En la ciudad rusa de San Petersburgo y la provincia de Leningrado, la noche se abrió en columnas de luz. Entre las dos y las tres de la madrugada, en el cielo aparecieron pilares brillantes, un tipo de halo que nace del frío extremo. Cuando el termómetro cae por debajo de –10 o –15 °C, diminutos cristales de hielo, planos como escamas, quedan suspendidos y reflejan la luz de la ciudad.