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Diálogos (casi) surrealistas (Tercera parte y final)

Publicado: 23 ago 2011 01:00 GMT

“Un ángel cuida tu guarida, tu canción/

Un ángel cuida tu suicida corazón” 

('Ángeles y predicadores', 

Charly García – Pedro Aznar)


En nuestros links anteriores: 

Primera parte: //actualidad.rt.com/mas/blogs/odisea_en_rusia/blog_26462.html

Segunda parte: //actualidad.rt.com/mas/blogs/odisea_en_rusia/blog_27423.html

Y seguimos:

Ejemplo 3

Deambulo por el centro de Moscú. Un sábado por la tarde de la primavera de 2010. Estoy cerca de la Plaza Roja. Más precisamente en la Plaza Manezhnaya. A pocos metros, el Kremlin y la célebre Basílica de San Basilio. Aún más cerca, la imponente estatua del general Zhúkov, máximo héroe militar de la Gran Guerra Patria.

El aire está fresco. Mucho, mucho sol en el cielo. Una felicidad inexpresable inunda todo. ¿Cómo no intentar plasmarla? Tomo fotos a destajo: cualquier segundo imprevisto puede darme una visión digna de la mejor fotografía de la historia: si el mundo corre sin control, medito, ¿por qué la perfección ha de anunciarse en un momento determinado o predecible?

Unos jóvenes parados frente a la entrada de un subterráneo. Tiene puertas de vidrio de elegante ornamentación. “¿Qué es esto?”, me pregunto instantáneamente. “No es el Metro, obvio”. Justificándome con eso de que “soy sólo un recién llegado”, avanzo sin timidez y paso a un lado del grupo de muchachos, hombres y mujeres, de unos 17 a 20 años. Reparan en mi color de cabello y de piel. Y en mi ropa. Pero esto es Moscú: no soy el primer extranjero que ven.

Entro y… ¡oh, maravilla! ¡Frente a mí se extiende un imponente y glamoroso mall bajo tierra! Tiendas, luces, ropa 'a la última moda' y señoritas ultra fashion se desgranan por los pasillos. ¡Esto es un templo al consumismo! Me siento bien. Feliz. Confiado. De seguro que acá podré arreglármelas para elegir, comprar y pagar. Sencillo y rápido. Transacciones capitalistas a las que estoy acostumbrado. Y me gustan. Yo pago; usted me da. Dar y recibir: la lógica elemental con la que me siento en casa. Y todo ràpido, ràpido, ràpido. ¡Cómo no ando con una Coca Cola en la mano para celebrar! Para no ser menos, busco en el MP3 a los Beach Boys: sólo me faltaría ponerme a surfear.  

Pero no: pronto mis ilusiones –todas- se van a bien buena parte.

Entro a una tienda luego de divisar una hermosa camiseta. Una de esas que uno toma y es amor a primera vista. Delicia para el tacto y los ojos.  La contemplo: un espectáculo en sí misma. Para mí, una obra maestra. ¡Qué bien me quedaría!, concluyo en medio de un éxtasis estético de alto vuelo.

Se me acerca una vendedora. Me habla. Y no entiendo nada. Y no sé que responder. Y trato de decirle algo en inglés. Pero no me salen las palabras. De nuevo, de nuevo, de nuevo...

La miro.

Ella me mira.  

No nos decimos nada. Ni una palabra. Ella me observa. Me analiza. Y lo único que quiero decir es “quiero probarme esta camiseta”. Pero no me sale ni una sola palabra de la boca. Obvio: no sé expresarlo en ruso. ¿Qué puedo decir: “Please, I want…”, o algo por el estilo? No, lo descarto: ya ni siquiera me siento con ánimos de intentarlo.

Doblo la camiseta lo mejor que puedo y salgo de la tienda.

10 minutos después, de vuelta a la calle. Los chicos y chicas siguen ahí: hermosa y plácida juventud.

Camino una cuadra en dirección a la Galería Manezh. Veo una espléndida fuente con esculturas de caballos. Saco la cámara. Ingreso en una suerte de vértigo reconcentrado. Creo casi una misión celestial sacar esa foto. Es mi destino. Para lo que vine al mundo. Pero no lo hago. Entonces, advierto algo que suponía muy, muy desterrado de mi vida de “adulto”: unas insoportables ganas de ceder a la desesperación. Incluso de llorar. Pero, claro, no lo hago.

“Muéstrate digno, hombre. Aunque sea inténtalo”, me doy ánimo de la mejor manera que conozco. Y me pongo a caminar. 

Ejemplo 4

Pero no todo era tan DRAMÁTICO.

A veces, existían momentos de triunfo, instantes en los que creías que lo habías logrado y comenzabas a traspasar la valla invisible que te impedía contactar con el mundo exterior.  De vez en cuando, dejabas en casa tu look de personaje 'camusiano' y te embargaba una dicha intensa. Era algo tan sencillo como una mirada solidaria… o que te entendieran.

Se llaman 'podzemny  perejód' (es decir, paso subterráneo), pero en el habla cotidiana se les conoce habitualmente sólo como 'perejod'. En concreto, su función no es otra que constituirse en una vía bajo tierra para cruzar las grandes avenidas en aquellos puntos donde no hay un cruce establecido con semáforos.

Sin embargo, como no solo de pan vive el hombre, un comercio informal permanente se ha asentado en la mayoría de ellos. Por supuesto que usted no encontrará televisores de plasma o notebooks de última generación, pero sí sus “complementos”: un control remoto universal o un pendrive, etc. Igualmente, como la gente generalmente no tiene dinero para pagar los 'bonus tracks' por el concepto decorativo de los centros comerciales más fastuosos, aquí se las agencian con artículos comestibles de consumo básico, revistas y libros baratos, ropa económica y sin demasiado aparataje estilístico, bebidas, cervezas… y cigarrillos.

Fue en uno de aquellos 'perejod'. Ahí sucedió.

La mujer ya me reconocía. De seguro que yo representaba en su imaginario personal a 'un chico interesante': un treinteañero que viste viejos, sucios y raídos jeans y camisetas de singulares estampados, que siempre llega escuchando música ruidosa y moviendo la cabeza de extraña manera, que tiene un desusado corte de cabello y que al parecer fija con pegamento, y que, por si todo eso fuera poco, intenta hablar en ruso pero lo hace de una manera espeluznante. O sea, una 'maravilla de hombre'…

Pero aquel sujeto tenía un atractivo: era un buen cliente. Un comprador enajenado de cigarrillos. Y que no pide una cajetilla como humano normal: los lleva por blocks, cada uno de los  cuales contiene 10 paquetes. Pero, ¿no le resulta suficiente con uno? Niet: 3 o 4… ¿Se iba acaso a otro planeta que llevaba tantas provisiones? La respuesta era otra: al gentilhombre –tímido por naturaleza, además- se le hace extremadamente dificultoso hablar en ruso… y si puede evitarlo lo hace. ¿Cómo? Evitando incrementar su contacto directo con la gente, no por descortesía sino por todo lo contrario: debido a la conciencia que tiene de su incapacidad de poder comunicarse. Buen cliente y buen muchacho, sin duda… 

Llegué a la tiendita. Y dije:

-Priviet! (Hola).

Ella sonríe. Comienza el show. Y, claro, el cliente siempre ha de tener la razón. Más aún si tiene predilección por gastar su dinero en algo tan superfluo como cigarrillos.

En segundos trato de recordar mi escuálido repertorio de palabras en ruso. Rubro 'vicio cancerígeno'. 

* Malinkí: pequeño.

* Bolshoye: Grande.

* Cigarriete: Cigarrillos.

* Uno: Adín.

* Dos: Dva.

* Tres: Tri.

* Cuatro: chetiere.

* Por favor: Pashalusta.

* Nikotín: Nicotina

* Amarillo: Yolti.

* Negro: Chorniye.  

* ¿Skolko stoit?: ¿Cuándo vale esto?

* Muchas gracias: spasibo bolshoe.  

Entramos en negocios. Digo:

-Adín block Camell. Yolti…

(Nota: Se quiso decir (SQD): “Un block de cigarrillos Camell clásicos, por favor. Los de color amarillo, si es que tuviese...”.

Traducción literal (TL): “Uno block Cammel. Amarillo”)

Afortunadamente, hay. La mujer lo pone frente a mí. 

-Da- es mi preciso comentario.

(TL: Sí).

Empezamos con las complejidades. Ahora lo que me interesa decir es: “Quiero llevarme dos blocks diferentes más”. ¿Cómo se dice “dos más” y “diferentes”? Empleo un método que ya he venido perfeccionando y que he bautizado como 'Ley de dar más… para recibir lo justo'.

- Chitiere blocks.

Sus ojos se abren desmesuradamente.

- ¿Chitiere….?

- Sorry: niet. Tri.

Tengo que recordarle mi calidad de extranjero y que le quede bien claro: por eso, no viene mal meter alguna palabrita en inglés por ahí… Me va entendiendo. No se asombra. Pregunta “¿cuáles?”. “No sé”, me dan ganas de decirle. “Los que tenga usted”. De pronto, me creo el mítico vaquero de los cigarrillos Marlboro y le pregunto si hay de esta marca. Parece que sí, pero no de los que a mí me gustan. Me muestra lo que tiene.

- Niet! Niet light!

A mi espalda, la gente camina de un lado a otro con ese ritmo frenético propio de las grandes capitales.

La vendedora reacciona. Se le está yendo de las manos un buen comprador. Saca su as bajo la manga y comienza a mostrarme distintas cajetillas en cantidad suficiente como para satisfacer mi demanda. De pronto, me fijo en una muy delgada y larga. Lo que subentiendo es que se trata de un producto 'femenino'; vale decir, cigarrillos para señoritas. Me siento intrigado: ¿ha encontrado en mí algún ademán poco viril… o sospechoso? Quién sabe. Bueno, algo es cierto: no debo parecerle un aguerrido y viril soldado del mítico Ejército Rojo. 

Le manifiesto mi reticencia ante su oferta con unas palabras tan poco conexas que no entiendo cómo no se desmaya ahí mismo. Sin embargo, es lo único que tengo: unas pocas palabras. Y DEBO usarlas.

- Niet! Debushki cigarrietes…!

SQD: “No, esos son cigarrillos lights y muy suaves para mi gusto. Gracias. ¿Qué más tiene?” 

TL: “¡No! ¡Señoritas cigarrillos!”

Trata de salir al paso de mi comentario. Según le entiendo, también hay hombres que los fuman.

¿Cómo le doy a entender ahora lo que pienso? ¿Qué estructura gramatical uso? ¿Y las palabras? ¿Cuáles eran las más adecuadas?  

Entonces, ocurrió. Nuestro (inverosímil) intercambio lingüístico llegó a su clímax. ¡Alcanzamos el máximo nivel de incomprensión! ¡Insuperable! Definitivamente estábamos en un punto indeterminado del universo y cada cual provenía de un planeta distinto: ella de Rusia y yo de Chile.

A mi lado, una abuelita analizaba la escena esperando comprar. ¿Había compasión o reprobación en su actitud? Bueno, algo era evidente: tenía ante si una ficción surrealista digna de algún maestro del género. 

Sin más, le dije a mi interlocutora:

- Skolka nikotín? Malinkí nikotín? O bolshoye nikotín?

Aparte de mi pronunciación precisa como canto gregoriano en boca de un coro de hambrientos cocodrilos, ni siquiera estaba expresándome con las palabras adecuadas y todo con tal de comunicarme en estos términos: “¿Cuánta nicotina? ¿Pequeña nicotina? ¿o grande nicotina?". O sea, imagínense la escena. Además, me sentí muy enfadado conmigo mismo. ¿Qué clase de pregunta era esa? Actuaba como un despreciable drogadicto preocupado de si la marihuana “¿es de la buena, o no?”. ¿En qué clase de monstruo me estaba convirtiendo? ¿O era que me estaba volviendo loco? Muy a menudo me era difícil estar en silencio 'conmigo mismo': estaba siendo presa de un preocupante desdoblamiento de personalidad. Los idiomas se mezclaban en mi cabeza de manera asombrosa: cualquier combinación lingüística era posible: todo, con tal de ser entendido. Mi terror tenía un nombre: ¿y si me olvidaba del idioma español y poco a poco iba reemplazando algunas palabras por sus símiles en inglés o ruso? “Pollo” para mí ya iba siendo “chicken” o “kúritsa”. Ya no estaba pensando en “pollo”. Una metamorfosis se estaba incubando en mi cerebro. Tenía miedo, lo reconozco: fashion pueden ser... pero nunca me han gustado las camisas de fuerza.

Pero ella tuvo la bondad de devolverme a la tierra, a la gris, la predecible, pero también venerable tierra. Era ella: mi amiga, la vendedora del 'perejod'. Tan desconcertada como yo intenta hacer algo, lo que sea para que nos entendiéramos.

Y se puso a contar. Con los dedos:

1 dedo. 2 dedos. 3 dedos. 4 dedos. 5 dedos. 6 dedos. 7 dedos... y 8 dedos.

¿Su resumen contable?

- FIVE!-

0,8 o 0,5: tal era el porcentaje de nicotina de los cigarros que me ofrecía. La verdad, a mí eso ya me importortaba poco. La miré de reojo, dije “Ok” y le compré todo el paquete de cigarrillos que me ofrecía.

Algo distinto había surgido: este era, como habría dicho Bogart en Casablanca, “el inicio de una gran amistad”.

Pagué, me despedí –“Do svidania”- y me fui.

Esta vez SÍ LO HABÍA CONSEGUIDO. ¡MAMBO!

Un chileno escribe sobre la maravillosa experiencia de conocer Moscú y Rusia y trata de hacerlo de manera amena e interesante.

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