Opinión

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Cecilia González

Periodista mexicana en Argentina, escribo libros y crónicas, produzco documentales, doy talleres de periodismo
El escritor Alejandro Rozitchner, uno de sus asesores, solía decir que le preocupaba que el país no estuviera a la altura de Macri. Quizá tenía razón. Quizá los argentinos merecían a otro tipo de presidente. Así lo entendieron. Y por eso lo cambiaron a fuerza de votos.
La meta es clara y tiene nombres y apellidos: evitar a como dé lugar el retorno al poder de los partidos de los expresidentes Rafael Correa y Evo Morales.
La mayoría de los firmantes forma parte de una élite intelectual que se formó, creció y fortaleció al amparo de los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional, el partido que jamás combatió la pobreza, que enraizó la desigualdad y que se resistió a la alternancia.
No importa si son fuerzas de Seguridad nacionales o provinciales. Tal y como ocurre en gran parte de América Latina, muchas veces los policías argentinos inspiran más miedo que confianza.
La prensa es el poder que menos se fiscaliza, el que más se resiste a la transparencia. Que investiga pero no quiere ser investigada. El mínimo intento de regulación, crítica o investigación judicial, lo denuncia como un ataque.
El argumento central del macrismo es que las acusaciones forman parte de una campaña del actual gobierno peronista. A pesar de la derrota electoral, se ve que no perdieron el inigualable sentido de superioridad que los caracteriza.
Por los altos niveles de degradación que ya existían al comienzo de su gobierno, era imposible, irreal, pensar que esta tragedia social que él no provocó sería de fácil y pronta solución. El reclamo hubiera sido injusto, pero existía la esperanza de que, por lo menos, los crímenes fueran aminorando y la pacificación asomara en el horizonte.
Espiaron de manera ilegal a una expresidenta, a un jefe de gobierno y a una gobernadora. A líderes parlamentarios. A funcionarios, empresarios, investigadores y líderes sociales. A la hermana y al cuñado presidencial. A políticos presos. A cientos de periodistas.
Si los policías actúan con brutalidad es porque confían en su impunidad, pero con las protestas en repudio a los asesinatos de George Floyd y de Giovanni López se equivocaron: la presión social, la organización de los activistas y la contundencia de los videos replicados en las redes sociales impidieron que no pasara nada.
La presencia en las calles de estos grupos todavía es minoritaria, pero también es una advertencia de que los discursos de odio están al acecho. Y de que sus representantes algún día pueden ganar elecciones.
Ojalá el presidente hiciera caso a su propia campaña pero para recordar, con nombre y apellido, a las 10 mujeres que son asesinadas cada 24 horas en el país que gobierna.
El expresidente de México opta por ratificar su desprecio a las víctimas y, a lo largo de 376 páginas, evita reconocer a los desaparecidos que dejó su gobierno. Ni siquiera habla de ellos.