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Arabia Saudita se acerca al punto de no retorno… e Israel está esperando

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La cooperación secreta en materia de inteligencia contra los hutíes podría arrastrar a Riad hacia una coalición antiraní y transformar el equilibrio de poder en todo Oriente Medio, asegura el analista Farhad Ibraguímov.
Arabia Saudita se acerca al punto de no retorno… e Israel está esperando

En los últimos días, los medios israelíes han hablado activamente sobre contactos entre Arabia Saudita e Israel, facilitados por el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM). Según los reportes, Riad busca obtener inteligencia de Israel para contrarrestar a los hutíes. El simple hecho de que tales contactos estén teniendo lugar plantea una pregunta: ¿se está preparando Arabia Saudita para dar un paso aún más importante y arriesgado, uno que podría alterar el equilibrio de poder en Oriente Medio?

El aumento de las tensiones con los hutíes de Yemen está obligando al liderazgo saudita a buscar ayuda allí donde pueda encontrarla. Los hutíes disponen de misiles y drones que les permiten atacar la infraestructura energética saudita y amenazar la navegación en el estrecho de Bab el Mandeb. Para Riad, esto representa un desafío militar, económico y reputacional. Esta nueva fase del conflicto pone en riesgo las instalaciones petroleras, las rutas marítimas y los planes para convertir a Arabia Saudita en un importante centro global de inversión y logística.

Los hutíes vs. Arabia Saudita: ¿por qué se enfrentan y qué consecuencias podría tener?

Israel, por su parte, ha acumulado una considerable experiencia en el seguimiento de las actividades de los hutíes y de grupos vinculados a Irán. Sus capacidades de inteligencia —incluida la vigilancia satelital, la inteligencia de señales y el análisis de movimientos de tropas a través del mar Rojo y el golfo Pérsico— podrían resultar valiosas para los sauditas. La única pregunta es qué precio está dispuesto a pagar Riad por acceder a esa información.

La situación se vuelve aún más evidente si se tiene en cuenta la postura de Washington. El príncipe heredero saudita, Mohammed bin Salman, pidió al presidente estadounidense Donald Trump ayuda para atacar posiciones hutíes. Trump rechazó una intervención militar directa y propuso, en cambio, ampliar el intercambio de inteligencia y la asistencia para la selección de objetivos. Los medios estatales sauditas confirmaron una reunión entre el príncipe heredero y el comandante del CENTCOM, el almirante Brad Cooper. Washington está dispuesto a proporcionar apoyo de inteligencia, pero no tiene intención de asumir el peso principal de una nueva campaña en Yemen, al menos por ahora.

Dar el paso

Esto plantea una cuestión clave: ¿ha decidido Riad dar un paso que durante mucho tiempo evitó cuidadosamente? Hasta hace poco, Arabia Saudita buscaba mantener la cooperación con Estados Unidos mientras preservaba la posibilidad de normalizar relaciones con Israel a largo plazo; sin embargo, evitaba entrar en una confrontación directa con Irán. Este enfoque le permitía maniobrar entre distintos centros de poder. Incluso después del estallido de una gran guerra regional, Riad no quería ser visto como un participante directo en el conflicto y mantuvo abiertos sus canales de comunicación con Teherán.

Israel podría perder su principal victoria diplomática

La cooperación militar con Israel podría alterar ese equilibrio. Irán podría interpretar la transferencia de inteligencia israelí a Arabia Saudita no simplemente como una asistencia técnica en la lucha contra los hutíes, sino como la integración saudita en un bloque antiraní en formación. Teherán no ve a los hutíes de manera aislada, sino como parte de una arquitectura regional más amplia destinada a contener a sus adversarios.

El riesgo para Arabia Saudita va más allá de la posible reacción iraní. La cooperación directa con Israel sigue siendo una cuestión extremadamente sensible para el mundo árabe, especialmente mientras la cuestión palestina permanezca sin resolver. Riad tendrá que explicar por qué un acercamiento militar con Israel precede a la solución política que durante años la diplomacia saudita presentó como condición previa para la normalización.

Precisamente por ello, la mediación del CENTCOM tiene una importancia fundamental. El mando estadounidense actúa como una especie de amortiguador político. Arabia Saudita puede obtener la inteligencia que necesita sin reconocer la existencia de un mecanismo militar bilateral, mientras que Israel puede defender intereses regionales compartidos sin un acuerdo formal con Riad. Este esquema permite a ambas partes negar la formación de una coalición, incluso cuando algunos elementos concretos de esa coalición ya empiezan a funcionar.

Para Israel, este desarrollo resulta estratégicamente ventajoso. Le permite integrar gradualmente a Arabia Saudita en la arquitectura de seguridad regional incluso antes de que existan relaciones diplomáticas. Además, Jerusalén Occidental obtiene la oportunidad de demostrar que sus capacidades militares y de inteligencia son esenciales para los Estados árabes a la hora de contrarrestar las amenazas asociadas a Irán. De este modo, la normalización deja de ser un proyecto puramente político para convertirse en una cuestión de seguridad práctica.

Israel ha perseguido durante años una estrategia destinada a forjar una alianza con las monarquías árabes del golfo Pérsico. Hace apenas unos años, una alianza de este tipo parecía casi impensable, ya que el peso de la confrontación árabe-israelí seguía siendo demasiado grande y la falta de una solución para la cuestión palestina hacía políticamente arriesgado cualquier acercamiento abierto a Israel por parte de un país árabe.

Sin embargo, Israel aparentemente partía de la idea de que, para materializar este plan, era necesario esperar el momento oportuno. Ese momento llegaría cuando la amenaza inmediata procedente de Irán y de las fuerzas asociadas a Teherán se volviera más fuerte que las restricciones políticas previas. Y parece que eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Los ataques de los hutíes, la amenaza para el estrecho de Bab el Mandeb y los nuevos ataques contra infraestructuras sauditas han dejado a Riad ante una elección extremadamente incómoda. Arabia Saudita debe volver a embarcarse por su cuenta en una guerra difícil e impredecible en Yemen o buscar apoyo de aquellos países que cuentan con las capacidades necesarias. Estados Unidos no está dispuesto a involucrarse directamente en las hostilidades, el Reino Unido se limita al envío de asesores y los socios regionales de Riad no desean verse arrastrados a un enfrentamiento directo con Irán. Y el Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, firmado por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán en agosto, no ha sido de utilidad hasta ahora. En este contexto, Israel es quizá el único país capaz de proporcionar a la parte saudita información operativa sobre la ubicación de los hutíes, sus infraestructuras y la preparación de nuevos ataques.

Si la información proporcionada por Israel se utiliza para preparar operaciones sauditas, surgirá el primer mecanismo operativo de cooperación militar y de inteligencia entre ambos países. Aunque inicialmente pueda considerarse una medida temporal de emergencia, si demuestra ser eficaz será mucho más difícil desmantelarlo.

Esto supone un gran riesgo para Riad. Lo más probable es que Teherán no establezca una distinción clara entre la lucha saudita contra los hutíes y su incorporación a la estrategia israelí de contención de Irán. Incluso si el liderazgo saudita pretende resolver únicamente el problema de Yemen, Irán podría interpretarlo como un paso hacia la formación de un bloque hostil. En ese caso, no solo las instalaciones militares sauditas quedarían bajo amenaza, sino también las empresas petroleras, los puertos, las rutas de los petroleros y otros elementos de infraestructura de los que depende la estabilidad económica del reino.

Al parecer, Israel llevaba tiempo esperando un momento así. Las circunstancias están empujando a Arabia Saudita hacia una cooperación con Israel que hasta hace poco era imposible por razones políticas.

Un nivel completamente distinto

Si esta interacción se vuelve permanente y va más allá de la confrontación con los hutíes, la guerra adquirirá una dimensión completamente diferente. Ya no se hablará de frentes separados en Yemen, Líbano o el mar Rojo, sino de la formación de dos sistemas regionales enfrentados. Por un lado estarían Israel, Arabia Saudita y los Estados occidentales que los apoyan; por el otro, Irán y las fuerzas asociadas a él. Por eso, los contactos actuales podrían convertirse no solo en otro episodio de la crisis de Oriente Medio, sino en un factor capaz de modificar toda la lógica de la confrontación regional. Después de todo, hace diez años ningún experto en Oriente Medio habría predicho la mejora de las relaciones entre Emiratos Árabes Unidos e Israel: ambas partes mantenían posiciones extremadamente hostiles entre sí; sin embargo, hoy sostienen relaciones diplomáticas, aunque con ciertas reservas.

Al mismo tiempo, es demasiado pronto para afirmar que Riad ha tomado una decisión definitiva a favor de una alianza con Israel contra Teherán. Lo más probable es que el liderazgo saudita esté intentando resolver un problema militar concreto sin asumir compromisos a largo plazo. Le interesan la inteligencia israelí, el apoyo estadounidense y los asesores británicos, pero al mismo tiempo no quiere convertirse en la primera línea de la guerra de otro.

Si Arabia Saudita realmente decide establecer una relación estable con Israel, dirigida no solo contra los hutíes sino también contra Irán, la confrontación regional pasará a un nivel completamente distinto. Ya no se tratará de una lucha entre Israel y Estados Unidos contra Irán y sus aliados, sino de un choque entre dos coaliciones que abarcarían el golfo Pérsico, el mar Rojo y la península arábiga.

Para Teherán, esto significaría la aparición de un espacio militar y de inteligencia unificado que se extendería desde Israel hasta Arabia Saudita. Para Riad, supondría abandonar su anterior papel de equilibrio prudente para pasar a participar directamente en el conflicto. Y para toda la convulsa región de Oriente Medio, representaría la amenaza de una confrontación interestatal a gran escala cuyas consecuencias ya no se limitarían al territorio de Yemen.

Por lo tanto, los contactos actuales no deben interpretarse como la prueba de una alianza ya consolidada, sino más bien como una prueba para determinar si las partes están preparadas para una alianza de ese tipo. Riad aún no ha cruzado la línea. Pero, por primera vez en mucho tiempo, ha estado extremadamente cerca de hacerlo.

Por Farhad Ibraguímov, profesor de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Rusia 

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