Opinión

Coronavirus, nuestras sociedades frente al espejo

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Vivimos días extraños. Lo que sucede, más que delante de nuestros ojos de nuestras pantallas, parece que es más que descubrimiento, memoria. Un recuerdo del pasado que nos anticipa la cúspide de la ola del presente lleno de palabras como virus, contagio o incubación, lleno de imágenes de soldados con trajes presurizados que controlan las autopistas, aeropuertos que observan a sus pasajeros con cámaras térmicas y declaraciones de mandatarios, aparentando una frágil tranquilidad, delante de un ejército de reporteros y cámaras. Desde que el 30 de diciembre de 2019, el Comité de Salud Municipal de Wuhan, China, emitió un aviso urgente por tratamiento de neumonía de causa desconocida, estas imágenes, estos miedos, se han hecho de nuevo presentes en nuestra cotidianeidad.

Y hablamos de memoria, de recuerdo, de evocación, no tanto porque el nuevo coronavirus 2019-nCoV nos retrotraiga a epidemias como las del SARS, la gripe A o el ébola, sino porque la ficción ya se ha encargado de anticiparnos lo que podría ser un contagio global de proporciones catastróficas. Desde uno de los primeros éxitos comerciales del novelista Michael Crichton con La amenaza de andrómeda a finales de los sesentahasta la película Contagio de Steven Soderbergh en 2011, nos hemos enfrentado a decenas de narraciones que tenían como elemento protagónico la aparición de una plaga mortal e incontrolable. No es tanto el miedo a la muerte en sí misma el conflicto que movía a estas historias, sino la aterradora certeza de que un ser querido se transforme en una amenaza y la mórbida fascinación por la quiebra civilizatoria. Tememos a los infectados de Guerra Mundial Z, pero no podemos alejar los ojos de la pantalla porque nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, es decir, de una vida bajo unas normas que no entendemos pero que intuimos altamente perniciosas y arbitrarias.

Daniel Bernabé, escritor y periodista
Daniel Bernabé, escritor y periodista
Hablamos de memoria no tanto porque el nuevo coronavirus 2019-nCoV nos retrotraiga a epidemias como las del SARS, sino porque la ficción ya se ha encargado de anticiparnos lo que podría ser un contagio global de proporciones catastróficas

Ficcionar es la forma que una sociedad tiene para poner en tensión sus esperanzas y miedos, para prepararse emocionalmente ante la contingencia. Una situación tan real como la del brote de coronavirus vale también para poner a nuestras sociedades, esos entramados de valores, reglas y sentidos comunes, diferentes pero ya indisolublemente entrelazados a nivel mundial, delante del espejo.

Por ejemplo estamos viendo estos días el enorme valor de eso llamado comunidad internacional. La Organización Mundial de la Salud, organismo dependiente de la ONU, es quien está coordinando todos los esfuerzos para tratar de que el 2019-nCoV no tome la medida de pandemia. Que exista algo llamado OMS no es una simple casualidad, sino que parte de la idea de posguerra de que deben existir instituciones internacionales al margen de los intereses nacionales que velen, de una forma objetiva, por aspectos en este caso tan sustanciales como la salud y por ende nuestra vida. En un momento en que se vuelve a tender al aislacionismo, sobre todo en la esfera anglo-americana, en una suerte de reacción autoinmune a una globalización fomentada precisamente desde este polo de poder, conviene recordar que hay elementos, como los virus, que no entienden de geopolítica.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Daniel Bernabé, escritor y periodista.
A la hora de la verdad es el Estado quien se erige como último responsable de que todo siga funcionando. Bien harían en recordarlo los que cada día se esfuerzan en socavar lo público

Una de las imágenes de estos días ha sido la construcción vertiginosa del hospital de Huoshenshan, en Wuhan, que entró en funcionamiento el martes 4 de febrero tras levantarse en tan sólo diez días. Hay algo, además de la arquitectura y el esfuerzo de los trabajadores de la construcción, que está detrás de la proeza que pretende ayudar a detener a una enfermedad que ha superado los 20.000 infectados y que se ha cobrado casi el medio millar de víctimas, y es el concepto de un Estado fuerte y de unas políticas públicas tan ordenadas como decididas. En tiempos neoliberales en los que la desregulación se adueña de nuestras sociedades con el supuesto objetivo del crecimiento económico, lo que no es más que el enriquecimiento atroz de una minoría, China ha puesto sobre la mesa ambos caminos. De un lado un deficiente control sanitario del sistema alimentario, del otro una enorme capacidad estatal no sólo en la construcción de infraestructuras vitales y la reubicación de profesionales médicos chinos que ya se enfrentaron al SARS y al Ébola en África, sino también en el control de un país que por su tamaño y envergadura poblacional no puede quedar sólo en manos de eso llamado libre mercado. A la hora de la verdad, como en las grandes guerras, es el Estado quien se erige como último responsable de que todo siga funcionando. Bien harían en recordarlo los que cada día se esfuerzan en socavar y minusvalorar lo público.

La ciencia, por otro lado, es nuestro asidero civilizatorio contra algo que provoca terror precisamente por lo inasible, volátil y fantasmagórico de su presencia. Algo que no se ve, no se toca, ni se percibe, pero que mata, es enfrentado desde la idea de la modernidad, esa que planteaba que mediante la ilustración el ser humano podía ser dueño de su propio destino y no estar expuesto a los vaivenes de la incontrolable naturaleza. En tiempos en los que a todos nos preocupa la crisis climática, en tiempos en los que se sitúa al progreso como culpable de nuestros males y vuelve, incluso desde posiciones pretendidamente izquierdistas, ese gusto por el misticismo, convendría recordar que si la esperanza de vida mundial es de 72 años, cifra que sube hasta 83 en el caso del primer país de la lista, España, es gracias a la ciencia, especialmente la médica. Que los errores de la humanidad no tapen sus logros, sobre todo los de un sistema científico que no se comprende desde la colaboración y la estandarización internacional.

Daniel Bernabé, escritor y periodista
Daniel Bernabé, escritor y periodista
Un virus no entiende de cuentas bancarias e iguala, en su brutalidad natural, a cualquier ser humano. Una sociedad en la que sus ciudadanos están desigualmente expuestos a este tipo de amenazas es una sociedad en quiebra

Además esa ciencia médica debe estar expuesta al escrutinio de la democracia, más concretamente de los derechos sociales, una rama que se ataca desde los intereses neoliberales. Los sistemas de salud públicos y universales son una de las condiciones esenciales para enfrentar una amenaza de estas características. Estados Unidos, por ejemplo, cuenta con excelentes hospitales y profesionales médicos, pero su sistema está pobremente capilarizado en su territorio además de sufrir un brutal sesgo de clase, es lo que tiene que sólo se pueda salvar de la enfermedad quien pague por ello. Un virus no entiende de cuentas bancarias e iguala, en su brutalidad natural, a cualquier ser humano. Una sociedad en la que sus ciudadanos están desigualmente expuestos a este tipo de amenazas es una sociedad en quiebra, no sólo moral, sino también materialmente. ¿Entendemos ahora por qué era una locura dejar sin cobertura sanitaria a los inmigrantes, como el Gobierno conservador del Partido Popular hizo en España durante la crisis? La exclusión fue una canallada pero también una temeridad: los virus pasan por encima de los permisos de residencia.

Son estas desigualdades, que se expresan cada vez más dentro del mundo desarrollado, las que preocupan a los expertos cuando las miramos a nivel global. Las consecuencias del coronavirus están siendo, de momento, controladas gracias a los sistemas sanitarios, a la intervención de los Estados con capacidad de organización pero, ¿cuáles serían las consecuencias si este mal se trasladara a zonas del planeta en las que no se dispone de estas capacidades? El sistema económico extractivo, principal responsable de estas desigualdades globales, puede ser también responsable de una pandemia de una magnitud incalculable. Si los movimientos migratorios ya plantean un problema humanitario de primer orden, los causados por la pobreza y las guerras, qué no sucedería con millones de personas huyendo de un escenario de colapso y alta mortalidad. Reducir las desigualdades globales es una cuestión de derechos humanos, pero también de seguridad y estabilidad. Hagamos este planteamiento si el ético parece no despertar ya la atención de la opinión pública.

Nuestra globalidad se expresa también en el concepto del propio transporte aéreo, que se presume esencial para el desarrollo económico, pero que por su propia configuración transporta no sólo personas sino también los virus de una manera fugaz. Atiendan a una breve anécdota: en la isla de la Gomera, perteneciente al Archipiélago de las Canarias, se ha registrado un caso de coronavirus en un turista alemán. Si el virus ha llegado a una pequeña isla, distante del epicentro chino miles de kilómetros, es la prueba de que no hay un lugar en el mundo a salvo de estas amenazas. No es alarmismo, es realismo, uno que nos tiene que hacer ver que si el mundo funciona cada vez más como una red con conexiones aéreas, no podemos permanecer impasibles ante los desajustes sociales que existan por muy distantes que los percibamos. "Nadie es una isla por completo en sí mismo [...] por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti".

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Daniel Bernabé, escritor y periodista.
Se está librando una guerra entre la verdad y la mentira por ver cuál palia antes la ansiedad del público frente al lógico miedo. Es el pago que nuestras sociedades hacen por la pérdida del criterio de autoridad intelectual

Mientras que en la epidemia del SARS en 2002, China formaba parte de la economía internacional como un centro manufacturero de mercancías de bajo precio, casi veinte años después, es uno de los principales fabricantes de componentes tecnológicos para el mercado mundial. El cierre o la bajada de la producción de sus fábricas tendrá un efecto notable en su economía que algunos expertos ya calculan en la caída del PIB, pero también en todo el mundo, ya que General Motors o Toyota han tenido que ralentizar también su producción. El domingo 2 de febrero el Gobierno chino se vio obligado a anunciar la inyección de 150.000 millones de yuanes (casi 22.000 millones de dólares), según estimaciones de Bloomberg, para dotar de liquidez a eso llamado mercados, que no es más que el sistema especulativo de compra-venta de deuda soberana. El Financial Times, con un cierto tono irónico que sin embargo no hacía más que reflejar la realidad que pretendía poner en cuestión, se hizo eco de cómo los inversores en criptomonedas están aprovechando la crisis del coronavirus para situar como valor refugio a estos valores. ¿Mientras que existe un peligro potencial de muerte para miles de personas estas son las prioridades neoliberales? Bien haríamos en tener en cuenta en situaciones extremas como estas que la economía era un producto de la actividad humana y no un dios demente y codicioso que se conjura en contra de nuestra propia especie.

Por último el coronavirus nos ha puesto también delante del espejo de la información. "La epidemia de rumores e informaciones falsas es un fenómeno real con el que hay que lidiar desde el principio. Cuando hay cuestiones que todavía se desconocen, la gente intenta llenar esos vacíos con diferentes tipos de información", declaró Sylvie Briand, una dirigente de la OMS. Desde los bulos de carácter xenófobo contra la comunidad china hasta los que simplemente pretenden alentar el terror, se está librando una guerra entre la verdad y la mentira por ver cuál palia antes la ansiedad del público frente al lógico miedo. Es el pago que nuestras sociedades hacen por la pérdida del criterio de autoridad intelectual, en donde la opinión fundada de un experto en enfermedades infecciosas vale lo mismo que las especulaciones infundadas de un youtuber. En el otro lado a las autoridades chinas se las critica por la opacidad en sus cifras de fallecidos e informaciones respecto al 2019-nCoV, como ha hecho la revista financiera Caijing donde ha registrado casos de fallecidos por neumonía no contabilizados sin embargo como afectados por el coronavirus. La transparencia como víctima en un momento, además, en que China está librando una guerra comercial con EE.UU., país que ha sido acusado por el Gobierno de Pekín de provocar el pánico por sus medidas restrictivas en el ámbito diplomático y de transportes.

El coronavirus 2019-nCoV es una enorme peligro y no será el último de estas características atendiendo a las dos últimas décadas. Pero también es una oportunidad, cuando lo más valioso que tenemos, nuestra vida y la de las personas que queremos se pone en riesgo, de replantearnos lo que significa vivir en sociedad, una ya mundial, de repensar todos nuestros logros pero también nuestras carencias.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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