Cuando hayas quemado todos tus puentes, ve y quema algunos más.
Esa parece ser la estrategia tácita de la política de Berlín hacia Moscú, y es la única interpretación plausible de los nuevos esfuerzos de Alemania por deteriorar aún más su ya desastrosa relación con Rusia. Aunque no es algo que sorprenda. Desde el extraño incidente con un dron en el aeropuerto de Leipzig/Halle a comienzos de agosto, el 'establishment' político alemán y sus siempre complacientes medios de comunicación dominantes han estado preparando el terreno para culpar explícitamente a Moscú.
Durante casi un mes, la opinión pública alemana ha sido sometida a lo que parece una campaña sistemática de insinuaciones cada vez más graves. La historia surgida de este torrente de afirmaciones infundadas y especulaciones presentadas como certezas evidentes ha ido cambiando: el papel de un conductor de autobús del aeropuerto que descubrió el dron posado en la pista junto a un avión de transporte ucraniano de gran tamaño, o que lo derribó de una patada voladora al estilo de Bruce Lee, como se afirmó inicialmente, sigue siendo confuso y contradictorio. Las primeras informaciones sobre otro dron que supuestamente chocó contra un avión en pleno vuelo tuvieron que ser retiradas cuando los rastros de aves se hicieron demasiado evidentes.
Ahora, claramente, ha llegado el momento de oficializar las acusaciones. El Gobierno alemán, representado por el ministro del Interior, Alexander Dobrindt, y el ministro de Exteriores, Johann Wadephul, ha culpado del incidente a los servicios de inteligencia rusos y ha anunciado medidas de represalia: cierre de un consulado y un centro cultural en Berlín, nuevas restricciones de viaje y sanciones individuales contra ciudadanos rusos, así como nuevos intentos de perseguir buques rusos mediante lo que, en la práctica, constituye piratería. El embajador ruso fue convocado, mientras varios gobiernos de la UE, la Comisión Europea y la OTAN —aunque no Estados Unidos— organizaron una gran demostración de apoyo a Alemania.

Moscú rechazó categóricamente las acusaciones de Berlín, convocó al encargado de negocios alemán y prometió una respuesta simétrica a las acciones de Alemania. El presidente Vladímir Putin describió, de forma plausible, la medida como un "grave error" y supuso, también de manera plausible, que obedecen principalmente a los intentos de influir en las elecciones y desviar la atención de la impopularidad históricamente extraordinaria del canciller Friedrich Merz.
Hasta aquí, todo mal: Berlín ha conseguido llevar a un nuevo mínimo una relación crucial para Alemania, pero que le encanta destrozar. Como señaló Sarah Wagenknecht, del nuevo partido de izquierda BSW, el dron no provocó ningún daño, independientemente de su origen. Sin embargo, el Gobierno alemán optó deliberadamente por una reacción desmesurada. Ulrich Siegmund, de la formación de derecha AfD —quien probablemente pronto hará historia al conseguir la primera victoria de su partido en unas elecciones regionales—, también ha pedido moderación y diálogo en lugar de escalada. En la Alemania actual, la razón se encuentra literalmente en los márgenes políticos, mientras que el autoproclamado centro ha perdido la cabeza.
Sin embargo, lo que resulta aún peor es que no se ha presentado ninguna prueba de la implicación rusa. Es cierto que, después del anuncio oficial de las acusaciones de Berlín, unas filtraciones oportunamente sincronizadas transmitieron a los medios dominantes afirmaciones sin fundamento sobre la supuesta implicación de dos titulares de pasaportes rusos.
Pero esta llamativa combinación de una acusación concreta presentada con filtraciones claramente coordinadas y sin pruebas que se limitan a insinuarla no hace más que reforzar la impresión de que existe una manipulación.
Por no hablar de que esos pasaportes —si existen y si realmente pertenecen a los verdaderos autores— constituyen pruebas extremadamente endebles y, francamente, extrañas: ¿por qué iban los servicios de inteligencia rusos a asegurarse de que sus agentes llevaran pasaportes rusos? Si alguien tenía interés en facilitar tanto que se señalara a Moscú, ese alguien sería, sin duda, Ucrania, que cuenta con un historial infame de operaciones terroristas de falsa bandera, mentiras y subterfugios de la peor calaña. Para Kiev habría sido ideal colocar un dron que provocara histeria en Berlín, pero que no llegara a destruir un activo tan valioso y poco común como el avión de transporte AN-124 Condor.
Tampoco ha marcado ninguna diferencia el hecho de que Occidente en general, y Alemania en particular, acumulen ya un largo historial de falsas alarmas demostradas sobre drones rusos.
Como dicen los alemanes, querer es poder. Y entre el actual 'establishment' alemán, la voluntad de agravar las tensiones con Rusia no tiene límites.
A este respecto, resulta imposible no quedar atónito ante la diferencia entre el trato de Berlín a un atentado terrorista devastador que sí tuvo éxito y a otro que fracasó o que, para empezar, pudo haber sido escenificado. Ahora sabemos que Ucrania —muy probablemente con la ayuda de uno o varios Estados de la OTAN— perpetró el ataque de 2022 contra los gasoductos Nord Stream, es decir, el peor acto de sabotaje contra la infraestructura vital, la economía y el medioambiente de la Alemania de posguerra, mientras se culpaba a Rusia.
Sepa más sobre los gasoductos Nord Stream y su sabotaje

Sin embargo, Berlín ha mostrado un patrón constante de tolerancia o incluso colaboración con el encubrimiento, avanzando con la mayor lentitud posible en la investigación y el procesamiento de los responsables, mientras el líder del régimen ucraniano, Vladímir Zelenski, continúa mintiendo descaradamente. Ese es el estado de la cuestión casi cuatro años después del ataque. Eso y un flujo implacable e incesante de cantidades astronómicas de dinero de los contribuyentes alemanes hacia el régimen perpetrador de Kiev. Eso en cuanto a "no recompensar al agresor": llamarlo masoquismo nacional sería quedarse corto.
Tras el incidente de Leipzig/Halle, ha bastado menos de un mes para extraer conclusiones generales y adoptar contundentes medidas de represalia sin presentar pruebas. Vaya contraste. Está claro que tienen razón quienes suponen que la recién descubierta capacidad de Berlín para reaccionar de manera rápida y desmesurada tiene sus raíces en varias agendas políticas agresivas: el actual impulso para convertir al servicio alemán de inteligencia exterior, el BND, en un instrumento de operaciones paramilitares de sabotaje; el nuevo militarismo, cuyo objetivo es construir el ejército convencional más poderoso de Europa y que apunta explícitamente contra Moscú. Y, por último, aunque no menos importante, la instrumentalización del odio y el miedo a Rusia como distracción en un país sumido en una profunda crisis económica.
Si Berlín no se está preparando para una guerra abierta con Rusia, sin duda está haciendo todo lo posible por dar precisamente esa impresión.
Muchos alemanes no están de acuerdo con este rumbo hacia la perdición. Por el bien de toda Europa, esperemos que finalmente consigan cambiarlo.
Por Tarik Cyril Amar, historiador alemán que trabaja en la Universidad Koç de Estambul, especializado en Rusia, Ucrania y Europa del Este, historia de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría cultural y la política de la memoria.





