Opinión
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Alberto Rodríguez García

Periodista y fundador 14 Milímetros. Especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo, analiza desde un punto de vista crítico los conflictos que están re-inventando las Relaciones Internacionales en un momento en el que las 'fake news' saturan el panorama informativo. @AlRodriguezGar
Tanto Biden como todos los últimos presidentes de EE.UU., sus gabinetes y su élite, han demostrado que prefieren invertir el dinero en matar a miles de kilómetros de casa antes que en mejorar la calidad de vida de sus propios ciudadanos.
El cambio de política adoptado por el gabinete Biden no responde a un repentino intento de redimir 'los pecados' de los Estados Unidos, ni a una política realmente de arrepentimiento por la crisis humanitaria que han provocado en el país (empezando por Obama). No. Es puro pragmatismo, pero es un pragmatismo que libera presión sobre los civiles yemeníes.
Diez años después, el levantamiento solo es el recuerdo de una revolución ignorada, silenciada, suprimida.
Todo el debate se centró en Lavrov hablándole a Borrell de Cataluña; mientras se ignoraba lo que realmente estaba diciendo: "No os metáis en los asuntos rusos y no nos meteremos en los vuestros".
El país va a la deriva, cada vez más cerca del borde del precipicio, y a estas alturas es difícil ver una solución. Cualquier reforma no llega, y ni siquiera hay un gobierno ahora mismo. El debate es entre la pandemia y el hambre, entre la casa y la calle, entre arriesgarse a un virus y la certeza de no tener comida que poner sobre la mesa. El debate es entre lo malo y lo peor.
Es triste, pero también miserable, igualar un Estado ejerciendo el monopolio del poder en su territorio con una invasión salvaje que destruya la vida de sus nativos. Pero sobre todo es mezquino hacer esta trivialización del dolor de la víctima cuando tu país es el verdugo y tú quien justifica los crímenes.
Y es que el objetivo ya no es derrocar a Bashar al-Assad, porque saben que esa es una batalla perdida; el objetivo es hacer de Siria un país tan ingobernable como la Libia post-Gadafi o el Irak post-Saddam. A una década del inicio de una de las guerras más infames que ha visto este siglo, el objetivo ya no es derrocar al Gobierno sirio, sino la destrucción del mismo Estado.
El Sáhara occidental es la vergüenza enquistada. La vergüenza de quienes toleran que, a apenas unos kilómetros de España, todavía exista una colonia esperando algo tan sencillo como votar un referéndum propuesto por la ONU para avanzar hacia la oficialidad de su descolonización.
La democracia más consolidada del mundo ha demostrado ser un completo fiasco. Un lugar en el que la democracia funciona a tiempo parcial, de manera irrisoria y deleitando al mundo con escenas de república bananera.
Biden habla de querer recuperar el liderazgo en una región en la que cada día son más irrelevantes y dejan espacio a terceros, cuartos y hasta quintos países con algo que decir.
Al parecer ofendió más la tinta que la sangre. O tal vez es más fácil odiar las políticas de un país lejano para reconfortarse en las miserias propias.
Siendo un país pequeño con poco más de nueve millones y medio de habitantes, han aprendido a proyectar su poder hasta convertirse en uno de los principales actores de la región.