Ante la falta de un orden internacional, los Estados se fortalecen y proyectan poder

Dr. Alberto Hutschenreuter

Los expertos, entre ellos Henry Kissinger, señalan que la configuración final del orden internacional se dará bastante entrado el siglo XXI. Ello significa que tal vez hacia mediados de la centuria los Estados preeminentes alcanzarán patrones o principios de convergencia entre ellos, los que proporcionarán ese gran 'bien público internacional' que es la estabilidad o equilibrio. El gran interrogante es si a esa configuración se llegará tras un reacomodamiento 'manejable' o relativamente turbulento de fuerzas, o si bien, como consecuencia de una creciente descomposición en sus relaciones, los Estados arribarán a ella tras una prueba de fuerza mayor entre ellos.

Los acontecimientos que tienen lugar actualmente en el mundo nos proporcionan tendencias escasas en relación con un 'curso suave' de las relaciones internacionales; por el contrario, de no ocurrir una suerte de acuerdo o pacto interestatal que establezca bases firmes de convergencia, es decir, un nuevo pero robusto pacto internacional, podrían afianzarse las tendencias más desfavorables.

El primer dato concierne a la falta de un régimen internacional. Tras el 'régimen de la globalización' (1991-2001), que asoció el curso internacional a un patrón económico-comercial global al que la gran mayoría de los Estados buscó vincularse 'para crecer y desarrollarse rápidamente', y tras el ciclo de hegemonía estadounidense (2001-2010), que redujo las relaciones internacionales a un patrón de seguridad y cooperación en el combate contra el terrorismo transnacional entre actores preeminentes (en base a intereses, sin duda) y también entre el 'hegémono' y actores menores, las relaciones internacionales carecen de un principio de uniformidad.

En otros términos, no existen conceptos o percepciones equivalentes entre los poderes preeminentes que impliquen un factor de acuerdo o consenso en relación con las cuestiones centrales de las relaciones internacionales.

Frente a esta carencia, los Estados tienden a desarrollar políticas de fortalecimiento de su poder nacional y de afirmación de sus intereses nacionales, situación que puede acabar erosionando el alcance de aquellos múltiples segmentos o acuerdos internacionales a través de los que se intenta 'administrar' u 'ordenar' los diferentes posicionamientos e intereses internacionales.

Un dato en relación con esto último, y que nos proporciona una inquietante aproximación respecto de la tendencia de los Estados a revigorizar su nivel de autoayuda, es lo que está sucediendo en el segmento de la no proliferación, sin duda el espacio más sensible de la seguridad internacional.

Sabemos que hace tiempo el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) ha sido 'perforado' tanto por sus miembros preeminentes y algunos no preeminentes como por aquellos que se encuentran al margen del mismo. Pero no es el desfondamiento de este régimen primario de la seguridad internacional el dato alarmante, sino el hecho de que la cuestión nuclear ha vuelto a centrarse en la agenda internacional como consecuencia de la 'revalorización' que los Estados nucleares y no nucleares están realizando del artefacto como reaseguro de su amparo y capacidad nacional.

Mientras los nucleares (firmantes y no firmantes) invierten importantes sumas en la modernización de sus activos, medida que devalúa el espíritu del tratado respecto de los 'compromisos' de los actores nucleares, algunos no nucleares consideran la necesidad de dotarse del mismo a fin de 'nivelar' situaciones frente al poder de algunos de aquellos, por caso, Japón, Arabia Saudita, Irán, etc., o bien para evitar presiones o intervenciones. Incluso en aquellos países pertenecientes a espacios desnuclearizados, por ejemplo, Brasil, se han levantado autorizadas voces que se refirieron a los 'requerimientos' nucleares (junto con los cibernéticos y espaciales) en materia de defensa nacional.

Las políticas de afirmación nacional también se ven constatadas en las propias concepciones de seguridad nacional, cada vez más dilatadas en relación con el alcance de la defensa de la soberanía e intereses nacionales.

En este sentido, han pasado desapercibidas las fuertes advertencias que ha hecho hace poco tiempo una mandataria de un país de Sudeste asiático respecto de las políticas de afirmación y promoción geopolítica de China en el mar de la China Meridional. Sin ambages, la presidente de Filipinas ha comparado la situación regional con la que existía en Europa antes del primero de setiembre 1939, advirtiendo que es necesario detener firmemente a China antes que este país reclame, como lo hizo Alemania con la región de los Sudetes de la entonces Checoslovaquia, parte de algún país adyacente.

En algunos casos más que en otros, la geografía determina que dicho fenómeno de fortalecimiento y proyección deje a algunos actores más expuestos que otros, pero el hecho es que esas políticas tienen lugar a escala global.

En efecto, es habitual que China e India siempre aparezcan como actores preeminentes cuya vigorización de su instrumento militar, particularmente naval en ambos casos, provoca tensión e inquietud a nivel regional o en el 'vecindario ampliado': en los dos casos, la dimensión marítima-oceánica es un componente vital de la seguridad nacional. Pero dichas políticas tienen lugar en términos globales.

La priorización del factor militar naval puede apreciarse en el 'despliegue dinámico' global de los Estados Unidos, esto es, siguiendo las directrices de la estrategia nacional para la nueva centuria, distanciamiento del 'modo de despliegue estático' en bases militares grandes y fijas, y adopción de un 'patrón de proyección global dinámico', que implica bases transitorias y de pequeña escala.

Para el profesor Lu Rude, emérito de la Academia Dalian de Buques Navales, China, con este cambio "las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, por medio de operaciones regulares y temporales, como por ejemplo ejercicios militares conjuntos y el suministro de asistencia humanitaria, pueden dejar en su lugar un pequeño número de oficiales militares importantes y convertir lugares de importancia estratégica en bases 'semipermanentes', manteniendo así una presencia militar 'de facto' que sostenga firmemente la red militar estratégica global de los Estados Unidos y rodeando estratégicamente distintas áreas marítimas problemáticas y 'enemigos potenciales' por medio de despliegues militares en los 'puntos de embotellamiento' de navegación y nodos estratégicos. De esa manera, [los Estados Unidos] no solo pueden seguir preservando su presencia militar en áreas estratégicas sino que también evitan el 'riesgo político tremendo' de mantener sus bases militares en el extranjero".

En cuanto a la OTAN, la organización político-militar que veinticinco años después de desaparecido el reto para el que fue creada continúa existiendo, mutó su concepción de defensa exclusiva del espacio euroatlántico hacia la defensa y promoción (o acceso) de sus intereses a escala prácticamente global.
Por su parte, cuando Rusia se refiere al amparo de su espacio nacional se está refiriendo a un espacio que va más allá del perímetro nacional, e incluso más allá del espacio conformado por las exrepúblicas soviéticas o 'vecindario sensible', por caso, el espacio del Ártico.

Lo preocupante en casi todos los casos es que el desarrollo de políticas de vigorización del poder nacional, que lógicamente incluye inversiones en alza en el rubro de defensa con planes que alcanzarán la totalidad hacia el 2020, se funda en lógicas 'postpatrióticas', es decir, los actores preeminentes han ido modificando sus concepciones estratégicas desde la tradicional defensa del espacio nacional o patrio hasta la proyección de capacidades a espacios situados distantes de este.

El problema de estas definiciones de seguridad nacional es que, como muy bien advierte Robert Kagan en su libro 'El retorno de la historia y el fin de los sueños', muchas veces dichas esferas de seguridad se 'interseccionan' y se solapan, situación que crea tensiones que pueden arrastrar a los involucrados hacia escenarios de confrontación mayor.

En breve, la falta de un curso internacional en base al consenso y la consulta interestatal está llevando a que los Estados prioricen la única herramienta que les proporciona seguridad: el fortalecimiento de sus capacidades estratégico-militares.
En segundo término, el amparo nacional implica la defensa del espacio nacional pero también la proyección de fuerzas más allá del mismo.

Esta suerte de nuevo militarismo en expansión podría provocar crisis interestatales regionales que, a su vez, podrían agitar el nacionalismo, una conjunción cuyas consecuencias son por demás conocidas.