Opinión

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Dr. Alberto Hutschenreuter

Una mirada desde el poder para analizar el equilibrio global.
El encumbramiento de Donald J. Trump en el seno del Partido Republicano y finalmente su nominación para la compulsa presidencial de noviembre próximo ha causado estupor y preocupación. Su fuerte retórica, particularmente en relación con la inmigración, lo ha colocado en un lugar de líder populista y xenófobo.
No resulta sencillo determinar el propósito central que encierra la publicación de los denominados “Papeles de Panamá”. Seguramente se podrá argumentar que se trata del curso del mundo hacia un orden con cada vez mayor protagonismo e influencia de personas, grupos, instituciones, etc., cuyo accionar poco a poco va sentando las bases de un auspicioso nuevo amanecer en la política internacional.
Con el fin de “modernizar la defensa y disuasión de la OTAN, a principios de febrero de 2016 los ministros de Defensa de los países de la Alianza Atlántica impulsaron una serie de medidas que, básicamente, implican el establecimiento de una presencia reforzada, multinacional y rotativa en la zona este de la OTAN, es decir, en las adyacencias del territorio de Rusia.
Según algunos especialistas, como el exdiplomático Valentin Falin, la guerra fría no terminó, puesto que la causa primaria, el temor casi obsesivo de Occidente a Rusia, se mantiene.
A principios de diciembre, el presidente estadounidense sostuvo que Rusia debería sumarse a la coalición de 65 países que luchaban con el ISIS; aunque, a juzgar entonces por los resultados de las operaciones militares de la coalición y las de Rusia, era más apropiado sostener "que la coalición se sumara a Rusia", como bien afirmó un observador
La llegada al poder de una nueva fuerza política en Argentina ha precipitado múltiples reflexiones en relación con el curso de la política externa que desplegará la nueva Administración. La mayoría de ellas considera que habrá cambios de escala; es decir, reorientaciones de fondo, casi de 180°.
La operación antiterrorista de Rusia en Siria, sacudida por la guerra que desde su inicio en 2011 ha costado la vida a más de 240.000 personas –dato que revela la imposibilidad de las instituciones intergubernamentales para salvaguardar los derechos de los pueblos–, es un hecho que va más allá del combate contra las fuerzas del EI, como también de la asistencia estratégica rusa a un 'Estado cliente' en Oriente Medio.
Resulta paradójico que habiendo sido un escenario donde históricamente la geopolítica fue predominante en su sentido más categórico, es decir, el que combina intereses políticos y espacios geográficos con fines asociados al incremento del poder de los Estados, y donde aquella ha nacido como disciplina de estudio entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, hoy Europa la menosprecie y hasta la excluya en su enfoque y conducción internacional.
El reciente acuerdo alcanzado en Viena entre el Sexteto de potencias e Irán es uno de los pocos hechos favorables que tienen lugar en un contexto interestatal atravesado por múltiples crisis y tensiones. Sobre todo, si consideramos que dicho acuerdo concierne al segmento más sensible de la seguridad entre Estados: el de las armas de exterminio masivo.
Los expertos, entre ellos Henry Kissinger, señalan que la configuración final del orden internacional se dará bastante entrado el siglo XXI.
La crisis en Ucrania relocalizó una cuestión que define geopolíticamente a las potencias preeminentes: la defensa y promoción de sus intereses más allá de sus contornos nacionales.
El curso de las relaciones interestatales actuales es incierto y hasta peligroso. Contrariamente a las múltiples y esperanzadoras hipótesis de hace poco más de veinte años sobre el escenario internacional venidero, hoy las apuestas relativas a un orden en base al denominado 'modelo institucional', la 'aldea global' o los 'bloques comerciales', prácticamente son escasas o inexistentes.