Opinión

La descolonización de Palestina: las claves para la salida de un conflicto de larga data

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El pasado sábado 7 de octubre distintos grupos de la resistencia palestina iniciaron la operación 'Tormenta de Al-Aqsa', una ofensiva que, por primera vez en la historia, ha conseguido entrar en territorios ocupados por Israel y romper el cerco a Gaza.

El conflicto palestino-israelí se extiende por más de setenta años y habitualmente se ha presentado como una pugna imposible de resolver. Para comprenderlo es importante mirar hacia atrás, hacer un pequeño recorrido histórico que nos permita saber cómo hemos llegado hasta aquí.

La población judía, sobre todo en Europa, ha sido maltratada de forma sistemática, llegando a producirse masacres e incluso expulsiones de partes del territorio europeo. Este escenario de persecución sirve de base para que, en el siglo XIX, en el contexto del auge de los sentimientos nacionales y de la construcción de los Estados-Nación, surja la ideología del sionismo, bajo el liderazgo de Theodor Herzl.

Los principios ideológicos del sionismo se basaban en la construcción de un Estado para el pueblo judío, sin embargo, esta corriente no fue durante años la mayoritaria, ya que muchos judíos europeos se encontraban plenamente asimilados dentro de las identidades nacionales existentes.

Tras cambios en el gabinete británico, se produce la Declaración Balfour en 1917, donde se promueve el establecimiento de un "hogar nacional" para el pueblo judío en la región de Palestina.

El primer problema que plantea este nacionalismo que reclamaba un Estado es que también carecía de un territorio. Aunque se barajaron varias opciones, como Argentina, donde se crearon numerosas colonias de inmigrantes judíos europeos; o el plan Uganda, una oferta de Joseph Chamberlain, secretario británico colonial del África Oriental Británica, que ofrecía 13.000 kilómetros cuadrados en la Meseta de Mau (actualmente Kenia). Finalmente, Herzl se decantaría por Palestina, un territorio entonces en manos del Imperio otomano que no tenía límites administrativos definidos en ese momento.

En los prolegómenos de la caída definitiva del Imperio turco, y tras cambios en el gabinete británico, se produce la Declaración Balfour en 1917, donde se promueve el establecimiento de un "hogar nacional" para el pueblo judío en la región de Palestina. La lógica británica era comenzar el reparto colonial de las partes del Imperio otomano en desintegración.

En 1922, la Sociedad de Naciones hace mención a esta declaración en relación con el inicio del mandato británico sobre Palestina, estableciendo que "el mandatario (…) garantizará el establecimiento del hogar nacional judío, tal como se establece en el preámbulo, así como el desarrollo de instituciones autónomas, y también la salvaguardia de los derechos civiles y religiosos de todos los habitantes de Palestina, independientemente de su raza y de religión".

La lógica británica era comenzar el reparto colonial de las partes del Imperio otomano en desintegración.

A fin de cuentas, no había que ser muy perspicaz para suponer que era inevitable un conflicto entre los nuevos colonos y los palestinos que ya habitaban esta tierra.

Política sionista

La política sionista implementada durante décadas previas a la creación del Estado de Israel, se basó en fomentar la inmigración y la acumulación de tierras, lo que originó desposesión y desplazamiento para los palestinos. A su vez, también se produjeron numerosas acciones terroristas, como las realizadas por Haganá, una organización paramilitar sionista creada en 1920, o Irgún, una organización terrorista sionista, liderada por el sionista revisionista Zeev Jabotinsky, que operó entre los años 1931 y 1948. Destacar que el Irgún fue la expresión armada de la ideología del naciente sionismo revisionista, predecesor del partido político nacionalista Herut (Libertad), y del actual partido Likud, que lidera el actual primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. De hecho, el Likud ha conducido o ha sido parte de la mayoría de los gobiernos sionistas desde 1977.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el holocausto contra los judíos europeos por parte de la Alemania nazi, y un contexto favorable a los procesos de descolonización, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba en noviembre de 1947 la Resolución 181, la cual recomendaba un plan para resolver el conflicto entre judíos y árabes en la región de Palestina, en esos momentos aún bajo administración británica.

Este plan proponía dividir la parte occidental del Mandato en dos Estados, uno judío y otro árabe-palestino, con un área, que incluía Jerusalén y Belén, bajo control internacional. El rechazo del gobierno británico a llevar a cabo este plan junto a la negativa de los países árabes de la región, tuvo como consecuencia una guerra en el territorio del Mandato de Palestina que estalló al día siguiente de la votación de este plan.

La principal consecuencia fue el exilio forzado de 750.000 nativos palestinos, conocido por el pueblo palestino como 'la Nakba', que significa "catástrofe" en árabe. Israel inició un proceso de ocupación de tierras que no ha cesado todos estos años y que vulnera de forma sistemática el plan de Naciones Unidas y la posible creación del Estado palestino.

En diciembre de 1948 se aprobó la Resolución 194 de Naciones Unidas, que insta al retorno de los refugiados, algo que no fue ni nunca ha sido aceptado por el Estado de Israel, lo que llevó a la creación en 1950 de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA, por sus siglas en inglés), aún vigente.

Sin embargo, esta no ha sido la única resolución de Naciones Unidas que cuestiona el accionar israelí en relación con los nativos palestinos. Más de setenta resoluciones se han presentado a lo largo de estos años sin que Israel se haya visto forzada de ninguna manera a cumplir con las exigencias del organismo. Destaca la resolución 3379 de la Asamblea General de la ONU, aprobada el 10 de noviembre de 1975, donde se establecía que "el sionismo es una forma de racismo y discriminación racial" y comparaba la situación a la vivida durante el 'apartheid' en Sudáfrica.

Ilan Pappé, historiador de origen israelí, considera que Israel y Palestina son dos denominaciones diferentes para un mismo territorio sometido de facto a una misma autoridad, en este caso la del Estado de Israel, pero donde sólo una parte de los habitantes tendría derechos civiles: los que poseen ciudadanía israelí. Con diferencias notables entre árabes y judíos e incluso, entre estos últimos, diferencias entre judíos askenazíes (europeos) y judíos mizrahis (orientales).

Durante todos estos años, la entidad sionista ha servido a los intereses desestabilizadores tanto de Reino Unido como de EE.UU. en la región de Oriente Medio,.

A su vez, en distintas declaraciones se ha mostrado radicalmente en contra de la creación del Estado de Israel, defendiendo la solución de la creación de un único Estado secular en la región histórica de Palestina, lo que implicaría que convivan tanto árabes como judíos. Una propuesta que también gana adeptos dentro de la causa palestina, fundamentalmente por la incapacidad de cumplir en la actualidad con el plan de partición establecido por Naciones Unidas en 1947, debido a los distintos asentamientos y ocupaciones ilegales de Israel.

Protección a Israel

Lo cierto es que la excepcionalidad israelí no se puede comprender si no ampliamos el mapa para el análisis. Durante todos estos años, la entidad sionista ha servido a los intereses desestabilizadores tanto de Reino Unido como de EE.UU. en la región de Oriente Medio, es por esto que, una y otra vez, el Estado de Israel es protegido por estas potencias, aun cuando los crímenes de lesa humanidad son conocidos y condenados a nivel internacional.

Es importante poner sobre la mesa que el conflicto palestino-israelí es ante todo de carácter político, no religioso ni étnico, y entronca con el cierre en falso de la descolonización británica del territorio, y con el inicio de un nuevo proceso colonial, liderado por una ideología excluyente que potencia las diferencias religiosas o étnico-culturales y que imposibilita la paz a ambas partes. Ni el colono ni el nativo pueden dejar de enfrentarse en medio de este contexto, por lo que la violencia es inherente a este escenario. Solo resolver la cuestión colonial puede garantizar la paz en la región. 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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