Siria. El primer día

Blog de Armén Zajarián

Desde la ventana del lujoso hotel Four Seasons se observa una tranquila noche en Damasco. Ni explosiones, ni disparos: todo según lo prometido. Aunque la verdad, se ve completamente desolado, pero hay que tener en cuenta que son las cuatro de la mañana, hora local.

La primera persona que nos recibió en el Aeropuerto fue el presidente del país, Bashar al Assad. Por supuesto que no personalmente. Pero en ese momento, cuando perdí la cuenta de cuántas fotografías suyas cuelgan en la terminal, pensé que lo apropiado sería que nos recibiera personalmente. En serio, sus fotografías están por todas partes. Incluso, antes de pasar el control de pasaportes conté quince reproducciones de gran tamaño, sin contabilizar las pequeñas pegatinas con su imagen que de dos en dos aparecen al lado de cada foto.
A menudo se puede ver al presidente Assad sembrando un arbusto (ni siquiera es un árbol) y en la pequeña habitación (aproximadamente de 10 por 10 metros) de objetos perdidos conté ocho retratos del presidente sirio. Por supuesto, no todo comenzó con esto.



La salida de Moscú fue un poco desordenada: nuestro equipo de filmación (dos operadores, un operador asistente, un corresponsal sirio, una corresponsal inglesa y yo) definía cuántos chalecos antibalas llevar y si se debíamos o no llevar cascos. Alguien de último momento fue a cambiar dinero (actualmente en Siria es imposible pagar con tarjeta de crédito o sacar dinero de un cajero automático. Una de las razones por las que las transacciones monetarias no están disponibles en este aislado país son las sanciones de países occidentales), alguien compró agua y otro vino acompañando a alguien y le deseaba buena suerte.

Yo rápidamente intente pegarme al sirio M, uno de los miembros de nuestro equipo. Un hombre muy agradable de unos 35 años que habla ruso e inglés.

- Mis padres me contaban que hay muchos armenios en Siria, le dije.
- ¡Sí, muchos! Pero ellos no te ayudarán porque eres español, y sonrió.
- Y esto, ¿debo quitármelo o dejarlo?- le pregunté mostrándole mi arete en la oreja.
- No importa, dijo riéndose otra vez.
- Tú en Siria pasarás como un sirio, así que puedes dejarlo. Aunque cuando vayamos a regiones religiosas será mejor que te lo quites.

Un poco más tarde, cuando ya nos dirigíamos al coche, él me preguntó esta vez seriamente:

- Escucha, ¿y tu pasaporte es ruso?
- Sí, respondo.
- Eso es bueno. Porque empezaba a dudar si nos detienen agentes del servicio de inteligencia. No importa, nosotros estamos contigo. Les diremos: “Somos sirios y rusos y hemos venido a filmar la verdad y contar al mundo sobre cómo los terroristas atacan a Siria”. ¿Y qué es lo que nuestra inglesa dirá entonces?

En el Aeropuerto de Damasco, bajo las atentas miradas del presidente Assad, nuestro equipo de filmación junto con los demás pasajeros se puso en la fila para pasar el control de pasaportes. El habitual proceso se terminó en el momento en que uno de nosotros llegó a la ventanilla de la aduana. El agente, al ver su visa llamó a su jefe. Y se escuchó un eco: “Ellos son periodistas”. Llegó un hombre de buena presencia con cuatro grandes estrellas en sus hombreras y comenzó a hablar con nuestro corresponsal sirio. Tan pronto como escuchó “Rusya al-Yaum” (Russia Today), asintió con la cabeza comprensivamente. Las conversaciones terminaron cuando él recogió nuestros pasaportes y nos propuso “descansar”, o sea tomar asiento en las bancas cerca del control de pasaportes. Después de unos 20 minutos nos dejaron pasar a todos y con honores, anunciándonos que ahora tenemos una visa de un mes. Pero este había sido solo el primer round.

El segundo se prolongó por al menos una hora. Los funcionarios de aduanas revisaban nuestro equipaje tan minuciosamente que los operadores tuvieron que sacar las luces de la cámara y mostrar cómo funcionaban y para qué se servían. Yo junto con la inglesa S. tranquilamente nos sentamos en un rincón a leer, por supuesto las conversaciones con los funcionarios de aduanas las llevaba el sirio M. En todo momento llegaban personas vestidas de civil, revisaban nuestro equipaje, preguntaban: “Russia Today”. Y nosotros respondíamos “Yes”. Y ellos solo asentían con la cabeza. Desde un principio estaba claro, aunque yo no entendía nada de las conversaciones del sirio M. con los agentes, que eran complacientes y que no tenían pretensiones de objetarnos nada, pero el control es el control. Por las buenas o por las malas, después de una hora y media de haber llegado al aeropuerto y ver la pancarta “Welcome to Siria”, me dije a mí mismo que sería bueno agregarle “Finally”.

El conductor del taxi nos llevó a toda prisa por una carretera que llevaba hacia el centro de Damasco. Paz y tranquilidad y con el favor de Dios, que no pase nada. En la entrada de la ciudad, en medio de la carretera, había tres gamberros con uniforme, linternas y armas en la mano. Cerca de ellos todos los conductores disminuían la velocidad, los uniformados alumbraban con sus linternas el interior de los vehículos y hacían señales con las manos y dejaban pasar. El sirio M. nos dijo que tras dos ataques terroristas ocurridos en Damasco en diciembre y enero todas las principales avenidas están siendo patrulladas por militares: entrar en Damasco sin encontrarse con ellos era imposible.



Cuando llegamos al hotel y nos detuvimos frente a la barrera de control, se acercaron al coche dos hombres vestidos de civil con aparatos especiales: antes de dejar pasar el vehículo revisaron con detectores la posible presencia de explosivos. No encontraron nada, lo que me permitió ahora estar aquí, en mi habitación del quinto piso.

Mañana tenemos que levantarnos temprano para ir al Ministerio de Información y por eso, como escribió Shakespeare en uno de sus “Sonetos”: “Cansado de trabajar, me apresuro a la cama, para dar descanso a los miembros, el camino es agotador …”