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Rusia y Ucrania: atrapadas en la geopolítica

Publicado: 12 may 2014 19:24 GMT | Última actualización: 13 may 2014 18:30 GMT
La geopolítica, es decir, la influencia del medio físico en la vida de los Estados o (acaso más apropiadamente) el interés político enfocado sobre un espacio geográfico con fines asociados la mayoría de las veces con el poder de los Estados, es sin duda la disciplina que no solamente más ayuda a comprender la crisis actual que acontece en Ucrania, sino la que permite marcar tendencias en relación a la misma.

Si bien existen autorizados estudios que le asignan a las formaciones estado-regionales, a las micro-regiones e incluso a los espacios virtuales una  creciente importancia en la reconfiguración del mundo en el siglo XXI, la extensión territorial continúa siendo un componente clave de los Estados, pues un espacio de escala es muy probable que concentre múltiples recursos naturales, costas marítimas, profundidad estratégica, etc., activos que favorecen el fortalecimiento del poder nacional.
 
Más allá del debate, podríamos decir que mientras aquellos estudios tienden a reflexionar el mundo que viene desde la geoeconomía sin considerar demasiado posibilidades de fracaso en sus hipótesis (recuérdese, por caso, cuando durante los años ochenta casi nadie ponía en duda la inalterable marcha del mundo hacia la conformación de bloques geoeconómicos), los defensores de lo centralmente territorial tienden a reflexionar el mundo que viene desde la geopolítica estimando siempre que la experiencia puede volver a repetirse.
 
El mundo de hoy ofrece dinámicas geoeconómicas y geopolíticas, y existe una pluralidad de cuestiones en la que ambas están entrelazadas, por ejemplo, los conflictos que tienen lugar en el Mar de la China Meridional. Pero en otros hay primacía de una sobre otra, por ejemplo, en el conflicto intra-estatal e inter-estatal de Ucrania. Más todavía, más allá de los intereses económicos en liza, acaso este conflicto solamente puede ser interpretado y abordado desde la geopolítica.
 
En relación a Rusia, a primera vista se destaca su vastedad territorial sin igual, condición que hace de este actor un singular Estado-continental. Sin embargo, dicha vastedad geográfica ha implicado una fatalidad geopolítica prácticamente insalvable.
 
En su reciente y pertinente trabajo “La venganza de la geografía”, el estadounidense  Robert Kaplan nos recuerda que la inseguridad es el sentimiento ruso por excelencia; y esa inseguridad está relacionada con lo que aparenta ser un activo mayor del poder nacional de Rusia: el territorio.
 
Las concepciones geopolíticas tradicionales consideran que los poderes preeminentes continentales que no cuentan con grandes espacios marítimos u oceánicos como amparo frente a otros poderes desarrollan una fuerte percepción de inseguridad. En este sentido, a diferencia del espacio territorial de Estados Unidos guarecido en la seguridad que siempre le proporcionaron los océanos, el espacio netamente terrestre de Rusia, es decir, sin mares que lo preserve, siempre implicó para este país una debilidad que afectó su condición de inexpugnable derivada de la profundidad territorial.  
 
El almirante Alfred Mahan fue uno de los geopolíticos que como nadie supo advertir esta situación geopolítica rusa que combinaba al mismo tiempo fortaleza y debilidad: en efecto, Rusia era un poderío terrestre sin igual, pero se encontraba rodeado por poderes marítimos: Inglaterra, Japón, Estados Unidos, etc., que no solamente podían contener sus pulsos expansionistas, sino adentrase desde sus vulnerables periferias (como de hecho ocurrió tras la Revolución Soviética, cuando aún no se había desarrollado el penetrante poder aéreo).
 
Desde esta singularidad geopolítica, de “poder ser atacada desde todos lados” según la observación de un geopolítico británico, Rusia históricamente sólo conservó dos opciones: conquistar o ser conquistada, opciones que, siguiendo al célebre experto estadounidense del poder naval, obligaron a los zares a asumir una permanente posición defensiva que no implicaba una actitud estática frente al invasor, sino el despliegue o adelantamiento preventivo a fin de preservar la supervivencia del Estado.
 
En buena medida por ello, el sentimiento de inseguridad de Rusia ha llevado a expertos a concluir que no habría sido tanto la lateralidad del país en relación a los acontecimientos europeos mayores que supusieron una evolución hacia la modernización lo que “retrasó” a Rusia, sino el anclaje a una inalterable condición geopolítica que mantuvo a sus dirigencias en un estado de permanente consagración a la preservación de su totalidad territorial.
 
Tras el desplome de la URSS, que continuó practicando el expansionismo aunque no desde el sentido de inseguridad sino desde la ideología y el poder, la Federación Rusa, ante el anuncio de ampliación de la OTAN, volvió a experimentar el viejo sentimiento de inseguridad. Entonces, el presidente Yeltsin sostuvo que Occidente se proponía aislar, debilitar e incluso fragmentar a Rusia; desde esta percepción, Rusia puso fin a su extraña etapa sentimental en relación a su enfoque frente a Occidente.
 
Posteriormente, la ampliación de la OTAN fue entendida en Moscú como una “Yalta sin Rusia”, y a partir de allí, salvo un período de cooperación en materia de lucha contra el terrorismo transnacional, la relación se fue intensificando en desencuentros y desconfianzas, hasta que en agosto de 2008 una Rusia mucho menos retórica que en los noventa consideró que solamente el recurso militar podía detener lo que habría sido un posicionamiento geopolítico decisivo de actores externos en relación a la seguridad del país en la zona del Cáucaso.
 
Con Ucrania se ha vuelto a activar el patrón ruso de inseguridad, aunque en este caso la situación es más compleja pues un eventual “alejamiento” de Ucrania de Rusia implicaría la consumación más avanzada de lo que en Occidente denominan “cordón sanitarie”, si bien se trataría de una situación que apuntaría eventualmente a ir más allá del cordón de sujeción estratégica. Sin embargo, quizá finalmente se alcance una situación favorable para la estabilidad interestatal; si es así, ello se deberá mayormente al “peso” de la “perimida” geopolítica.
 
Ucrania se encuentra en una situación compleja, pues no solamente tiene una vecindad que exige una delicada diplomacia o capacidad de deferencia, sino que su ubicación puede empujarla a aceptar (a regañadientes) un estatus de neutralidad. En su reparador libro sobre geografía y geopolítica, Kaplan nos aporta un dato relevante en relación a esta posibilidad.
 
Según las reflexiones relativas a las dinámicas geopolíticas terrestres, el espacio eurocentral también padece una fatalidad geopolítica, aunque, a diferencia de la fatalidad que afecta a Rusia, se trata de una fatalidad relacionada con una profunda falla que impacta en el propio sentido de existencia de los países que se extienden a lo largo de aquel espacio.
 
Las concepciones geopolíticas clásicas, particularmente las elaboradas por el británico Halford Mackinder, consideran que Europa Central pertenece a una “zona” o “cinturón de presión” que “atraviesa la Europa marítima, con sus intereses  oceánicos, y el corazón continental euroasiático, con su perspectiva continental”. Por consiguiente, y considerando las predominancias bajo las que quedó sometido ese espacio durante casi todo el siglo XX y antes también, los geopolíticos concluyen que “no hay sitio para Europa Central desde el punto de vista estratégico”; es decir, los actores allí establecidos afrontan realidades derivadas de pugnas entre poderes mayores, o bien de predominancia de alguno de estos poderes.
 
Desde esta lógica centralmente geopolítica, es posible que la situación de conflicto actual se oriente hacia un escenario que preserve lo que resta de la integridad territorial de Ucrania, pues otra dirección decidida por las partes preeminentes involucradas, por caso, integración del país a la cobertura militar euroatlántica o intervención militar de Rusia, implicaría elevar la tensión y las consecuencias serían imprevisibles.
 
Una salida “suave” de la crisis actual preservaría no solamente la integridad del país de Europa Central, sino que lo mantendría dentro de márgenes tolerables de soberanía en el contexto de un espacio con las características destacadas. Asimismo, un acuerdo de este tipo no excluiría la posibilidad de que el país mantenga lazos geoeconómicos con una y otra parte, algo que inexplicablemente fue visto como una peligrosa irresponsabilidad de Kiev.
 
La ex primera ministra de Ucrania, Yuliya Tymoshenko, se ha referido hace poco a “la tentación de Yalta”, es decir, al trabajo de convencimiento de Putin sobre las dirigencias de Estados Unidos y la Unión Europea (como habría hecho Stalin con Roosevelt y Churchill durante la célebre conferencia a fin se aceptaran sus demandas) para federalizar Ucrania con el fin de crear más tarde “decenas de Crimeas” que Rusia podría devorar fácilmente.
 
Es muy atendible la advertencia de la ex mandataria, pero ella se basa en considerar a Rusia desde una perspectiva soviética y no ruso-clásica, que es aquella relativa a la singularidad geopolítica en la que se encuentra atrapada Rusia. Asimismo, dicha advertencia implica desestimar o ignorar la realidad geopolítica eurocentral señalada y en la que plenamente se inserta y también se encuentra atrapada Ucrania.
 
En breve, aunque para algunos la geopolítica es un vocablo perimido, cuando no superado, la crisis de Ucrania no solamente se explica desde la “disciplina maldita”, sino que posiblemente el camino de salida de la misma pasa por respetar su inmutabilidad y su influjo.
 
Ello también debería ser asumido por Occidente, cuya traza geopolítica seguida desde el final de la Guerra Fría frente a Rusia no es ajena al momento de entender las causas de dicha crisis. 

 

 Una mirada desde el poder para analizar el equilibrio global.

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