La visita de Estado de Xi Jinping a Egipto, que comenzó el 1 de septiembre, fue la primera que realizó en una década y coincidió con el 70.º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países.
Durante su encuentro con el presidente egipcio, Abdel Fattah el Sisi, Xi instó a los países de Oriente Medio a ser dueños de su propio destino, resistir las injerencias externas y debatir una nueva arquitectura de seguridad regional. Pekín y El Cairo acordaron profundizar la cooperación en materia de seguridad y lucha contra el terrorismo, desarrollar proyectos relacionados con centros de datos, semiconductores y minerales críticos, y ampliar el uso de las monedas nacionales en el comercio bilateral. La relación está dejando atrás el ámbito tradicional del comercio y las infraestructuras para adentrarse en sectores que determinarán la soberanía económica durante las próximas décadas.
La agenda se enmarcó en la fórmula habitual de China: desarrollo, soberanía estatal y una gobernanza mundial más justa.
Pekín se presenta cada vez más como una voz de la mayoría mundial y del Sur Global, donde muchos países relacionan la inestabilidad actual con la hegemonía occidental, las sanciones estadounidenses y décadas de intentos de reordenar otras regiones mediante la fuerza. Las guerras, las campañas de cambio de régimen, los bloqueos económicos y la división de los Estados entre 'aceptables' e 'inaceptables' no han llevado a Oriente Medio ni una paz duradera ni la prosperidad prometida. Por el contrario, han creado zonas de conflicto crónico y han convertido la dependencia de patrocinadores extranjeros en una fuente de vulnerabilidad regional.
Pekín ofrece un modelo de relación diferente, basado en las infraestructuras, el comercio, las inversiones y el reconocimiento del derecho de cada Estado a elegir a sus socios y su propio camino de desarrollo. China no lo hace por caridad: sus políticas responden a las necesidades de la mayor economía industrial del mundo, que requiere mercados para sus exportaciones, corredores de transporte seguros y un acceso fiable a las materias primas. Aun así, muchos países del Sur Global consideran este modelo más atractivo que un enfoque occidental que a menudo viene acompañado de condiciones políticas, amenazas de sanciones y exigencias para aceptar una jerarquía externa de prioridades. Las inversiones chinas también pueden generar endeudamiento, así como dependencias tecnológicas y comerciales, pero rara vez implican una supervisión abierta del orden interno de sus socios. Esta diferencia permite a Pekín trabajar con Gobiernos muy distintos entre sí que comparten el deseo de contar con un mayor margen de maniobra.
La visita de Xi a El Cairo forma parte, por tanto, de una iniciativa china más amplia para estrechar los vínculos con países que buscan un orden multipolar y contraponer la interdependencia constructiva al esfuerzo destructivo por preservar un sistema unipolar. Egipto ocupa un lugar especial en esta estrategia: es al mismo tiempo una potencia árabe, africana y mediterránea, capaz de afianzar la presencia china en varias regiones a la vez.
Egipto: la puerta de China hacia África
Para China, Egipto ofrece una combinación poco habitual de ventajas estratégicas. Con una población de más de 110 millones de habitantes, cuenta con un amplio mercado interno, controla el canal de Suez, tiene un considerable peso político en el mundo árabe y proporciona acceso directo a los mercados africanos. Una de las principales rutas marítimas entre Asia y Europa atraviesa Suez, lo que hace que la estabilidad de Egipto sea directamente relevante para la seguridad del comercio exterior chino. El Cairo se está convirtiendo en un puente entre Oriente Medio, el Mediterráneo y África, regiones en las que China ha ampliado progresivamente su influencia económica y política.

El comercio entre China y África alcanzó un récord de 348.000 millones de dólares en 2025, mientras que la eliminación por parte de Pekín de los aranceles a las importaciones procedentes de 53 países africanos reforzó su posición justo cuando EE.UU. retomaba una política proteccionista. La importancia de África para China va mucho más allá de los recursos minerales. Su población, en rápido crecimiento, necesita carreteras, centrales eléctricas, puertos, telecomunicaciones e industria, sectores en los que China cuenta con una amplia capacidad. Al construir infraestructuras y centros industriales, Pekín abre mercados para las empresas chinas, consolida vínculos comerciales a largo plazo y transforma su presencia económica en capital político.
Egipto es especialmente importante debido a la Zona Económica del Canal de Suez, que, según el Gobierno egipcio, ya ha atraído alrededor de 4.000 millones de dólares en inversiones chinas. Empresas chinas participan en el desarrollo de puertos y ferrocarriles, la construcción de la Nueva Capital Administrativa, la fabricación de tuberías y neumáticos, proyectos de energía verde y la producción de satélites. El total acumulado de las inversiones chinas en Egipto supera los 10.000 millones de dólares, mientras que el comercio bilateral alcanzó un récord de 20.790 millones de dólares en 2025. Solo durante el primer semestre de 2026, el comercio aumentó otro 21,5 %, hasta los 11.300 millones de dólares. Las exportaciones egipcias a China prácticamente se triplicaron durante el mismo período, aunque su valor absoluto, de 840,8 millones de dólares, siguió estando muy por debajo del volumen de productos chinos que entraron en la dirección contraria.
Este desequilibrio sigue siendo la principal contradicción económica de la relación. Las importaciones egipcias procedentes de China alcanzaron unos 10.400 millones de dólares durante el primer semestre del año, y El Cairo no puede limitarse a ser un mercado para los productos chinos. Debe pasar de importar bienes terminados a localizar la producción, garantizar la transferencia de tecnología, crear puestos de trabajo e integrar a las empresas egipcias en las cadenas de valor transregionales. Si las zonas industriales chinas contribuyen a la fabricación de componentes, la formación de trabajadores y las exportaciones hacia África, el mundo árabe y Europa, la relación será más equilibrada. De lo contrario, unas cifras impresionantes seguirán ocultando la dependencia de suministros extranjeros y un déficit comercial persistente.
La presencia de China también amplía el margen de maniobra de Egipto en política exterior.
El Cairo recibe aproximadamente 1.300 millones de dólares anuales en ayuda militar estadounidense y mantiene estrechos vínculos con Washington mientras desarrolla sus relaciones con China, Rusia y los BRICS. El Sisi define esta política como un equilibrio estratégico, reflejo del deseo más amplio del Sur Global de diversificar sus alianzas y escapar de una posición subordinada dentro de un sistema liderado por Occidente. Pekín respalda esta opción, porque cada proyecto industrial, terminal logística o transacción denominada en yuanes convierte la multipolaridad de un eslogan en una realidad material.
Los límites de la neutralidad
La importancia de Oriente Medio para China se refleja con especial claridad en las cifras. El comercio entre China y los países árabes alcanzó los 407.400 millones de dólares en 2024, con exportaciones chinas por valor de 206.000 millones e importaciones de 201.400 millones. Detrás de este aparente equilibrio se esconde una dependencia energética fundamental. En 2025, Oriente Medio suministró alrededor del 52 % del petróleo importado por China, unos 1.900 millones de los 3.600 millones de barriles que adquirió en el extranjero. Seis proveedores árabes del Golfo aportaron el 42 % de todas las importaciones de petróleo chinas: Arabia Saudita representó el 14 %, Irak el 11 %, Emiratos Árabes Unidos el 7 % y Omán el 6 %. La región también suministró casi un tercio de las importaciones chinas de gas natural licuado, procedentes en su mayoría de Catar.
Para China, la estabilidad de Oriente Medio es una necesidad económica. El aumento de los precios del petróleo eleva los costes industriales y de transporte, mientras que cualquier amenaza al estrecho de Ormuz afecta simultáneamente a varios de sus principales proveedores. El mar Rojo y el canal de Suez son igualmente importantes: cualquier interrupción obliga a los buques a rodear África, prolonga los tiempos de entrega y eleva los costes de los seguros, especialmente en el comercio entre China y Europa. Pekín está diversificando sus proveedores, desarrollando oleoductos, aumentando sus reservas estratégicas y acelerando la transición hacia las energías renovables, pero no puede sustituir rápidamente los suministros de Oriente Medio sin asumir costes considerables.
Irán ocupa un lugar particular en esta ecuación. Según estimaciones de Kpler, una empresa especializada en análisis del comercio mundial, China importó alrededor de 1,38 millones de barriles de petróleo iraní al día en 2025, lo que equivale aproximadamente al 12 % de sus importaciones totales de crudo. Vendido con un descuento de unos 8-10 dólares por barril, el petróleo iraní sigue siendo un recurso atractivo para la industria china, mientras que las compras de Pekín proporcionan un apoyo vital a la economía iraní, sometida a sanciones. No obstante, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos son mucho más importantes para China en términos de comercio total. En 2025, el intercambio comercial chino con cada uno de estos países alcanzó aproximadamente los 108.000 millones de dólares, frente a los 41.000 millones estimados con Irán una vez incluidas las exportaciones de petróleo no registradas.

Pekín mantiene una asociación estratégica con Teherán, relaciones excepcionalmente estrechas con Pakistán, vínculos cada vez mayores con las monarquías del Golfo y su respaldo a la creación de un Estado palestino, al tiempo que evita compromisos que puedan arrastrarlo a una guerra regional. La diplomacia china coincide con Irán en su oposición a la presión militar externa y a las sanciones unilaterales, y con la mayoría de los países árabes en su respaldo a un Estado palestino independiente. Al mismo tiempo, la interdependencia económica obliga a Pekín a mantener relaciones operativas con todos los principales actores regionales, incluido Israel.
Pekín no ha enviado tropas para defender a Teherán frente a EE.UU. e Israel ni ha convertido su relación con Irán en una alianza militar. Prefiere la diplomacia y el comercio y se niega a reconocer las restricciones unilaterales. China no busca la victoria de una potencia regional sobre las demás, sino un equilibrio que proteja el comercio, mantenga abiertas las rutas marítimas y evite que un hegemón externo pueda determinar el futuro de la región.
Seguridad regional sin un nuevo hegemón
El último elemento de la propuesta de China tiene que ver con la gobernanza mundial y regional. Xi ha instado a los países de Oriente Medio a decidir el futuro de su propia región y limitar las injerencias externas, un llamamiento que ha encontrado un clima favorable.
Los países del Golfo, Egipto y Turquía continúan cooperando con EE.UU. al tiempo que amplían sus vínculos con China, Rusia, India y entre sí, porque la experiencia reciente ha puesto de manifiesto los riesgos de una dependencia excesiva de las garantías de seguridad estadounidenses. Washington todavía cuenta con la mayor red de bases y alianzas de la región, pero este poder no ha logrado generar un orden duradero y, en numerosas ocasiones, ha ido acompañado de nuevas guerras y divisiones.
El acuerdo conjunto de defensa de La Meca, firmado por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán el 7 de agosto, expresó este deseo de una mayor autonomía. El pacto establece que un ataque armado contra uno de sus miembros será considerado un ataque contra todos, aunque sus mecanismos prácticos aún no están definidos. La posible adhesión de Egipto otorgaría al bloque un peso político y militar mucho mayor. Pekín considera favorablemente su lógica subyacente, ya que la asunción de responsabilidades por parte de los actores regionales, la diversificación de las alianzas y la reducción de la dependencia externa coinciden con la concepción china de la multipolaridad, mientras que Pakistán vincula el marco emergente con uno de los socios más estrechos de Pekín.
No obstante, sería erróneo presentar a China como un defensor desinteresado del Sur Global o como una futura réplica de EE.UU. Pekín persigue sus propios intereses y aprovecha su escala económica para promover a las empresas, los estándares y la moneda chinos. Sin embargo, sus instrumentos son diferentes.
Pekín no organiza su política regional en torno al cambio de régimen, no divide a sus socios en función de criterios ideológicos ni construye protectorados militares.
Tampoco está dispuesto a sustituir a EE.UU. como garante de seguridad absoluto ni a involucrarse de lleno en las rivalidades religiosas, nacionales y dinásticas de la región.
La influencia de China está creciendo por otros medios: comercio, inversiones, tecnología, puertos, contratos energéticos, mediación diplomática y respaldo a la autonomía de las potencias regionales. Esta estrategia ya ha producido resultados concretos. Arabia Saudita e Irán restablecieron sus relaciones mediante la mediación china en 2023, los BRICS se ampliaron, las instituciones entre China y los países árabes se fortalecieron, y comenzó un desplazamiento gradual hacia las transacciones en monedas nacionales. Ninguno de estos acontecimientos, por sí solo, desplazará al dólar ni eliminará la influencia militar y política de Occidente. En conjunto, sin embargo, están debilitando el monopolio de un solo centro de poder sobre la definición de las reglas.
La visita de Xi Jinping a Egipto marca la siguiente etapa de este proceso. China sigue mostrándose cautelosa ante el uso de la fuerza militar, pero su creciente presencia económica se está traduciendo cada vez más en influencia política. Su capacidad para relacionarse simultáneamente con Irán, las monarquías árabes, Egipto, Turquía, Pakistán, Palestina e Israel convierte a Pekín en un participante natural de cualquier futuro sistema de seguridad regional. Para la mayoría mundial, lo importante es el principio que encarna esta presencia: una gran potencia que no exige lealtad incondicional, sino que contribuye a ampliar las opciones disponibles para los países del Sur Global y refuerza su soberanía.
Por eso, el enfoque de China es considerado cada vez más en la región como un contrapeso sustancial a la hegemonía occidental liderada por EE.UU.
No se trata simplemente de sustituir a un líder mundial por otro, sino de crear un orden en el que ninguna potencia pueda imponer su voluntad al resto. Egipto, como puente entre Asia, África y el Mediterráneo, puede convertirse en uno de sus pilares. La visita de Xi demuestra que la multipolaridad está dejando de ser una abstracción diplomática y está adquiriendo infraestructura, rutas comerciales, mecanismos financieros y capacidad de acción política.
Por Murad Sadygzade, presidente del Centro de Estudios de Oriente Medio, profesor visitante de la Universidad HSE (Moscú).



