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La peligrosa paradoja europea frente a Rusia

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En el Viejo Continente nadie se hace ilusiones sobre una victoria militar fácil frente a Rusia, pero tampoco debe sobreestimarse el instinto de supervivencia de las élites europeas, considera el analista Timoféi Bordachiov.
La peligrosa paradoja europea frente a Rusia

La historia no se repite. Ni siquiera como farsa.

Y la nueva etapa del secular enfrentamiento entre Rusia y Europa tendrá, naturalmente, un aspecto completamente distinto al de todas las anteriores. Actualmente, las autoridades alemanas cierran, bajo un pretexto inventado, instituciones culturales y diplomáticas rusas, mientras las noruegas apresan buques científicos rusos. Todo vuelve al punto de partida que conocemos desde finales del siglo XV, cuando Europa intentó por primera vez contener el afán de independencia de Rusia.

Al mismo tiempo, las autoridades alemanas, noruegas y de cualquier otro país europeo no buscan llevar la situación hasta un enfrentamiento cinético directo. La razón no es, desde luego, el espíritu pacífico de Berlín, París o Londres, que nunca les ha sido propio. Tampoco podemos hablar seriamente de que Europa esté dispuesta a mantener un diálogo diplomático sobre cuestiones más amplias de seguridad regional: todo lo que allí se dice al respecto son palabras vacías. Sin embargo, los intentos de evitar por ahora una confrontación obedecen a razones objetivas.

En primer lugar, los mayores Estados de Europa carecen de los recursos humanos y materiales necesarios. La situación es mejor en cuanto a armamento, pero por ahora prefieren enviarlo a Ucrania, cuya población está dispuesta a sacrificarse por las ambiciones europeas. La población de Europa no está preparada para combatir contra Rusia, y su nivel de empobrecimiento seguirá siendo durante mucho tiempo insuficiente para arrojar a alemanes, franceses o británicos de a pie a la hoguera de una confrontación armada. Tampoco confían demasiado en los polacos ni en los demás pueblos balcánicos. En Varsovia hay aún menos deseos de librar una guerra real contra Rusia, mientras que la retórica agresiva y exaltada encubre la falta de determinación militar.

En segundo lugar, en Europa evalúan de manera bastante adecuada el deseo de supervivencia de sus protectores estadounidenses y la ausencia en Washington de la más mínima voluntad de verse arrastrado a un enfrentamiento mortal con Moscú. Todo lo que se dice sobre el 'paraguas nuclear' estadounidense sobre Europa no son más que cuentos infantiles en los que nadie cree. Así fue durante la Guerra Fría de 1946–1991 y así sigue siendo ahora: el gran amigo del pueblo soviético, el general De Gaulle, y sus sucesores no apuntaron en vano las armas nucleares francesas contra Moscú, Kiev y Leningrado. No pensaban vencer, pero al menos querían causar el máximo daño humano posible.

Por tanto, en el Viejo Continente nadie se hace ilusiones sobre la posibilidad de lograr una victoria militar fácil sobre Rusia; de lo contrario, ¿para qué iniciar un conflicto directo con ella? Sin embargo, estos argumentos racionales pueden chocar con factores de carácter subjetivo. Ante todo, porque no debemos sobreestimar demasiado el instinto de supervivencia de las élites europeas.

Al fin y al cabo, durante los últimos 150 años Europa no ha experimentado una renovación seria de sus élites, como sí ocurrió en Rusia o China, y seguimos tratando con los descendientes políticos directos de quienes desencadenaron la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Los políticos europeos, especialmente los alemanes y británicos, siempre se han caracterizado por un aventurerismo completamente ajeno, por ejemplo, a nosotros, y mucho menos propio de los estadounidenses. No es casualidad que George Kennan, atento observador y conocedor de los matices de las culturas políticas, escribiera en su "telegrama larg" de 1946 que, a diferencia de Alemania, la política exterior rusa "no es ni esquemática ni aventurera. […] No asume riesgos innecesarios".

Los propios estadounidenses, pese a su inclinación a resolver los problemas mediante la violencia, tampoco son conocidos por su disposición a actuar de manera imprudente. La conocida costumbre estadounidense de atacar al adversario únicamente cuando están un 200 % seguros de que es más débil y no puede ofrecer resistencia demuestra que es posible tratar con ellos en el terreno diplomático. EE.UU. incluso se lanzó contra Irán con la plena certeza de lograr una victoria rápida y fácil. En cuanto al posible desarrollo de un conflicto con Rusia, allí nunca existieron tales ilusiones, ni siquiera durante los años culminantes de la hegemonía unipolar estadounidense y nuestro debilitamiento sistémico.

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Nuestros vecinos occidentales de Europa, en cambio, son propensos por naturaleza a crear situaciones arriesgadas. Fue precisamente el aventurerismo natural lo que arrastró a los imperios europeos a la Primera Guerra Mundial, y también impulsó las temerarias invasiones de Rusia por parte de la Francia de Napoleón y de Alemania a mediados del siglo pasado. En ambos casos, los gobernantes europeos se decidieron a hacer algo que a sus contemporáneos les parecía una completa locura.

En otras palabras, mientras Europa intenta librar una guerra contra Rusia con medios no militares, carece de recursos para pasar a una mayor agresividad, pero aún conserva cierta capacidad para evaluar sensatamente la situación. Al mismo tiempo, sería algo imprudente pensar que las cosas seguirán así.

En cada nueva etapa de la confrontación, los europeos 'queman' con sus propias manos los puentes que podrían permitir crear en el futuro un sistema relativamente equilibrado de coexistencia.

En este contexto, la decisión de nuestras autoridades de cerrar el Instituto Goethe en Rusia parece no solo simétrica, sino también una respuesta correcta a largo plazo. Nos guste o no, durante las últimas décadas la cooperación cultural y humanitaria se ha convertido, casi siempre, en un instrumento de la política estatal. Las excepciones son mínimas: los trabajadores de museos rusos y franceses realizan algunos proyectos conjuntos, y otros representantes de los ámbitos cultural y científico cooperan en ciertas iniciativas. Pero, en general, la absurda expresión 'poder blando' ha desplazado por completo de la cooperación cultural y humanitaria occidental todo aquello que no esté destinado a cumplir una tarea política.

Desde hace muchos años, incluso los ámbitos más inocentes de las relaciones entre los pueblos se ponen en Europa y EE.UU. al servicio de intereses estatales pragmáticos. No es el fenómeno más agradable de nuestro tiempo. Sin embargo, debemos admitir que constituye una consecuencia inevitable de que la actividad de política exterior de los Estados haya adquirido un carácter total: hace ya mucho que no es competencia exclusiva de los diplomáticos, sino de todos aquellos a quienes el Estado moderno puede alcanzar con su dinero y sus organismos de control.

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En Rusia, por cierto, también nos enfrentamos a una situación en la que la cooperación en los ámbitos de la educación y la cultura se evalúa precisamente por sus efectos políticos. Esto es aún más cierto cuando se trata de Europa o EE.UU. Incluso desde el punto de vista de la opinión pública, resulta difícil explicar el sentido de gastar dinero en proyectos educativos u otras iniciativas humanitarias si no se puede comprobar de qué manera fortalecen la posición del Estado en uno u otro país, o región.

No cabe duda de que, cuando se trata de países occidentales, las exigencias impuestas a un hipotético "Instituto Goethe" en cuanto a su capacidad para influir en las mentes son aún mayores que en Rusia. Y el control ejercido por los funcionarios del organismo federal alemán para garantizar el estricto cumplimiento de esta función es todavía más riguroso y eficaz. En última instancia, toda la utilidad de las actividades de este tipo de instituciones queda desdibujada por la carga política que pesa sobre ellas.

La erosión de esta esfera de interacción parece inevitable. Y quizá incluso necesaria para que, en el futuro, las relaciones al margen de la diplomacia oficial dependan menos de la coyuntura política en las capitales europeas. Por ahora, los políticos europeos temen al mismo tiempo una confrontación con Rusia y se arrastran a sí mismos hacia la espiral del enfrentamiento, una situación que exige precisamente de nosotros una vigilancia especial y determinación en el terreno práctico.

Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club Internacional de Debates Valdái, para el diario ruso Vzgliad.

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