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Más allá de la crisis migratoria en Ceuta: lo que esconde una de las fronteras más desiguales del mundo

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Los 8.000 migrantes que entraron en España a nado o en pequeñas embarcaciones son el reflejo de una situación dramática al otro lado de la valla.
Más allá de la crisis migratoria en Ceuta: lo que esconde una de las fronteras más desiguales del mundo

La frontera entre España y Marruecos es una de las más desiguales del mundo, superando con creces la diferencia de poder adquisitivo entre estadounidenses y mexicanos. Si el PIB en paridad de poder adquisitivo per cápita de EE.UU. en 2019 multiplicaba por tres el de México, el de España lo hace por más de cinco con respecto a Marruecos (43.443 dólares frente a 7.826). Pero no solo la economía exacerba la desigualdad.

El famoso muro de Donald Trump para detener la migración ha levantado ampollas por todo el mundo, pero en Ceuta y Melilla, las dos ciudades españolas situadas en el norte de Marruecos y que se constituyen en la única frontera de este país con la Unión Europea (UE), hace más de 20 años que levantaron esa muralla.

En 1998 la UE instaló alrededor de estas dos urbes una barrera formada por dos vallas paralelas de alrededor de seis metros de altura vigiladas tanto por cámaras y sensores como por agentes de Policía. Hasta hace menos de un año estaban coronadas por concertinas, una especie de cuchillas que hieren gravemente y mutilan a quienes intentan saltarlas. Tras las constantes denuncias fueron sustituidas por una estructura de barrotes en forma de semicírculos.

Estos obstáculos separan dos mundos. Si entre Marruecos y España las diferencias son abismales en cuanto a poder adquisitivo, derechos y calidad de vida, la comparación se vuelve imposible cuando entra en la ecuación población proveniente de países subsaharianos inmersos en hambrunas cíclicas o que viven conflictos armados interminables.

La entrada masiva en Ceuta

Esta semana se ha producido una noticia que no había tenido precedentes en la historia del flujo migratorio entre los dos países que comparten esta asimétrica frontera. En tan solo 48 horas, casi 8.000 personas, en su mayoría ciudadanos marroquíes, entraron en Ceuta, una ciudad de tan solo 85.000 habitantes y de una extensión que no llega a los 19 kilómetros cuadrados.

La puerta fue abierta por Marruecos al dejar sin vigilancia su lado de la frontera y hacer correr el rumor de que durante dos días el paso estaría franco. Los análisis de la situación han dado con una crisis diplomática entre los países vecinos por la acogida humanitaria del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, por parte de España; el enfado de Marruecos; el problema latente de fondo de la soberanía del Sáhara Occidental; los apoyos que la Monarquía Alauí necesita de EE.UU. y de la UE; o la posición fundamental de Marruecos frente al conflicto palestino-israelí o a nivel estratégico en el continente africano.

Y aunque esa ha sido la oportunidad, la población no escapa de un país por las tensiones diplomáticas, sino porque su vida corre peligro o porque espera tener mejores oportunidades para ellos y sus familias en otro lugar. Además de los 8 millares que cruzaron, muchos otros cientos estaban esperando su turno al otro lado de la valla, y no se sabe cuál habría sido la cifra final si la situación se hubiese mantenido indefinidamente.

Todo ello a pesar de que el lado español de la verja sí estaba vigilado, se había desplegado el Ejército, había que cruzar a nado frías aguas, muchas veces cargando menores e incluso bebés y siendo conscientes de que la acogida podría variar entre una devolución inmediata a Marruecos o el hacinamiento en instalaciones en las que no se sabía si podrían ser atendidos.

14 kilómetros

España y Marruecos están separados apenas por 14 kilómetros de agua, por el Estrecho de Gibraltar. En un día claro desde cualquiera de los dos lados se puede ver el otro continente. Los enclaves costeros de Ceuta y Melilla, al norte de Marruecos, son tan solo un paso intermedio, un escalón para llegar a la península y de allí a otros destinos europeos. España no es el destino final de la mayoría de los migrantes.

En el caso de Melilla, en circunstancias normales tiene una población flotante marroquí de alrededor de 30.000 personas, que entran a la ciudad a trabajar o a comerciar. Antes de la crisis del coronavirus los marroquíes residentes en la provincia limítrofe de Nador tenían permiso para entrar y salir a diario, e igual sucedía a la inversa para los melillenses.

En los pasos fronterizos se llevaba a cabo el comercio informal con porteadores, normalmente mujeres, que por una escasa cantidad de dinero transportaban a pie y sobre sus hombros pesados fardos con mercancía. La pandemia y el cierre de fronteras acabaron con esta economía vital para una gran parte de la población.

La vida en Marruecos

La población de Marruecos se encuentra bajo un régimen que restringe muchos derechos y libertades. En repetidas ocasiones se ha denunciado la intimidación y detención de defensores de los derechos humanos, sobre todo saharauis, por expresar pacíficamente sus opiniones.

Las mujeres sufren a día de hoy una severa discriminación: no se castiga la violación dentro del matrimonio, tienen dificultades para acceder a la tutela de sus hijos o divorciarse, no está permitido el aborto y los casos de violencia doméstica sigue contemplándose, en general, como un asunto privado, entre otras cuestiones.

Las personas LGTBI+ son discriminadas y de hecho las relaciones sexuales consentidas entre dos adultos del mismo sexo están castigadas en el Código Penal marroquí con penas de cárcel, mientas que las autoridades no investigan la incitación a la violencia hacia este colectivo.

En medio de la crisis sanitaria del SARS-CoV-2, el desempleo ha subido un 35 % durante el año pasado, que se une a una recesión económica que se atisba como la peor en cincuenta años y a una sequía que se prolonga por tercer año y lastra una de las locomotoras económicas del país, la agricultura. 

Los subsaharianos

Marruecos se configura, además, como un territorio de paso para otros colectivos de migrantes. Así, en las últimas décadas el país se ha convertido en territorio de partida, circulación, retorno, paso y residencia.

Desde la implementación del Espacio Schengen en la UE se ha impuesto una gestión conjunta de los flujos migratorios que en la práctica ha consistido en una externalización de las fronteras del bloque comunitario. Así, Marruecos recibe dinero europeo para sufragar la subcontratación de los controles migratorios.

Ciudadanos originarios de países del África subsahariana llegan a Marruecos para intentar después cruzar el Mediterráneo. La mayoría de las veces han tenido que pagar a una organización un monto que puede superar el millar de dólares. Una vez en el reino alauí a veces su estancia se alarga durante años antes de encontrar su oportunidad de dar el salto a Europa.

Según el informe 'Les migrants subsahariens au maroc. Enjeux d'une migration de résidence' (Migrantes subsaharianos en Marruecos. Desafíos de una migración de residencia), el 6,1 % permanece más de 8 años, el 21,76 % entre 4 y 8 años y el 21,46 % entre 2 y 4 años, una estancia prolongada derivada de la dificultad de migrar hacia el norte.

La elección de estas personas de abandonar sus hogares se debe principalmente al subdesarrollo de sus países de origen o la huida de un conflicto armado, no dependen, pues, de las políticas migratorias restrictivas.

Diversas ONG han denunciado en numerosas ocasiones la situación en la que sobreviven estos migrantes. Muchos de ellos pasan largos periodos en los alrededores de los enclaves españoles, como en el monte Gurugú, cercano a Melilla, habitando en infraviviendas, cuando no cuevas, y desplazándose a ciudades cercanas, como Nador, para alimentarse de los contenedores de basura en ocasiones.

El control de flujos migratorios comenzó a ser un problema para las autoridades españolas hace tan solo un par de décadas. Antes la frontera física entre España y Marruecos era casi inexistente. Según datos recogidos por algunas ONG, por ejemplo, entre 1990 y 1994 llegaron a Melilla tan solo 300 ciudadanos subsaharianos. Todo cambió con la entrada en vigor del tratado de Schengen en 1995 que establecía la libre circulación entre los países de la Unión Europea.

Nuria López

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