Opinión

Corrupción, inmovilismo y recetas neoliberales: qué hay detrás de las protestas en Líbano

Publicado:

Desde lo alto del "huevo", un proyecto de cine que nunca se llegó a construir por la guerra, se observan la Mezquita al-Amin junto a la Catedral de San Jorge, la Plaza de los Mártires y, entre grupos de personas de todas las edades ondeando banderas, tiendas de campaña y escenarios, un puño gigante con la palabra 'thawra' (revolución) escrita. Es el centro de Beirut, que durante prácticamente un mes lleva concentrando a diario a miles de personas que piden soluciones para un país económicamente arruinado y políticamente obsoleto dirigido por mandatarios tan acostumbrados a la corrupción como a beber o a dormir.

A mediados de octubre la población de Líbano, principalmente en Beirut y Trípoli, decidió salir a protestar contra las políticas del gobierno en lo que ahora se conoce como 'La Revolución'. El punto de inflexión fue un intento de impuesto de seis dólares mensuales que el gobierno libanés quería aplicar al WhatsApp. El WhatsApp, sin embargo, no fue más que la gota que colmaba el vaso para una sociedad hastiada, cansada de tener que pagar la deuda de los mismos bancos que se enriquecen año tras año y unos políticos que desvían tanto dinero hacia sus bolsillos que el estado es incapaz de cubrir gastos tan básicos como pagar el Ejército; siendo un país que comparte frontera con Siria e Israel. Para hacernos una idea de la magnitud del problema, el anterior primer ministro, Fouad Siniora, está siendo investigado por la malversación de 11.000 millones de dólares en los tres años que ocupó el cargo.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Por mucho que los belicistas quieran abrir un nuevo frente contra Rusia e Irán, lo cierto es que las protestas no son contra Hezbollah como dicen, sino contra un sistema que apenas ha evolucionado desde 1943 y la usura de los banqueros.

Se ha hablado mucho de las protestas, pero es flagrante ver que la mayoría de lo que llega a la audiencia europea y americana son mentiras, medias verdades o en los casos más infames –como el de David Ignatius en el Washington Post–, auténticas peticiones al Gobierno de Estados Unidos de intervenir un estado soberano como lo es Líbano. Por mucho que los belicistas quieran abrir un nuevo frente contra Rusia e Irán, lo cierto es que las protestas no son contra Hezbollah como dicen, sino contra un sistema que apenas ha evolucionado desde 1943 y la usura de los banqueros. No resulta casual que el principal objetivo de los manifestantes hayan sido y sean los bancos; hasta el punto que han tenido que convocar huelga para cerrar sus sucursales.

A la hora de hablar de la 'la revolución' es importante entender primero la política del país, el contexto en el que se desarrolla y cómo se está llevando a cabo. Y es que lejos de la retórica del 'pueblo contra la dictadura', de la violencia que ciertos instigadores quieren imaginarse, la revolución es una fiesta. Cada anochecer miles de personas se congregan para cantar sus consignas, bailar la música y escuchar discursos en un entorno en el que los activistas expresan a través del arte su descontento. Y sabiendo esto, es lógico que al lector le cueste entender cómo a algo así se le puede llamar revolución; pero es que resulta muy valiente salir a la calle a pedir cambios en un país en el que los partidos cuentan con sus propias milicias, armamento, experiencia en la guerra y donde terceros países están como hienas al acecho, intentando interferir para proteger sus intereses. Cabe destacar que antes de que comenzasen las primeras protestas, el embajador ruso en Líbano llegó a adelantar que EE.UU. estaba intentando preparar la desestabilización del país.

Líbano es un país complicado en el que todavía se vota por religión, donde impera más la afiliación que el programa a la hora de depositar la papeleta, en el que las fuerzas paramilitares de algunos partidos son incluso más fuertes que la Policía o el Ejército. Líbano es también uno de los países más endeudados del mundo, a lo que se le suma el handicap de al no tener industria, depender demasiado del dólar para las importaciones y los capitales que introduce la diáspora libanesa. Y el dólar es clave en el origen de la insurrección, porque como comenta la gente por la calle, "no hay dólares", por lo que tampoco hay bienes. Tampoco hay un interés de la clase política por solucionar los problemas. Desde el final de la guerra hace casi treinta años nadie ha industrializado el país, ni siquiera tras la 'revolución de los cedros' que prometía cambios que nunca se dieron. Y frente a la presión económica que ejerce EE.UU., solo Hezbollah y sus aliados más afines han planteado la posibilidad de acercarse a China para evitar el colapso económico que amenaza el país.

Décadas de corrupción rampante

Aoun, Gemayel, Geagea, Hariri… los libaneses están cansados de escuchar los mismos nombres de las mismas personas que han impedido el desarrollo del país. Son los mismos mandatarios que siguen permitiendo que todos los días haya cortes de luz, aun cuando es un problema que ya se ha solucionado en Damasco estando Siria en guerra. Son los mismos apellidos de quienes decidieron aplicar para Líbano las recetas neoliberales más salvajes privatizando o destruyendo absolutamente todo el sector público y endeudando el país con su propia banca privada. Son las mismas familias que bajaban los impuestos a los ricos mientras asfixiaban a los pobres que no pueden llegar a final de mes. Por eso y a pesar de las mentiras de quienes quieren instigar nuevos conflictos desde sus suntuosos apartamentos, las consignas no son contra Hezbollah, sino contra la clase política, contra la corrupción y contra el modelo económico.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Entre la revolución y el oficialismo, entre la esperanza y el miedo, Líbano atraviesa un momento histórico. Ya nada volverá a ser como antes de octubre, pero la línea que separa el éxito del fracaso es muy fina, y una sola bala podría cambiarlo todo.

Cualquiera que decida darse un paseo por las protestas podrá encontrar símbolos y lemas que apelan al socialismo –cuando no al comunismo y el anarquismo–, dibujos contra la usura y el rechazo a que sean los obreros libaneses quienes paguen la deuda de los bancos. Se pueden escuchar cánticos incluso contra el imperialismo, la injerencia externa –los principales grupos sociales han decidido no reunirse con el enviado especial de Francia a Oriente Medio para tratar la crisis–, Israel y los mismos mandatarios que han intentado instrumentalizar las protestas –como Geagea de Fuerzas Libanesas (aliados de la falange libanesa)– por su cercanía con el sionismo y por ser parte del problema.

Pero entre el júbilo y la esperanza por arreglar el país, también hay incertidumbre y miedo. Hay incertidumbre porque nadie sabe cuánto puede aguantar la economía libanesa en esta situación sin colapsar. Hay miedo porque quienes están intentando instrumentalizar las protestas para disolver el gobierno e implantar uno diseñado a su gusto, son también los más peligrosos: Saad Hariri (el pusilánime al que desde Washington manejan a su antojo), Walid Jumblat (el títere de Arabia Saudí) y Samir Geagea (el hombre de Israel). Basta un mal movimiento de cualquiera de los partidos libaneses –y los hay muy 'camorristas' como Amal– que en un momento de tanta tensión, podría dar pie a una espiral de violencia como la que provocó la primera guerra civil de Líbano y el conflicto de 2008.

Entre la revolución y el oficialismo, entre la esperanza y el miedo, Líbano atraviesa un momento histórico. Ya nada volverá a ser como antes de octubre, pero la línea que separa el éxito del fracaso es muy fina, y una sola bala podría cambiarlo todo.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

RT