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El sádico que todos llevamos dentro

Publicado: 18 ago 2011 18:11 GMT

Hace 40 años la humanidad supo que cualquier persona es sádica en el fondo de su alma y basta solo un leve empujón para que el 'monstruo' salga fuera. En verano de 1971 la Universidad de Stanford llevó a cabo su famoso experimento de la cárcel de esa ciudad.

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Hace 40 años la humanidad supo que cualquier persona es sádica en el fondo de su alma y basta solo un leve empujón para que el 'monstruo' salga fuera. En verano de 1971 la Universidad de Stanford llevó a cabo su famoso experimento de la cárcel de esa ciudad.

Fue el momento de gloria de los psicólogos estadounidenses: lograron probar que bajo unas ciertas condiciones cualquier persona, por buena y tranquila que sea en su vida normal, puede transformarse en un sádico feroz.

Todo lo que luego se convirtió en uno de los estudios psicológicos más crueles y polémicos del siglo XX, empezó de una manera bastante 'ingenua'. La Marina de Guerra de EE. UU. decidió financiar una investigación que verificara cómo son las raíces de los conflictos entre sus efectivos cuando están en servicio. Otro objetivo era encontrar explicación para los problemas entre los reclusos de su sistema de prisiones.

El grupo de científicos presididos por Philip Zimbardo se basaba en la hipótesis de que los guardias de prisiones y los convictos se autoseleccionaban a partir de una cierta disposición. Para averiguar esta disposición, reclutaron a los voluntarios a través de un anuncio publicado en un periódico local.

De las 70 personas que respondieron aspirando a obtener un sobresueldo durante sus vacaciones (los psicólogos se comprometieron pagar 15 dólares diarios a todos los participantes, lo que equivale a unos 76 dólares en precios de 2006), fueron seleccionados 24, los más saludables y estables psicológicamente. Todos eran estudiantes universitarios de clase media.

El grupo fue dividido aleatoriamente en dos grupos, 'prisioneros' y 'guardias', y metidos en un sótano de la Universidad que imitaba una cárcel. Zimbardo fue designado como 'superintendente'. Todos recibieron un uniforme real: los guardias, porras, silbatos y gafas de espejo (para evitar el contacto visual), mientras que a los presos les dieron batas de rayas, chanclas de goma y cadenas en los tobillos. También imitaban un régimen carcelario real: los guardias trabajaban en turnos y volvían a casa durante sus horas libres.

Solo el primer día del experimento fue 'aburrido'. A partir del segundo, todos los participantes se olvidaron de que se trataba de una realidad ficticia. Los guardias empezaron a humillar a los reclusos, desnudarles, poner bolsas en sus cabezas y obligarles a hacer ejercicios físicos muy duros. A los que trataban de resistirse no les permitían dormir. Incluso se quedaban horas extra en la 'cárcel' que no cobraban para llevar a cabo los castigos.

Varios presos tuvieron ataques de nervios, algunos se declararon en huelga de hambre. Uno de los guardias, Dave Eshleman, comenta: "Yo siempre esperé a que llegara un punto en el que me dijeran 'basta ya, es solo un experimento', pero me parece que esto jamás sucedió".

Estaba planeado que el experimento durara dos semanas, pero se descontroló muy rápidamente y los psicólogos tuvieron que ponerle fin mucho antes, a los seis días. Zimbardo admite que a esto contribuyó mucho su novia Christina Maslach, también psicóloga, que fue a la 'cárcel' para hacer una entrevista. Sufrió tal 'shock' al ver lo que estaba pasando allí que su reacción 'sosegó' a los investigadores.

Eshleman admite que durante el experimento supo muchas cosas nuevas sobre sí mismo: "Me di cuenta de que en una cierta situación soy capaz de algunas cosas que luego recordaba con vergüenza". Philip Zimbardo, por su parte, comenta: "El experimento probó que en la mayoría de nosotros es posible provocar una conducta que no tenga nada que ver con la idea que tenemos sobre nosotros mismos".

A día de hoy el experimento sigue provocando una ardiente polémica. Aparte de la falta de ética, muchos psicólogos recriminan al experimento que no era 'puro'. Argumentan que los participantes no revelaron sus personalidades reales, sino que modelaron su conducta de acuerdo a estereotipos que ya tenían sobre prisioneros y guardias, y simplemente realizaban un juego de rol.

Sea como fuere, parece que los ejemplos más actuales, como el 'show' televisivo francés llamado 'El juego de la muerte', confirman la teoría de Zimbardo y sus colegas.

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