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Confesiones de un verdugo que ejecutó a 62 reos en EE.UU. y dejó el trabajo

Publicado: 23 nov 2013 11:28 GMT | Última actualización: 23 nov 2013 11:28 GMT

Jerry Givens, antiguo miembro del equipo de ejecución de un centro penitenciario de Virginia (EE.UU.), se ha convertido en activista contra la pena capital. ¿Qué le hizo tomar esta decisión?

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Jerry Givens trabajó durante 25 años para el Departamento de Correcciones de Virginia. Fue verdugo desde 1982 hasta 1999 y ejecutó a 62 presos condenados a muerte, algunos con una inyección letal y otros en la silla eléctrica. Durante muchos años, ni su propia familia supo de qué trabajaba en realidad. Ahora Jerry lucha para poner fin a la pena capital. Es el autor del libro 'Another Day Is Not Promised' ('No habrá otro día') y es miembro del consejo de Virginia para Alternativas a la Pena de Muerte. 

En una entrevista al diario 'The Guardian', el 'verdugo arrepentido' cuenta qué fue lo que le hizo recapacitar y desvela la realidad de la justicia penal de Estados Unidos. 

  
¿Puede describir cómo eran los días en los que tenía que llevar a cabo una ejecución?

J.G.: 24 horas antes comenzaba lo que llamábamos la 'guardia de la muerte'. Yo debía estar allí a partir de las 21:00 y pasar la noche en la institución por si pasaba algo durante ese tiempo. Hay que informar de todo lo que sucede. Tenemos chicos de seguridad para el 'equipo de la muerte', un grupo especial de personas que mantienen la seguridad de la sala de ejecuciones. Los presos llegan a Greensville, la institución donde está la sala de ejecución, 15 días antes de la fecha de ejecución. Durante esos días tenemos que garantizar la seguridad todo el tiempo.

Revisábamos el equipo regularmente, independiente de si teníamos una ejecución o no. Pero el día de la ejecución o durante esa semana hacíamos todo tipo de pruebas. Nos preparábamos para lo peor. Nos preparábamos para poder enfrentarnos a casos de resistencia. La mayoría [de los condenados] no oponía resistencia, pero a veces la situación se ponía difícil.

El día de la ejecución casi podía decir si el condenado ya había aceptado su destino o no. Algunas personas se resignaban a la situación. Y yo tenía que intentar ver si el preso se encontraba en ese estado y estaba listo o no. Si había tensión en el edificio, se notaba. Entonces el condenado se preparaba para la última comida y para ver a sus seres queridos.
 
La mayor parte del tiempo, durante la ejecución, yo estaba detrás de una cortina con mi equipo. Yo era el único verdugo, pero teníamos un equipo que acompañaba al preso y que lo colocaba en la camilla o en la silla y lo ataban, así como un médico que confirmaba que el corazón había dejado de latir.

  
¿Puede explicar la diferencia entre distintos tipos de ejecuciones que tuvo que llevar a cabo?

J.G.: Cuando empecé, solo se aplicaba la muerte en la silla eléctrica. Una electrocución con descargas de 2.400 a 3.000 voltios. El condenado recibe una descarga de alta tensión durante 45 segundos y una de ciclo bajo durante 45 segundos. El proceso dura dos minutos y medio. Luego se deja que el cuerpo se enfríe durante cinco minutos. A continuación, un médico entra a la sala con un estetoscopio para ver si el corazón sigue latiendo. A mediados de la década de 1990, Virginia decidió sustituir este método por una inyección letal, consistente en siete tubos que se inyectan en el brazo izquierdo. Tres tubos contienen productos químicos y cuatro tubos contienen una solución. Así que administras la primera sustancia química (pentotal sódico), y luego una solución, el segundo producto químico (pancuronio) y luego otra solución, la tercera sustancia química (cloruro de potasio) y luego la última solución. Además, hay que evitar que el personal que retira el cadáver se exponga a los productos tóxicos.

Si tuviera que elegir, escogería la muerte por electrocución. Es como prender y apagar la luz. Es un botón que presionas una vez y luego la máquina empieza a funcionar por sí misma. No puedes ver como la corriente atraviesa un cuerpo. Pero con los productos químicos se necesita más tiempo, porque estás aplicando tres productos químicos distintos. Tienes una aguja en la mano y puedes ver la reacción del cuerpo. Puedes ver como el líquido pasa por el tubo transparente. En este método tu intervención es mayor. Lo sé porque lo he hecho. La muerte por electrocución en algunos aspectos parece más humana.

¿Qué le hizo cambiar de opinión respecto a la pena de muerte?

J.G.: No era algo que me gustara. Nunca me gustó. Cuando acepté el trabajo, no había nadie en el corredor de la muerte en Virginia. Una persona tiene que ser tonta para cometer un delito sabiendo que puede ser condenado a muerte. Es como un suicidio. Nunca pensé que alrededor de 100 personas podrían acabar en el corredor de la muerte. No sabía que iba a ejecutar a 62 personas. Eso no lo sabía, cuando me inscribí.

Incluso cuando tenía ese trabajo, me preguntaba constantemente qué podía hacer para evitar que los jóvenes llegaran hasta allí. Nos visitaban niños de las escuelas. Les permitía que se sentaran en la silla eléctrica y les explicaba que tenían que estudiar y apartarse de la violencia, porque si no terminarían en la silla. Sé que ayudó. Recibía cartas. Me daban las gracias por haberlos ayudado a elegir el camino correcto. Nunca entendí por qué se invierte dinero en la pena de muerte en lugar de gastarlo en impedir que la gente entre en la violencia.

Cuando me enteré de que había algunas personas inocentes en el corredor de la muerte -y nos enteramos pocas horas antes de la ejecución-, entonces me di cuenta de que teníamos que cambiar. Eso pesaría sobre mí el resto de mi vida.

Sinceramente, creo que Dios intervino y dijo que ya era suficiente. Yo estaba citado para comparecer ante un gran jurado. Recuerdo el día porque ese mismo día tenía una ejecución temprano por la mañana el 16 de marzo de 1999. Juzgaban a un amigo mío. Resumiendo, el jurado dijo que yo estaba involucrado en un delito de blanqueo de dinero y perjurio por comprar coches para mi amigo, que obtuvo el dinero de forma ilegal. Al final pasé 57 meses en una prisión federal. Supe entonces que el sistema no funcionaba. Creo que no tuve un juicio justo, así que me di cuenta de que tal vez algunas de las personas que ejecutamos tampoco lo habían tenido.

 ¿Cuál ha sido el mayor error de su vida?   

El error más grave que he cometido fue trabajar de verdugo. La vida es corta. El día solo tiene 24 horas. La muerte se acerca. No hay que matar a nadie.  
  
 

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