Un par de milagros (parte 2)

Cara a cara contra el viento por Yevgueni Netyksa

15 de enero del 2009. Nueva York, EE.UU. Aeropuerto de La Guardia. 15.00, hora local.

El comandante Chesley Sullenberger y su copiloto, Jeffrey Skiles, estaban preparando la cabina para despegar con rumbo a Charlotte. El vuelo 1549 era ya el cuarto consecutivo, pero el último del día y los pilotos estaban de buen humor. Quién podría imaginar en aquel momento que lo que pasaría durante los siguientes 30 minutos se convertiría en uno de los vuelos más famosos del mundo…

 "¡Que buena vista del Hudson!", dijo el capitán al mirar por la ventana. El avión despegó de la pista 04 y venía tomando altura justo por el lado este del río. Todo andaba bien, el tiempo era bastante bueno, los sistemas del avión funcionaban perfectamente, pero en solo un segundo un vuelo común se convirtió en una pesadilla. "Pájaros": esa fue la única palabra que pronunció Sullenberger. El avión chocó contra una bandada de gansos y perdió la potencia de sus dos motores.

Los pájaros siempre fueron un problema para la aviación. Y más allá de que se toman medidas para prevenir los choques no es raro que un avión aborte el despegue con un parabrisas roto por culpa de algún ganso perdido cerca de la pista. Pero perder ambos motores justo después del despegue si es un problema muy grave, porque por más que el avión pueda planear no hay suficiente altura y hay que aterrizar urgentemente sea donde sea.

¿Qué hacer? Una posibilidad era dar la vuelta y aterrizar en La Guardia, pero la nave ya se había alejado demasiado y el comandante no estaba seguro de que alcanzaría la altura suficiente para llegar hasta la pista. La otra posibilidad era volar hacia el aeropuerto de Teterboro, que estaba a menos de 10 kilómetros. 40 segundos tardó Sullenberger en evaluar la situación y tomar la única decisión correcta: aterrizar en el Hudson. Y fue 'correcta' solamente porque el Hudson era el único lugar sin gente que estaba al alcance del avión. Si fuera todo tan fácil yo no estaría ahora escribiendo sobre el caso y encima utilizando la palabra ‘milagro’ en el título del post.


Lo que pasa es que para que el avión pueda deslizarse sobre la superficie del agua hay que aterrizarlo con muchísimo cuidado, porque si los motores o cualquier otra parte de la nave choca contra el agua de golpe el avión frena bruscamente y se destruye de inmediato. Aparte mucho depende de la dirección de la corriente del agua y del viento, del tamaño de las olas y etc., o sea de factores que no se pueden determinar desde la cabina volando a 250 kilómetros por hora. En fin, durante un amarizaje la posibilidad de que la nave quede intacta es muy diminuta, casi nula, diría yo.

Creo que Sullenberger hizo el mejor aterrizaje en toda su carrera: el avión toco el agua con la parte trasera y cayó completamente cuando la velocidad ya era suficientemente pequeña para que la frenada no fuera tan destructiva.





Tan increíble es lo que paso, que en la mayoría de las escuelas de aviación en el mundo ahora estudian el caso como un hecho ejemplar de un buen trabajo en equipo y profesionalismo de cada uno de los tripulantes. Los pilotos supieron evaluar todos los factores de inmediato superando el estrés y la falta de tiempo, tomar la única decisión correcta en condiciones muy difíciles y encima pilotar el avión de una manera impecable. Y no es que sea increíble que un piloto haga su trabajo bien, sino que hasta para un buen piloto la situación era catastrófica.  




Ideal. No pudo ser mejor.