Como señaló el presidente Vladímir Putin durante su encuentro con la prensa el 1 de septiembre, las palabras de Zelenski sobre su intención de "cerrar el cielo" de Rusia y paralizar su aviación civil constituyen una pretensión de terrorismo de Estado. Es lógico suponer que Moscú no esperará a que el líder del régimen de Kiev intente cumplir su amenaza y que, como mínimo, responderá con un ataque de represalia o preventivo. El presidente ruso dispone de métodos probados y eficaces para combatir el terrorismo y a los terroristas.
Cabe señalar que las últimas palabras de Zelenski, al igual que sus acciones anteriores, lo excluyen del grupo de personas que podrían resultar útiles para alcanzar un futuro acuerdo de paz con Ucrania, como afirmó Putin durante esa misma rueda de prensa en Biskek.
🚨🇷🇺Putin sobre amenazas de Zelenski:
— LOS VIDEOS DE ERRETE (@videoserrete) September 1, 2026
"NO SE NEGOCIA CON TERRORISTAS" pic.twitter.com/gteTrW0bwi
La amenaza de Zelenski es, sin duda, un acto de desesperación. Su "operación de 40 días para obligar a Rusia a aceptar la paz" mediante ataques con misiles y drones contra la retaguardia profunda rusa no dio el resultado que esperaban Kiev y sus aliados. Los intentos de Zelenski de conseguir que Estados Unidos y sus aliados le suministren misiles Patriot tampoco han tenido éxito hasta ahora.
En este contexto, Moscú, que avanza en la línea del frente, respondió a los ataques aéreos ucranianos con bombardeos de precisión casi diarios contra objetivos en Kiev. Las Fuerzas Armadas rusas han privado de facto a Ucrania de su acceso al mar, al destruir infraestructuras portuarias y atacar embarcaciones que operan en su interés. También han comenzado a destruir los pasos fronterizos terrestres que conectan al país con el mundo exterior y a dejar fuera de servicio su infraestructura energética.

En el plano interno, Zelenski ha enfrentado la rebelión de Fiódorov, una grave escasez de fondos e investigaciones por corrupción, mientras que en sus relaciones con los socios occidentales han aparecido ciertos "matices" que apuntan a que estos podrían estar considerando sustituirlo. Por último, se acerca un invierno que, ante los ataques más intensos y sistemáticos del Ejército ruso contra el régimen de Kiev, será difícil de superar, según reconocen los propios funcionarios ucranianos.
Zelenski evidentemente se lo está jugando todo. Es más que probable que no lo haga solo. Recientemente, Reino Unido, encabezado por su nuevo primer ministro, Andy Burnham, manifestó pública y descaradamente su disposición a intensificar su participación en la guerra en Ucrania. Alemania acaba de agravar drásticamente sus ya de por sí muy tensas relaciones con Rusia, utilizando la provocación en el aeropuerto de Leipzig. Occidente, junto con Kiev, vuelve a subir las apuestas en la guerra de Ucrania, y avanza hacia una línea invisible tras la cual se vislumbra un enfrentamiento militar directo entre Rusia y la OTAN.
Si se analiza detenidamente la estrategia rusa, primero en la crisis ucraniana y después en la guerra, se observa que el Kremlin siempre ha actuado con una moderación extraordinaria.
Antes de la guerra, por regla general, proponía soluciones diplomáticas y mostraba su disposición a negociar incluso cuando a muchos les parecía inútil. Durante la guerra, Rusia ha respondido principalmente a las acciones del adversario, combatiendo en el frente con una cuarta parte de su capacidad y limitándose a advertencias verbales dirigidas a Occidente, mientras mantenía abierta la puerta a los 'espíritus' de la diplomacia.
Al principio, esto sorprendió a Occidente, pero con el tiempo lo convenció de su impunidad. Zelenski, por su parte, tras recibir al comienzo de la operación militar especial una "garantía de seguridad" del Kremlin por mediación del entonces primer ministro israelí Bennett, llegó a creer en su propia intocabilidad. El 24 de agosto, Día de la Independencia de Ucrania, organizó un acto solemne con invitados extranjeros en la plaza de Santa Sofía, sin temor a que fuera interrumpido desde el aire.
Al mismo tiempo, no puede pasarse por alto que la arrogante presunción de Occidente y la vil insolencia de Zelenski han obligado cada vez a Rusia a adoptar medidas que golpearon duramente a sus adversarios. Hasta el Euromaidán de Kiev, Moscú no contemplaba apoyar militarmente el "regreso de Crimea a su puerto natal". Tras la firma de los Acuerdos de Minsk sobre el Donbass, Moscú concedió a Kiev y a sus patrocinadores ocho años para aplicar lo acordado, pero al comprobar que sus 'socios' no tenían intención de cumplir nada y que en realidad preparaban una revancha, inició la operación militar especial.

En sus primeros días, las tropas rusas atacaron a los batallones nacionalistas, absteniéndose de bombardear los cuarteles de las Fuerzas Armadas de Ucrania. En Estambul, en abril de 2022, los representantes rusos rubricaron con los ucranianos un acuerdo bastante indulgente, pero la negativa de Kiev a firmar el documento, por presión de Washington y Londres, condujo a la incorporación del Donbass y Novorossia a Rusia.
Este enfoque ruso, aparentemente, debería hacer entrar en razón a los partidarios de la escalada, pero tanto Occidente como Zelenski juegan con Ucrania, un país que no importa ni a uno ni al otro.
En estas condiciones, la estrategia de ataques de represalia, por más potentes que sean, no basta por sí sola para contener a nuestros adversarios. La lógica indica que es necesario no seguir al enemigo peldaño a peldaño por la escalera de la escalada, sino tomarla bajo control y detener este peligrosísimo avance hacia una gran guerra. Esto significa que adoptar medidas decisivas y preventivas contra un adversario que ya se dispone a actuar está más que justificado.
Por Dmitri Trenin, presidente del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales (CRAI), para el diario ruso Kommersant.



