor, el secretario del Tesoro Scott Bessent, pretende combinar un bloqueo naval, recopilación de inteligencia, "cartografiar cada nodo, cada facilitador y cada red que Irán" utiliza para comerciar en el extranjero, y amplias sanciones secundarias para, en palabras de Bessent, "asfixiar" a Teherán. El objetivo final declarado es "hacer colapsar" a Irán infligiéndole un "Día D económico", como lo expresó el presidente Donald Trump.

No existe semejante intención de librar una guerra económica total en el caso de Canadá. Respecto a Ottawa, Washington simplemente ha iniciado una campaña de presión dentro de su imperio. Su objetivo no es la destrucción absoluta, sino castigar y coaccionar a un vasallo descarriado. En esencia, el Gobierno canadiense del primer ministro Mark Carney ha rechazado la oferta de Washington de un acuerdo comercial burdamente desventajoso e intervencionista que, según el Financial Times, incluía exigencias estadounidenses "ridículas".

Ante una "acoso burdo y torpe" tan extrema que ningún líder podría haberla aceptado —salvo quizá, por ejemplo, Ursula von der Leyen de la UE o Friedrich Merz de Alemania—, Carney tuvo una excelente oportunidad para plantar cara. Declaró que Canadá está siendo atacado por EE.UU. y, en la práctica, se encuentra en guerra —todo limitado a la economía, por supuesto— y que su Gobierno responderá ojo por ojo, dólar por dólar.

Washington golpea a Ottawa con aranceles del 50 % sobre productos canadienses por valor de 20.000 millones de dólares y Ottawa pretende responder en la misma medida. Al menos ese es el plan. Pero, aunque el Wall Street Journal informa de que ambas partes se están preparando para una larga lucha, todavía queda algo de tiempo para encontrar vías de salida de última hora.

Hay que mantener las cosas en perspectiva: los nuevos aranceles estadounidenses afectarían a alrededor del 5 % de las exportaciones canadienses hacia su prepotente vecino del sur. Las represalias canadienses afectarían a aproximadamente el 6 % de lo que EE.UU. envía hacia el norte. Mientras tanto, la retórica estadounidense se intensifica. Trump ha rebautizado el lago Ontario como lago América, y ha publicado un extraordinariamente extraño video generado por IA al respecto, en el que aparecen gansos salvajes —¿canadienses?— marchando al unísono bajo banderas estadounidenses y disparando rifles de asalto. En Canadá, al menos por ahora, la respuesta de línea dura de Carney goza de popularidad.

En resumen, lo que realmente está ocurriendo entre Ottawa y Washington bien puede parecer una farsa si se compara con la situación entre Washington y Teherán.

Como era de esperar, el liderazgo iraní ha declarado que no cederá. ¿Y por qué habría de hacerlo? Ya ha ganado dos rondas de guerra contra Washington. Aunque su economía ciertamente está sufriendo, la agresión estadounidense-israelí ha inmunizado, en la práctica, por completo a la sociedad iraní contra cualquier plan de cambio de régimen.

Por último, Washington no conseguirá que actores clave se sometan a su chantaje mediante sanciones secundarias. China, ahora la gran potencia petrolera mundial, como reconoce The Economist, y un socio crucial para Irán no solo en términos económicos, ya lo ha dejado muy claro. Es muy poco probable que Rusia se deje impresionar tampoco.

Pero demos un paso atrás y observemos el panorama en su conjunto. Aquí estamos: EE.UU. libra una guerra económica —de distinta intensidad— tanto contra adversarios como contra los llamados aliados. Y, lo que es más importante, en ambos casos se encuentra con resistencia. Y, aún más importante, en ninguno de los dos casos hay razones para suponer que Washington vaya a ganar. Todo ello ocurre en un contexto de creciente uso de la fuerza bruta por parte de EE.UU. Está el reciente "acuerdo" —en realidad, un robo— para extraer 65.000 millones de barriles de crudo del protectorado estadounidense de facto que es la Venezuela pos-Maduro. Mientras tanto, en lo relativo a los muy alterados mercados de bonos, Trump ha amenazado abiertamente con utilizar al Ejército estadounidense para moldearlos en beneficio de Washington.

La idea es casi tan inteligente como intentar reparar un microchip con un mazo. Pero, tratándose de EE.UU., eso no significa que no se vaya a intentar. Porque el hilo conductor de todo lo anterior es una combinación de pérdida de poder real, creciente agresividad y aumento de la resistencia por parte de otros.

Lo que hace que esto sea tan peligroso es que Washington parece haber perdido por completo la capacidad de ajustar de forma realista sus objetivos y exigencias a sus capacidades menguantes.

Imagínenlo como un matón que ya ha pasado su mejor momento y que no solo es muy violento, sino que tampoco es lo bastante inteligente como para darse cuenta de cuándo ser más flexible redundaría en su propio beneficio.

Por Tarik Cyril Amar, historiador alemán que trabaja en la Universidad Koç de Estambul, especializado en Rusia, Ucrania y Europa del Este, historia de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría cultural y la política de la memoria.

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