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Rusia reconstruye poder en Medio Oriente y se proyecta hacia el Mediterráneo

Publicado: 18 ene 2016 13:34 GMT

Las situaciones de crisis en zonas del globo con alta condensación geopolítica siempre nos ofrecen la oportunidad de evaluar la 'cota de poder' de los actores preeminentes en el orden interestatal.

La guerra civil en Siria, que desde su comienzo en 2011 ha causado la muerte a más de 250.000 personas, ha sufrido un impacto de inflexión como consecuencia de la operación antiterrorista que Rusia desplegó en ese país (por petición del mandatario sirio) a partir de septiembre de 2015. Ello no implica que la guerra esté próxima a su final, puesto que en Siria existen múltiples actores en pugna que podrían mantener la beligerancia y la fractura nacional casi indefinidamente, aunque la operación fue clave para refrenar la marcha del terrorismo de cuño islamo-salafista frente a las fuerzas armadas sirias.

A principios de diciembre, el presidente estadounidense sostuvo que Rusia debería sumarse a la coalición de 65 países que luchaban con el ISIS; aunque, a juzgar entonces por los resultados de las operaciones militares de la coalición y las de Rusia, era más apropiado sostener 'que la coalición se sumara a Rusia', como bien afirmó un observador.

Pero el dato pertinente en relación con la operación aérea rusa en territorio sirio es que la misma implica una elevación en la 'marca de poder' de Rusia en la región y, por tanto, en el orden interestatal.

El ascenso estratégico de Rusia se inició en 2008, cuando desplegó una operación militar en Georgia. En términos de técnicas de ganancias de poder, es decir, de la sustancia misma de las relaciones internacionales, dicha operación de defensa contraofensiva (para exponerlo en terminología de Rusia) implicó por vez primera que la propia técnica de ganancia de poder de Occidente, esto es, la marcha de la OTAN hacia "el este, noreste y sureste de Europa", se detuviera.

Dicho ascenso siguió cuando volvió a activarse la voluntad 'OTAN-maníaca', en ocasión de la 'preferencia' de Kiev de marchar hacia las estructuras de la Unión Europea; pero la reacción rusa frente a un hecho que podía afectar sensiblemente su interés nacional, que tuvo como episodio mayor la reincorporación de Crimea a Rusia, no dejó dudas sobre la determinación de Moscú a que no se consumara una nueva 'ganancia de poder' por parte de Occidente.

Pero tanto Georgia como Ucrania implican espacios de reserva o pivotes geopolíticos, es decir, por configurar espacios adyacentes a una potencia mayor necesariamente están constreñidas a practicar una diplomacia y defensa basada en la deferencia estratégica, una situación que es prácticamente una 'regularidad' en la política internacional.

La 'intervención por invitación' de Rusia en Siria representó un momento de 'inflexión' estratégica, pues Rusia no solo proyectó capacidades más allá del entorno cercano de su seguridad, sino que lo hizo hacia una región de alta condensación geopolítica donde más evidente y contundente fue la declinación estratégica de la 'última URSS' y donde Rusia prácticamente ninguna influencia tuvo durante los años noventa, más allá de la retórica de reprobación a la política de Occidente en tiempos del canciller y luego primer ministro Yevgueni Primakov.

Entonces, en agosto de 1990, ocurrió un fenómeno trascendente en las relaciones internacionales en general y en las relaciones soviético-occidentales en particular.

La invasión de Irak a Kuwait planteó a Moscú una seria prueba en relación con el 'nuevo pensamiento' en el que se basaba la diplomacia soviética. En efecto, si dicha concepción priorizaba el papel de la ONU y la relevancia de 'valores universales', no quedaba margen para otros posicionamientos, como los que esgrimían aquellos críticos con el nuevo paradigma exterior.

El 3 de agosto la Unión Soviética condenó la invasión de Irak, decisión que implicó una ruptura con el patrón tradicional de la política externa del Kremlin en la región. Por ello, para el entonces secretario de Estado norteamericano, James Baker, ese día terminó la Guerra Fría. En sus propias palabras:

"Irak había sido un Estado cliente soviético modelo. Cinco meses después ese cliente era aplastado por la mayor ofensiva aérea occidental desde la Segunda Guerra Mundial y su patrón era partícipe diplomático de aquello. Ese espectro tenía que ser escalofriante para los otros Estados clientes, que sin duda se preguntarían por la durabilidad y credibilidad de su asociación con Moscú. Durante la guerra del Yon Kippur, en 1973, los soviéticos habían sido parte interpuesta. La perspectiva teórica de un intercambio nuclear entre las dos superpotencias amenazaba con convertir una guerra regional en escalada global. En la Guerra del Golfo ya ni siquiera había una perspectiva teórica de eso […], los soviéticos podían ser vistos pronto como un apéndice de la hegemonía estadounidense en la región".

A partir de entonces, no solo Irak sino en buena medida la región se convirtió en un espacio de interés nacional estadounidense; es decir, se reafirmaba la Doctrina Carter. Tras el 11-S, Estados Unidos retornó a Irak, completando lo que antes (sabiamente) la política había evitado: la ocupación de Irak y el derrocamiento de Sadam Hussein.

En cuanto a Rusia, si bien el enfoque externo se tornó más activo a partir del ascenso de Putin, la región continuó siendo un espacio de interés y despliegue estadounidense. Por otra parte, como bien destaca la experta Yekaterina Stepanova, hasta mediados de la década de 2000, la política de Rusia en Oriente Medio, especialmente sus relaciones con los países del Golfo, estuvo marcada por sus preocupaciones por el extremismo islamista salafista y el terrorismo en el espacio del Cáucaso.

Cuando las 'revueltas de la calle' se extendieron por el norte de África y llegaron a Egipto, Rusia mantuvo la defensa del principio de no injerencia (defendido con insistencia en las Conferencias sobre Seguridad de Múnich). Si bien se abstuvo en la votación de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad que autorizaba la intervención internacional en Libia para salvaguardar los derechos del pueblo libio, la 'reorientación' del mandato onusiano durante las operaciones aéreas de Occidente fue crítico para que Moscú (que defendía el no cambio del régimen) se opusiera a que en Siria se reprodujera ese singular modo de intervención multinacional, más basado en los intereses de los intervinientes que en los derechos de padecientes.

Bien podríamos decir que los acontecimientos ocurridos en el 'espacio próximo' (Georgia) y en el 'espacio no adyacente' (Siria) representaron no solo instancias de una política exterior más firme por parte de Rusia, sino que fueron réplicas a un esquema de orden interestatal basado en la 'geopolítica de uno', que desde el mismo fin de la Guerra Fría había procurado mantener en un segmento de lateralidad y de consulta formal ante crisis de escala. 

Ante la situación crítica en la que se encontraba el régimen de Damasco, esto es, creciente pérdida del control territorial ante el avance de la insurgencia y el terrorismo del ISIS, la intervención por invitación de Rusia no solo implica asistencia a un Estado cliente de Medio Oriente, sino el reposicionamiento de Moscú en un espacio siempre vital.

Pero dicho reposicionamiento no tiene relación centralmente con la plaza naval de Tartus o con los intereses geoeconómicos, como habitualmente se sostiene y que son dos aspectos relevantes, sino con la posibilidad de recuperación que la presencia rusa en Siria, que sin duda saldrá reforzada tras el 'raid' aéreo ruso, implica en relación con los intereses de Rusia en un espacio de proyección de poder predominantemente occidental: el Mediterráneo, un escenario en el que la URSS, siguiendo los preceptos del almirante Serguéi Gorshkov, supo mantener presencia y capacidad disuasiva.

Desde este enfoque predominantemente geopolítico, el conflicto con Ucrania, y específicamente la reincorporación de Crimea a Rusia, donde las autoridades rusas han concentrado más de 2700 navíos en su base naval, guarda relación con la presencia operativa rusa en Siria.

Si bien desde hace tiempo Rusia aspira a proyectar capacidades en dirección del Mediterráneo, fueron los acontecimientos que casi terminan en la intervención en Siria por parte de Occidente en 2013 los que precipitaron acelerar planes. Entonces, Moscú pudo apreciar casi impotente el notable despliegue y rápido incremento militar naval de Occidente frente a las costas de Siria.

En buena medida, Rusia en Siria implica recuperación estratégica. Pero desde un enfoque más amplio y no siempre destacado, también implica reparación estratégica, es decir, contener o equilibrar la política de poder que Occidente nunca dejó de ejercer frente a ella.

En breve, la operación rusa en Siria contrasta con la política de anuencia estratégica practicada en tiempos finales de la URSS y durante los primeros tiempos de la Federación Rusa, política que acaso alcanzó su mayor gesto durante la crisis Irak-Kuwait, hace ya 25 años.

Rusia en Medio Oriente no practica una riesgosa 'diplomacia de instintos' o 'diplomacia refractaria', es decir, una diplomacia que busca recrear glorias soviéticas del pasado, como advierten algunos especialistas para los que pareciera que solo Occidente puede y debe maximizar poder internacional. Rusia en Medio Oriente reconstruye poder, se proyecta en términos geoestratégicos y busca incrementar capacidad de deferencia, es decir, lo que todo actor preeminente del entorno interestatal siempre pretendió y pretenderá para serlo.

Pero dicha reconstrucción implica no solo presencia activa en la 'plaza siria', sino alcanzar, una vez más, proyección sobre ese espacio o 'continente líquido' (como lo denominan en Europa) que es el Mediterráneo. Por ello, es indisociable la operación militar y el afianzamiento ruso en Siria de la reafirmación geopolítica en el mar Negro, el mejoramiento de las bases de Sebastopol y Novorossiisk, el incremento de las capacidades navales (entre las que se incluye, entre otras, el casi indetectable submarino Kranodar, equipado con misiles crucero equivalentes al misil estadounidense Tomahawk), los acuerdos de defensa con Chipre (que permiten a Rusia utilizar instalaciones militares en la isla, según el acuerdo de febrero de 2015), el acercamiento a Egipto, etc. 

 Una mirada desde el poder para analizar el equilibrio global.

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