Desde que el 3 de enero de este año EE.UU. bombardeó Venezuela y, en un operativo tipo comando, secuestró a Nicolás Maduro y a su compañera, la nación caribeña se encuentra en una situación insólita. Tan insólita, de hecho, que es difícil de comparar con otras situaciones insólitas de la historia a nivel mundial, que no son pocas.
Por supuesto, tanta 'insolitez', lógicamente, provoca todo tipo de análisis, así como genera las reacciones y comentarios más variopintos que puedan imaginar.
Lógicamente, insisto, porque lo insólito nunca deja indiferente a nadie. Mucho menos cuando, desde el ataque estadounidense, muchas preguntas sobre aquellos sucesos siguen sin respuesta y, para más colmo, desde entonces aparecen nuevas preguntas por responder. Preguntas y respuestas que se plantean y contestan de forma diferente dentro y fuera de Venezuela. En ocasiones, de forma casi diametralmente opuesta, a pesar de tratarse de la descripción de un mismo fenómeno.
Un hecho, varias interpretaciones
Desde fuera de Venezuela, para muchas personas no resulta fácil entender cómo, apenas días después de perder decenas de militares y civiles, Caracas inició un acercamiento con los agresores. Un acercamiento que, con el paso de las semanas, ha ido a más y más, con anuncios y acciones de todo tipo: comerciales, diplomáticas, políticas, como la nueva Ley de Hidrocarburos, la recepción de una representante diplomática estadounidense, la Ley de Amnistía o la reciente visita del secretario de Energía, por nombrar algunos pocos.
Entre muchos partidarios de la Revolución Bolivariana en el exterior, todo esto causa un gran desconcierto, y ese desconcierto desemboca, en bastantes ocasiones, en desconfianza, decepción o graves acusaciones públicas. Se puede o no estar de acuerdo con esas opiniones, obvio, pero es difícil señalarlas de absurdas o basadas en nada.
No en vano, se trata de personas que, durante dos décadas, han tenido a Venezuela como un faro antiimperialista que nunca claudicó ante agresiones en forma de sanciones o inestabilidad interna fomentada desde fuera, y siempre la apoyaron en esa dura etapa, en la medida de las posibilidades de cada quién.
Las autoridades venezolanas decidieron priorizar la paz dentro del país, evitando un conflicto armado que podría haber escalado a una guerra civil
Y es importante que, dentro de Venezuela, se entienda el porqué de ese desconcierto y hasta de esos señalamientos desde el exterior, aunque no se compartan. Porque, desde dentro de Venezuela, la población en general y el chavismo en particular perciben la situación de otra manera.
En primer lugar, las autoridades decidieron priorizar la paz dentro del país, evitando un conflicto armado que hubiera dejado un reguero de muertes y que, muy probablemente, no habría tardado en escalar a una guerra civil.
En una nación (es bueno tenerlo presente) que no vive un conflicto armado como tal desde el siglo XIX, y en un contexto global donde, guste o no, desde el punto de vista estrictamente militar, se las habría visto prácticamente sola frente a un país con una muy superior maquinaria bélica y un largo historial de invasiones sangrientas que, para más colmo, actualmente se siente más impune que nunca tras apoyar un genocidio en Gaza sin consecuencias para sí misma, a excepción de las morales.
El 3 de enero quedó constatado que Washington está dispuesta a aplicar la fuerza bruta en su peor escala para conseguir sus objetivos
Por supuesto, esta paz no se logró a cambio de nada, sino de una larga lista de concesiones –todavía en marcha– que, según a quién le pregunten, resultan difíciles pero necesarias, deprimentes pero inevitables o humillantes sin más.
El argumento general de Caracas a la hora de explicarlas es que Venezuela entró en una nueva etapa que no puede analizarse sin tener en cuenta el 3 de enero y sus consecuencias inmediatas: el secuestro de su jefe de Estado y la constatación de que Washington está dispuesta a aplicar la fuerza bruta en su peor escala para conseguir sus objetivos.
A partir de ese momento, habríamos entrado en un delicado juego de estrategias subterráneas y de tiempos exasperantemente lentos, más en una época donde la información vuela y todos queremos saberlo todo ya.
La complejidad del tiempo histórico
No olvidemos que, en años recientes, el panorama geopolítico mundial entró en una etapa en la que las instancias internacionales perdieron el poco prestigio que les quedaba y, con la llegada de Trump a la Casa Blanca, la situación global pasó de muy tensa a directamente impredecible. Desde ese punto de vista, la situación de Venezuela podría asemejarse a la de alguien inmovilizado por un ladrón armado, sin nadie a la vista que pueda socorrerlo, que decide evitar resistirse mientras trata de encontrar el momento justo para zafarse.
Y es importante que, fuera de Venezuela, se entienda el porqué, en medio de una realidad insólita, dentro del país se optara por adoptar ciertas actitudes y se hicieran ciertas concesiones, aunque no se esté de acuerdo.
Por supuesto, una estrategia así no deja de ser riesgosa. Porque ese momento de zafarse puede llegar demasiado tarde o, peor aún, porque incluso pueden surgir elementos que busquen aprovechar la coyuntura para transformar una docilidad circunstancial en una docilidad sin límite de tiempo.
Como si toda esta situación tan compleja no bastara, continuamente surgen noticias y preconceptos que es bueno aclarar, antes de concluir, para sanear el debate. Por ejemplo, en la época de Hugo Chávez y parte del Gobierno de Maduro, antes de las sanciones, Venezuela nunca dejó de vender petróleo a EE.UU. y lo hizo en buenas cantidades. Dejó de hacerlo no por voluntad propia, sino porque EE.UU. sancionó la industria petrolera venezolana. También hubo numerosas liberaciones de políticos opositores envueltos en la promoción de protestas violentas u otros delitos desde mucho antes de la presidencia encargada de Delcy Rodríguez.
En el plano diplomático, con las sanciones de la Casa Blanca en plena vigencia, hablamos de marzo de 2022, Maduro recibió a un alto enviado de Washington y dijo —textualmente— que las banderas de Venezuela y EE.UU. "se ven muy bonitas juntas, como deberían estar". Es decir, algunas de las cosas que percibimos como totalmente novedosas no lo son tanto.
En suma, la geopolítica es extremadamente compleja y la historia nunca se desenvuelve de manera completamente lineal, sino que está llena de avances y retrocesos, de contradicciones, de momentos duros de tragar, de pactos inesperados, de alianzas incompatibles.
No es momento de lecturas simplistas
Personalmente no me cabe ninguna duda de lo incómodo que resultará a los altos mandos venezolanos transitar por la presente situación, pero tampoco creo que para Marco Rubio sea fácil escuchar cómo muchos de sus seguidores no entienden por qué negocia con la cúpula chavista ni le perdonan que considere presidenta a Delcy Rodríguez antes que a María Corina Machado.
En política nunca llueve a gusto de todos, aunque dependiendo del momento, moje a unos más que a otros. Así que nos reafirmamos en que nunca es buen momento para sacar conclusiones precipitadas, menos aún cuando las circunstancias son tan complejas como las que atraviesa el planeta en general y, en este caso en concreto, Venezuela.
Aunque nos cueste mucho más de lo que pueda parecer y sea fuente continua de ansiedad, seguimos observando la situación atentamente, tratando de conservar la calma y la cordura, leyendo los apasionados comentarios y opiniones sobre este asunto (incluidos lo suyos), sin nunca creer que tenemos toda la verdad con nosotros.
Y obvio que no puede garantizarse que esta historia tendrá un final feliz. Lo que sí puede y debe afirmarse es que esta historia todavía no ha terminado.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale