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Amistad, desconfianza, rupturas, acuerdos (Segunda parte)

Publicado: 28 mar 2011 22:23 GMT

¡Hola! ¿Qué tal?

El Dr. M. Alperóvich continúa su narración histórica. Poco después del golpe de Estado del 19 de mayo de 1822 y de la proclamación de Iturbide como emperador, este último comunicó oficialmente al “dignísimo presidente de Colombia” (el 29 de mayo) su subida al trono. “Pero, ¡cuán lejos estoy —se quejaba hipócritamente—, de considerar un bien lo que impone sobre mis hombros un peso que me abruma! Carezco de la fuerza necesaria para sostener el cetro; lo repugné, y cedí al fin por evitar males a mi Patria, próxima a sucumbir de nuevo… a los horrores de la anarquía”.

No obstante, el Gobierno de Bolívar-Santander no se apresuraba a reconocer oficialmente al nuevo régimen mexicano, y el día de la coronación de Iturbide (el 21 de julio de 1822), el ministro Santa María, pretextando una enfermedad, salió de la capital para no asistir a la solemne ceremonia. Posteriormente, el enviado colombiano participó activamente en la organización del complot de agosto de los republicanos mexicanos contra el Gobierno. El 28 de septiembre el ministro de Relaciones Exteriores de México, José Manuel Herrera, dirigió al Gobierno de Colombia una nota de protesta por conducto de Santa María, quien fue declarado persona non grata y expulsado del país. Esperando el barco, se entretuvo bastante tiempo en Veracruz, donde continuó su actividad hostil al régimen de Iturbide y, en particular, desempeñó un papel importante en la redacción del Plan de Veracruz hecho público en Santa Ana.

El Gobierno colombiano se solidarizaba de hecho con las actividades de Santa María y tácitamente las aprobaba, ya que durante medio año no reaccionó en absoluto ante la demarcha dipolmática mexicana. Por fin, el 25 de marzo de 1823, envió una respuesta brevísima en la que de un modo sumamente formal deploraba lo ocurrido. Así pues, las relaciones diplomáticas entre el imperio de Iturbide y la Gran Colombia, encabezada por Bolívar, quedaron prácticamente interrumpidas.

La monarquía mexicana tampoco logró establecer firmes contactos con otros Estados sudamericanos. Cierto es que a finales de 1822 llegó a México el ministro peruano José de Morales, quien el 23 de enero de 1823 presentó al emperador sus cartas credenciales después de que el Gobierno de Iturbide reconociera oficialmente la independencia del Perú. Pero, mientras Morales se dirigía a México, en Perú se produjo un cambio de Gobierno a consecuencia de la renuncia de San Martín. A principios de marzo de 1823, el ministro peruano recibió una comunicación en la que se le hacía saber que sus poderes habían sido revocados, razón por la cual abandonó la capital mexicana.

Solo después de la caída del Imperio de Iturbide resultó el acercamiento entre México y algunas repúblicas sudamericanas. A este acercamiento contribuyeron tanto el derrocamiento de la monarquía en México como la ruptura de negociaciones con España que sostuvo Guadalupe Victoria —eminente miembro del Triunvirato gobernante (junio–septiembre de 1823)— en Jalapa. El 3 de octubre, el ministro mexicano de Relaciones Exteriores, Lucas Alamán, y el ministro colombiano Santa María (quién con todos los honores había vuelto a su puesto) firmaron en la ciudad de México un tratado de amistad, alianza y confederación entre México y la Gran Colombia, dirigido contra la antigua metrópoli, y el 31 de diciembre concertaron un convenio comercial. El 27 de octubre de 1823 y con motivo de la caída de Iturbide llegó de la capital peruana una felicitación de Bolívar que hacía ya largo tiempo había sido investido del poder supremo en Perú. El Libertador apreciaba en alto grado “la restauración de la libertad mexicana, su completa emancipación de la antigua metrópoli”, y aplaudía “el triunfo de las leyes contra los hombres, de la república contra el emperador”.

Poco tiempo después de entrar en sus funciones Guadalupe Victoria, el primer presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el 2 de febrero de 1825 envió a Bolívar un mensaje, en el cual lo felicitaba con motivo de la victoria de Ayacucho donde fue derrotada la última agrupación numerosa de tropas españolas en el continente americano. Dentro de medio año se llegó a un acuerdo con Gran Colombia para que ésta proporcionara ayuda militar en la liquidación del último foco de resistencia de los colonizadores en la América del Norte: el castillo insular de San Juan de Ulúa. El 19 de agosto, Pedro Gual, el ministro colombiano de Relaciones Exteriores, y Anastasio Torrens, encargado de negocios de México, firmaron en Bogotá el convenio correspondiente. Pero éste no llegó a entrar en vigor, ya que la guarnición de la fortaleza capituló el 18 de noviembre de ese año.

Como resultado de las negociaciones sostenidas en marzo de 1825 en Londres entre los enviados plenipotenciarios de México y de Brasil se llegó a un acuerdo por el cual ambos países reconocían mutuamente su independencia y se establecían relaciones diplomáticas entre la República Mexicana y el Imperio Brasileño.

Casi al mismo tiempo el Gobierno de Guadalupe Victoria recibió de Bolívar, quien se había pronunciado a favor de la creación de una confederación hispanoamericana, una invitación para tomar parte en un congreso continental, convocado con ese objeto en Panamá. Posteriormente, a mediados de 1826, la delegación de México se reunió allí con los representantes de Colombia, Perú y de la Federación de Centroamérica; sin embargo, como es sabido, el Congreso de Panamá no fue coronado por el éxito.

Con todo eso ya en los años de existencia de la República Mexicana se habían dado algunos pasos importantes para el desarrollo de relaciones diplomáticas con sus vecinos sudamericanos.

Hoy día, cuando se refuerzan considerablemente las tendencias hacia la unidad de los países de América Latina, la experiencia histórica de sus relaciones recíprocas después de la proclamación de la Independencia adquiere un significado particular.

Estoy de acuerdo con el eminente historiador de América Latina, el Dr. Moisey Alperóvich. Pero veo que no todos los proyectos de la integración se cumplen. Hay obstáculos serios y uno de éstos es que los Gobiernos actuales de México y de Colombia no logran mucho éxito en la lucha contra la creciente violencia y narcotráfico en sus países.

Y ustedes, ¿qué opinan?

Vladímir Travkin, e-mail: revistala@mtu-net.ru

Periodista, director de la revista rusa «América Latina» cuenta sobre las relaciones ruso-iberoamericanas.

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