Durante los últimos años, Finlandia ha logrado posicionar en grandes medios, vocerías políticas e incluso círculos historiográficos el discurso de que su país es una víctima histórica de Rusia, presentada como una potencia que la habría agredido de forma casi permanente a lo largo de los siglos. En años recientes, la clase política, mediática y académica finlandesa ha logrado imponer con notable éxito la imagen de Helsinki como víctima inocente de la agresividad de Moscú, hasta el punto de justificar su ingreso en la OTAN en 2023 como una medida inevitable de autoprotección frente a la supuesta "maldad expansionista rusa".
Sin embargo, un repaso a la historia de la nación nórdica y de su relación con los países vecinos muestra una realidad bastante menos simplista y, en no pocas ocasiones, incluso inversa.
Para empezar, si situamos el germen de la "finlandesidad" (si es que existe esa palabra) en el mismo período que señala la historiografía académica internacional, quien más oprimió a Finlandia en sus aspiraciones de convertirse en Estado no fueron sus vecinos orientales, sino los occidentales. En efecto, los pueblos fineses, con una lengua y cultura distintas tanto de eslavos como de escandinavos, fueron súbditos del Reino de Suecia durante cerca de siete siglos, desde el siglo XII hasta el XIX.
En 1809, tras una contundente derrota, Suecia se vio obligada a ceder Finlandia a Rusia
Durante todo ese tiempo, Estocolmo utilizó el territorio finés como zona de amortiguamiento y a sus habitantes como carne de cañón en sus reiterados enfrentamientos con Rusia. Durante ese largo período, el Reino de Suecia invadió territorios rusos en tantas ocasiones que ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo en el número exacto. El expansionismo sueco fue tan agresivo que, en varios de esos conflictos, Noruega y Dinamarca llegaron a aliarse con Rusia frente a Suecia. Cómo cambian las cosas con el tiempo, ¿verdad?
Finalmente, en el contexto de las guerras napoleónicas, la guerra ruso-sueca de 1808 puso fin de forma definitiva a las ambiciones imperiales de Suecia. En 1809, tras una contundente derrota, Estocolmo se vio obligada a ceder Finlandia a Rusia. A partir de entonces, Suecia abandonó progresivamente su política belicista y dejó de ser una potencia expansiva. Pero volvamos al tema central.
El verdadero origen de la verdadera Finlandia
Paradójicamente, fue tras pasar de manos suecas a rusas cuando Finlandia conoció su mayor grado de autonomía en más de siete siglos. En 1809 nació el Gran Ducado de Finlandia, primer antecedente protoestatal de la Finlandia actual. Se trataba de un territorio integrado en la Rusia zarista, pero dotado de un alto grado de autonomía política, administrativa y cultural.
Durante ese período, los finlandeses pudieron practicar libremente su religión luterana, disponer de un sistema fiscal propio, una administración diferenciada, instituciones propias, moneda propia y uso oficial de su lengua. Fue entonces cuando el finés desplazó definitivamente al sueco, impuesto durante siglos. En buena medida, los elementos fundamentales del Estado finlandés —fronteras, instituciones y conciencia nacional— se consolidaron durante el siglo en que Finlandia formó parte del Imperio ruso, un hecho que la historiografía finlandesa reconoció durante décadas y que hoy tiende a silenciar.
En 1917, al acabar la Primera Guerra Mundial, Rusia aceptó sin resistencia la creación de un Estado finlandés independiente
Tras la Primera Guerra Mundial y el estallido de la Revolución Rusa, el independentismo finlandés tomó un impulso decisivo. Las nuevas autoridades bolcheviques reaccionaron de forma muy alejada de los tópicos habituales: reconocieron la independencia de Finlandia sin recurrir a la guerra ni a la coerción. Así, el 6 de diciembre de 1917, Rusia aceptó sin resistencia la creación de un Estado finlandés independiente.
No obstante, la joven nación no tardó en verse envuelta en una guerra civil entre "rojos" y "blancos", similar a la rusa, aunque con desenlace inverso. Tras la derrota de las fuerzas socialistas, muchos finlandeses de izquierda se refugiaron en la Rusia soviética, mientras que los sectores conservadores y nacionalistas, victoriosos, comenzaron a planear la expansión territorial aprovechando la inestabilidad del vecino bolchevique, especialmente en la región de Carelia.
Así, una vez resuelto su conflicto interno, Finlandia lanzó ataques armados contra Rusia. Nacionalistas finlandeses, inspirados por su líder militar Carl Gustaf Mannerheim (retengan este nombre), llevaron a cabo incursiones constantes en territorio ruso, ocuparon posiciones estratégicas en Carelia y estuvieron cerca de obtener una salida al mar de Barents, justificando sus acciones en criterios étnicos.
En 1919, un Ejército Rojo ya más organizado logró expulsar a las fuerzas finlandesas. En 1920, Moscú y Helsinki firmaron el Tratado de Tartu, por el cual Finlandia renunciaba a Carelia a cambio de territorios en el Ártico. Sin embargo, las ambiciones expansionistas no desaparecieron. Al año siguiente, Finlandia alentó y apoyó una insurrección armada en Carelia, suministrando armas, voluntarios y tropas encubiertas. Tras un breve éxito inicial, la insurrección fue sofocada por el Ejército Rojo y en 1922 se firmó un nuevo acuerdo que ratificaba el tratado anterior.
Durante casi dos décadas no hubo enfrentamientos directos, aunque sí una desconfianza creciente. Con la proximidad de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética, preocupada por las aspiraciones territoriales finlandesas y por la cercanía de Helsinki con Alemania, propuso un intercambio de territorios para proteger Leningrado de una eventual invasión nazi. Finlandia rechazó la propuesta y, en el invierno de 1939, la URSS ocupó por la fuerza los territorios en disputa.
Un olvido muy interesante (e interesado)
Es en este punto donde el relato oficial finlandés suele iniciar la narración histórica, omitiendo deliberadamente el contexto previo. La guerra de Invierno fue extremadamente cruenta y concluyó con la victoria soviética. Finlandia perdió más territorio del que habría cedido de haber aceptado el intercambio propuesto.
La historia no terminó ahí. En 1941, tras la invasión nazi de la Unión Soviética, Finlandia se convirtió en aliada de Alemania. Las tropas finlandesas participaron en el bloqueo de Leningrado, instalaron campos de concentración para ciudadanos soviéticos y registraron una de las tasas más altas de mortalidad de prisioneros de guerra de todo el conflicto. El grado de colaboración fue tal que Adolf Hitler visitó personalmente a Mannerheim para felicitarlo por su cumpleaños.
Poco antes del final de la guerra, Finlandia rompió su alianza con Alemania y devolvió a la Unión Soviética los territorios ocupados. A pesar de su colaboración con el nazismo, Moscú no impuso represalias severas y aceptó incluso la elección de Mannerheim como presidente del país.
La posterior neutralidad militar finlandesa, respetada durante toda la Guerra Fría, permitió al país desarrollarse como vecino tanto de la OTAN como del Pacto de Varsovia, evitando el enorme coste económico de convertirse nuevamente en un Estado tapón entre potencias.
No deja de ser llamativo que, tras romper con más de 80 años de neutralidad militar e ingresar en la OTAN, Finlandia haya comenzado a experimentar un deterioro económico y social inmediato. Pero esa es otra historia y, además, aún se está escribiendo. La historia ya escrita es clara y está ampliamente documentada. Contarla de forma parcial, omitiendo contextos y antecedentes, no es una simple negligencia, sino una forma consciente de manipulación. Y en el caso de las relaciones entre Rusia y Finlandia, reducir siglos de historia a un relato unilateral de víctima y agresor supone una distorsión deliberada de la realidad.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale