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Rusia en Siria: más allá del Estado Islámico

Publicado: 13 oct 2015 13:16 GMT | Última actualización: 13 oct 2015 13:48 GMT

La operación antiterrorista de Rusia en Siria, sacudida por la guerra que desde su inicio en 2011 ha costado la vida a más de 240.000 personas- dato que revela la imposibilidad de las instituciones intergubernamentales para salvaguardar los derechos de los pueblos-, es un hecho que va más allá del combate contra las fuerzas del EI, como también de la asistencia estratégica rusa a un 'Estado cliente' en Oriente Medio.

Sin duda que el terrorismo transnacional es un reto mayor de alcance local, regional y global. Basta con consultar los documentos relativos a la seguridad nacional de la mayoría de los países para constatar que dicho fenómeno ocupa la primera línea en materia de amenazas.

Ello es así, al punto que tras el 11-S-2001 la cooperación entre Rusia y Estados Unidos, que por entonces mantenían fuertes divergencias respecto de varios temas, alcanzó un significativo nivel, acaso el más alto desde la finalización de la Guerra Fría, siempre que dejemos de lado el período 1992-1994, cuando Rusia consideró (o más apropiadamente creyó) que solamente cooperando sin reservas con aquel país lograría solucionar los problemas domésticos y mantenerse como gran poder a escala internacional.

El Estado Islámico, cuyo origen se relaciona en gran medida con el derrrumbe de las estructuras centrales del Estado iraquí a partir de la intervención (sin autorización de la ONU) estadounidense en 2003, no solo tiene como objetivo remodelar geopolíticamente Oriente Próximo, sino continuar la lucha más allá de este espacio, como así también más allá del espacio occidental.

Tampoco existen dudas respecto de la relación estratégica que existe desde hace décadas entre Moscú y Damasco, relación que trascendió la “capitulación” de la Unión Soviética frente a Occidente en ocasión de la intervención militar (autorizada por la ONU) de la coalición liderada por Estados Unidos tras la invasión de Irak a Kuwait a principios de los años noventa.

En buena medida, la operación de Rusia en Siria, que bien atendiendo el alcance del artículo 51 de la Carta de la ONU (en el que se basó precisamente Francia cuando atacó hace poco blancos del EI en Siria), obedece a una situación que trasciende, y de la que, en buena parte, depende el curso de la política internacional en los próximos años.

En breve, la operación rusa en Siria es un hecho que debe enfocarse desde la perspectiva del curso de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia desde el final de la Guerra Fría, un curso durante el que nunca existió un genuino patrón de cooperación (como por entonces lo creyó Moscú) sino una concepción de poder que Estados Unidos consideró “legítima” de ejercer ante Rusia, el “Estado continuador” de la URSS, por haber ganado la contienda bipolar y, por tanto, mantenerse sin cuestionamiento alguno como único poder internacional o, como la definía el experto Zbigniew Brzezinski, única “superpotencia global extensa”.

Pero Rusia ha construido poder y desde hace tiempo se ha propuesto limitar o equilibrar aquel ejercicio de maximización de poder que Occidente llevó adelante a través de una pluralidad de acciones, siendo sin duda la de mayor escala la ampliación de la OTAN hasta la misma frontera rusa.

En este contexto, no es posible separar la operación rusa en Siria de los acontecimientos de Georgia en agosto de 2008 ni tampoco de lo que viene sucediendo en Ucrania, como así de otras cuestiones en las que se cruzan intereses de ambos actores.

Los casos de Georgia, Ucrania y Siria necesariamente deben ser enfocados en clave de reajustes o técnicas de balanceo geopolítico y estratégico por parte de un actor, Rusia, cuyo propósito es impedir que se continúen ejerciendo políticas de poder con el fin de acotar su influencia y su poder en las relaciones internacionales.

A Rusia no se la critica ni responsabiliza de desestabilizar la seguridad internacional solamente cuando se mantiene inactiva, como sucedió durante 1992-1994, cuando “Rusia no fue Rusia”. Pero cuando Rusia activa poder para defender intereses nacionales, como lo han hecho tradicionalmente todos los poderes preeminentes y lo seguirán haciendo, Rusia se vuelve un problema para la seguridad internacional local, regional e incluso global.

Sin embargo, no ha sido la actividad de Rusia sino la profusa actividad de Occidente la que ha colocado al mundo en estado o curso de crisis. Consideremos la lista de principales cuestiones derivada de dicha actividad: ampliación constante de la OTAN; intervención (sin autorización de la ONU) en Irak; establecimiento político, económico y militar en Irak; desmantelamiento del Estado de Irak; despliegue del escudo antimisiles contra “estados armas” (desestimando la propuesta rusa de cooperación conjunta para dicho fin); intervención en Libia (con autorización de la ONU aunque modificando el propósito de la misma durante la operación militar); asistencia técnica militar a Georgia (previamente a agosto de 2008); constantes maniobras militares de la OTAN en zonas adyacentes al territorio ruso; intento de integrar a Ucrania a la cobertura económica y de seguridad de Occidente...

 Una mirada desde el poder para analizar el equilibrio global.

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