Europa y la nueva guerra del gas: entre Siria y Ucrania

Maximiliano Sbarbi Osuna

Una Unión Europea debilitada en su influencia política internacional interpretó un penoso papel en la última Cumbre celebrada en Vilna, Lituania, al intentar avanzar geopolíticamente hacia el este sobre territorio exsoviético.

La actual Europa depende de las decisiones de Washington y está en gran parte limitada por algunos de los obstáculos que le imponen Rusia y China en la agenda internacional.

Esta UE, con una gran crisis económica y social, fracasó en su tentativa por recuperar su influencia en el este del continente, al disputarle al creciente león ruso su joya más preciada: Ucrania.

Todo estaba dispuesto para que Kiev abandonara los siglos de dominio geopolítico ruso y se lanzara hacia un acuerdo comercial y una futura adhesión en la unión occidental.

Pero a último momento el presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich, decidió no suscribir el pacto en la cumbre de la UE en Vilna, dejando a los líderes europeos sorprendidos ya que un mes atrás había manifestado su intención de asociarse.
Así, Ucrania sigue el camino de Armenia, que ya había rechazado el acuerdo para continuar perteneciendo a la esfera de influencia rusa.

Sin embargo Europa, se anotó dos cartas ganadoras menores al lograr firmar un preacuerdo de asociación que implica convergencia política y libre comercio con Georgia y Moldavia.

De esta manera, en los últimos dos meses Moscú ganó importantes pulseadas políticas: una detener el ataque de la OTAN a Siria y la segunda conservar a Ucrania de su lado y, de esta manera, doblegar a Europa y a los ex estados soviéticos bajo la amenaza de un incremento de precios en el suministro de gas, con el que Rusia cuenta en grandes cantidades.

Diez años después de las Revoluciones de Colores

En noviembre de 2003 comenzaron las Revoluciones de terciopelo o de Colores en Georgia y Ucrania, al cambiar los gobiernos pro rusos de estos dos países por presidentes pro europeos.

Aprovechando el contexto electoral, miles de manifestantes denunciaron fraudes, que en realidad nunca fueron comprobados, obligando a una Rusia aun débil por el cisma de la desintegración soviética a aceptar las condiciones de perder su influencia en el este europeo y en parte del Cáucaso.

Un escenario similar sucedió un año después en Ucrania. Investigaciones posteriores determinaron que ONG occidentales se habían infiltrado en ambos países para imitar el escenario de Serbia en 2000, donde activistas políticos del movimiento Pora, financiados por la USAID de George Soros, difundían propaganda contraria a los gobiernos pro rusos de Georgia y Ucrania.

De esta manera Europa logró consolidar el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan, que provee petróleo del Mar Caspio hacia las industrias europeas, y sentó las bases para construir un gasoducto –Nabucco– que transporta el gas desde Irán e Irak hacia territorio europeo, saltándose a Rusia y evitando así el monopolio del gas impuesto por Moscú.

Pero el plan falló. Rusia utilizó sus recursos para encarecer el gas a los países intermediarios que no estuvieran dentro de su influencia. Por eso, castigó a Ucrania, Georgia, Moldavia y Azerbaiyán, y reforzó su alianza con China, Uzbekistán y Kazajistán mediante el Grupo de Shanghái, que compite militarmente con la OTAN en Asia Central.

Además, pactó con Bruselas el tendido de dos gasoductos: el Nordstream y el Southstream, que saltean a Bielorrusia, Ucrania y Polonia y desembocan directamente en Alemania e Italia, respectivamente. Por todo esto, el proyecto Nabucco murió sin haber nacido.

Un nuevo escenario
 
Ucrania rechazó suscribir este nuevo acuerdo con Europa por varias razones. Entre las principales se encuentran la desigual competencia con algunos países europeos en la producción agrícola, las posibles represalias energéticas desde Moscú, el elevado costo de adaptación a los estándares y requisitos técnicos europeos, además de una crisis económica profunda que está sufriendo Kiev, por la cual le va a costar invertir para adaptarse a formar parte del club de los Veintisiete.

Yanukóvich pidió en la Cumbre de Vilna 160.000 millones de dólares solo para homologar la legislación ucraniana a la europea, algo que fue rechazado con tono sarcástico por el pseudosocialista presidente francés, François Hollande‎.

La crisis siria, que abrió la oportunidad -para la UE- de cambiar el Gobierno para abaratar el costo del transporte del gas de Irán e Irak hacia Europa (e incluir a Turquía en el negocio) terminó saliéndole cara a los países que la apoyaron.

Francia y Gran Bretaña principalmente apostaron por un escenario pos Al Assad y así irrumpir en Siria con sus empresas de hidrocarburos en mejores condiciones para las compañías y para Europa.

Como esto no sucedió, la UE intentó de nuevo reflotar el viejo proyecto de anexión del este del continente, lográndolo en parte con Moldavia y Georgia, pero fracasando con Armenia y la perla ucraniana.
 
Sin embargo, Rusia tira de la cuerda hasta cierto punto, ya que casi la mitad de sus exportaciones está dirigida hacia la UE, y no es prudente para Moscú ahogar económicamente a Europa.

A pesar de las condiciones rusas, a Kiev le conviene formar parte de la futura Unión aduanera con Moscú, Bielorrusia y Kazajistán antes que acercarse a Europa. Pero, el país está dividido en dos partes entre la población de lengua rusa, que vive en el este y el sur, y la que habla ucraniano, que habita en el oeste.

Así como en Moldavia manifestantes salieron a la calle para protestar contra el acuerdo firmado con la UE, en Ucrania sucede al revés y cientos de miles de personas tomaron la plaza principal de Kiev para repudiar el rechazo de Yanukóvich al pacto con Europa. Son horas difíciles, pero por ahora Europa volvió a fracasar en su intento de anexar geopolíticamente a uno de los países de mayor importancia para Moscú.

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