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Recuerdos de alta mar: un hispano del Ejército de EE. UU. en la URSS

Publicado: 9 may 2010 14:40 GMT

Diciembre de 1944. Mientras arreciaba un duro invierno y se aproximaba un cielo cubierto de gloria, las tropas del Ejercito Rojo de la Unión Soviética luchaban por liberar al mundo de la garra nazi. Y a medida que el avance de los hombres del gran mariscal Zhuckov hacían gala de valor y arrojo en

Recuerdos de alta mar: un hispano del Ejército de EE. UU. en la URSS http://lib.rus.ec
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Diciembre de 1944. Mientras arreciaba un duro invierno y se aproximaba un cielo cubierto de gloria, las tropas del Ejercito Rojo de la Unión Soviética luchaban por liberar al mundo de la garra nazi. Y a medida que el avance de los hombres del gran mariscal Zhuckov hacían gala de valor y arrojo en los campos de batalla, en el área del Pacífico se vivía otra escena más del conflicto mundial. Los buques de la armada estadounidense luchaban desesperadamente por la supremacía del océano ante Japón (aliado del Eje enemigo y que constituía un serio peligro por tierra y mar).

Recuerdos aparentemente lejanos y que, a pesar de ser en blanco y negro, hoy siguen tan vivos como en aquel entonces lo era el azul teñido de rojo del océano. Son memorias que tienen el color de la guerra.

Al menos así son para Osvaldo Espada, sargento mayor de la armada de Estados Unidos.

En medio de esa nieve roja, ausentes y desprotegidos de la escolta apropiada, llegaron los buques estadounidenses a la península rusa de Kamchatka. Eran convoys que traían combustible, provisiones y refuerzos para apoyar en la lucha. De esta forma, Espada, originario de Puerto Rico, llegó a la Unión Soviética.

Así fue testigo del tremendo esfuerzo del pueblo soviético para sostener la maquinaria bélica del Ejercito Rojo y tuvo que luchar por su rango y por la jerarquía racista de una armada estadounidense que no permitía a hispanos, ni negros lograr el rango de oficial.

Cuando hoy Espada mira sus medallas, reconoce con nostalgia la valentía de aquellos extraños soldados soviéticos que parecían leones, por su fiereza en el combate.

Y aunque poco después, el buque que llevaba a bordo al sargento Espada tuvo que zarpar hacia el sur del Pacífico, éste y otros recuerdos son el testimonio de una lucha que no debería repetirse, pero que no se puede olvidar por su enorme proporción y consecuencias.

Y mientras cae la tarde, de vuelta a nuestra época de misiles guiados, daños colaterales, prisiones clandestinas y combates a distancia, el sargento Espada continúa su vida entre los retratos y las fotografías, pero sin olvidarse de ese pasado honorable de la lucha y el combate de la tradición naval, la tradición militar y probablemente de esa lucha que siempre se recordará: la Segunda Guerra Mundial.

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