Opinión

El mundo quiere que Haftar y Sarraj se sienten a dialogar, pero estos solo apuestan por la vía militar

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El lunes 13 Rusia invitó a las partes beligerantes de Libia para negociar una paz que desescalase la tensión en el país cuya desestabilización ha sido clave en la crisis migratoria que afecta a Europa y el auge del yihadismo en el Sahel. La nueva ola de violencia, desatada desde que el 4 de abril de 2019 Khalifa Haftar diese al LNA (Ejército Nacional Libio) la orden de recuperar Trípoli del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) de Sarraj, se ha visto agravada por la intervención directa de terceros países que utilizan a los libios como simples peones para satisfacer sus ambiciones.

Desde el infame asesinato de Muamar Gadafi, Libia se ha convertido en un país tan impredecible como sus señores de la guerra, destacando a Khalifa Haftar, que habiendo sido leal a Gadafi pasó a colaborar con la CIA, ser clave en el derrocamiento del líder libio y ahora avanza a Trípoli enarbolando junto a la nueva bandera libia la anterior verde. Fruto de esa impredecibilidad, nada sale como se planea, y lo que parecía un encuentro esperanzador quedó en nada, porque no se firmó absolutamente nada en Moscú. Como Rusia, Italia también había intentado arreglar un encuentro la semana anterior entre Khalifa Haftar y Fayez al-Sarraj que cancelaron en el último momento. Y así las nuevas esperanzas están puestas únicamente en los diálogos del domingo en Berlín.

Pero la segunda guerra civil de Libia es algo más que un conflicto entre dos gobiernos; la contienda se ha convertido en un conflicto de escala internacional. Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Francia se han posicionado de lado del hombre fuerte (y el único ahora mismo con capacidad de pacificar Libia), Khalifa Haftar, apoyando directamente al Ejército Nacional Libio. Rusia por su parte se mantiene tibia en el asunto, aunque ha provisto de armamento al gobierno rebelde de Tobruk (LNA) y se sabe que a finales de 2019 llegaron contratistas privados de Wagner para apoyar a Haftar. Al Gobierno del Acuerdo Nacional liderado por Sarraj le apoyan principalmente Qatar, Italia y Turquía. Los turcos se han involucrado especialmente en el apoyo al GNA con apoyo aéreo, enviando 2.000 rebeldes sirios para apoyar al gobierno islamista y amenazando con desplegar a su ejército en Trípoli con el apoyo del Parlamento. Sarraj también cuenta con un importante apoyo con más de 3.000 mercenarios sudaneses entre sus filas. EE.UU., a pesar de haber jugado un papel fundamental en la guerra de 2011 contra Gadafi, esta vez se mantiene al margen en beneficio de los intereses rusos y turcos.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Que Europa y EE.UU. decidiesen destruir Libia sin un plan de futuro ha dejado a Libia sin futuro. Los objetivos en Libia nunca estuvieron claros, y nadie pensó en el caos que generaría derrocar a un líder que, con sus luces y sombras, supo mantener la estabilidad en el país

Así pues, la segunda guerra de Libia en el plano nacional enfrenta a dos gobiernos que no se reconocen, pero en el internacional es una pugna de muchos y diversos intereses.

Por un lado está la disputa entre Turquía y Egipto por los Hermanos Musulmanes, y es que el gobierno turco y el del GNA están fuertemente ligados a la hermandad mientras que Egipto le tiene declarada la guerra desde que Abdelfatah al-Sisi derrocase a Mohamed Morsi (de los Hermanos Musulmanes), en un golpe apoyado por el ejército y una mayoría de la población. En esta disputa también participa Arabia Saudí, enemigo declarado de Qatar, que se ha convertido en un espacio seguro para la hermandad.

Por otro lado Francia e Italia compiten por establecer sus empresas en el país africano con mayores reservas de petróleo. También es de especial interés para los franceses llegar al sur de Libia en un intento de controlar desde el norte al Estado Islámico y al-Qaeda en el Sahel; especialmente activos en Níger.

Además, el dominio del Mediterráneo y el tránsito de los recursos es un factor clave. Grecia, Chipre y Turquía firmaron el 2 de enero de este 2020 un acuerdo para construir el gaseoducto EastMed que permitirá llevar gas natural desde el este del Mediterráneo hasta el corazón de Europa por Italia. Pero este proyecto peligra con el nuevo acuerdo firmado entre Turquía y el GNA para crear una zona marítima de control compartido que une sus costas y parte de facto el Mediterráneo. El acuerdo es de una legitimidad internacional cuestionable, porque aunque el gobierno del GNA está reconocido por la ONU, lo que presenta como 'su costa' realmente pertenece al gobierno de Tobruk de Khalifa Haftar, del mismo modo que 'la costa turca' pertenece a Grecia por la isla de Creta. Esta división, sin embargo, puede provocar una nueva disputa regional porque impide la construcción del EastMed, separando a Italia y Grecia por un lado y a Israel, Chipre y Egipto por otro. Esto sucede, además, en un contexto en el que una Turquía aislada a nivel regional, que quiere recuperar las ambiciones de expansión neo-otomanas, también ha firmado la construcción de un gaseoducto con Rusia (TurkStream) con el que introducir gas natural a Europa desde el Mar Negro.

La disputa regional con Turquía, que con la excusa de Libia se da en el Mediterráneo, también puede provocar nuevas discordias dentro de la Unión Europea después de que una Alemania pusilánime frente a la presión turca haya decidido excluir a Grecia de la conferencia de Berlin, aunque en ésta vayan a estar presentes además de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidos, Italia, Congo, Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Argelia la Unión Europea, la Unión Africana y la Liga Árabe. De ello se ha aprovechado Khalifa Haftar, que antes de viajar a Alemania ha decidido pasar por Atenas para reunirse con el Ministro de Exteriores griego Nikos Dendias.

¿Qué se puede esperar de la Conferencia de Berlín?

Por el momento las partes beligerantes han alcanzo un alto el fuego mientras dure la conferencia que ha dado un respiro a los civiles, pero parece que se va a conseguir poco más que detener durante un tiempo la guerra. En el mejor de los casos, esta conferencia solo será el principio para impulsar futuros diálogos, porque los problemas de Libia son tan profundos y se han agudizado tanto a lo largo de los últimos nueve años que no parecen tener solución política a corto y medio plazo. A estas alturas es imposible plantear un poder compartido entre Sarraj y Haftar. La relación entre ambos líderes libios es tan tensa que según el ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, ni siquiera quieren estar juntos en la misma habitación.

Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
Alberto Rodríguez García, periodista especializado en Oriente Medio, propaganda y terrorismo.
De no encontrarse una solución para Libia, terminará siendo el paraíso de las mafias, las redes de tráfico de personas, de criminales… y una autopista para los grupos yihadistas que se expanden a lo largo de todo el Sahel

Mientras más dure la guerra, mayor será la injerencia de terceros en Libia. Si Haftar es incapaz de conquistar Trípoli, el caos solo beneficiará a Turquía, que tiene la justificación necesaria para establecerse en el país. Si Turquía se establece en Libia, Egipto tiene la excusa necesaria para seguir apoyando al Ejército Nacional Libio (LNA) e incluso involucrarse con personal militar. Y si el conflicto entra en esta dinámica, nadie va a querer quedarse fuera.

Que Europa y EE.UU. decidiesen destruir Libia sin un plan de futuro ha dejado a Libia sin futuro. Los objetivos en Libia nunca estuvieron claros, y nadie pensó en el caos que generaría derrocar a un líder que, con sus luces y sombras, supo mantener la estabilidad en el país. Europa ni siquiera tiene un plan común, y sintomático de esa desunión estratégica es la división entre Roma y París, que enfrentados, apoyan cada uno a un bando distinto en la guerra.

Tal vez ha llegado el momento de que Europa reconozca que unirse a Obama en su aventurismo contra Muamar Gadafi solo ha servido para que Rusia y Turquía se hayan podido asentar cómodamente en el Mediterráneo. Tal vez ha llegado el momento de que Europa se replantee su política exterior, mirando por sus intereses y no tanto por los de la OTAN. Tal vez ha llegado el momento de aceptar que, aunque la política juega un papel importante, como en Siria, la solución para Libia es militar. Tal vez ha llegado el momento de poner fin a una guerra que nunca debió empezar. De lo contrario, Libia terminará siendo el paraíso de las mafias, las redes de tráfico de personas, de criminales… y una autopista para los grupos yihadistas que se expanden a lo largo de todo el Sahel.

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