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Venezuela: secuestro, petróleo y el fracaso de la propaganda

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Venezuela: secuestro, petróleo y el fracaso de la propaganda

Los hechos son claros: EE.UU. bombardea Venezuela, provoca víctimas mortales —mayoritariamente miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, incluidos 32 cubanos que eran parte de la defensa del presidente— y secuestra al mandatario Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. Es algo tan grave como una agresión directa contra un Estado soberano y el secuestro de su jefe de Estado. Y más allá de otras especulaciones, este debería ser el centro de cualquier debate. Pero sigamos analizando los hechos.

Pese a esta acción criminal, el Estado venezolano no colapsa: el gobierno no cae y la cadena de mando se mantiene. Se abren investigaciones internas para determinar responsabilidades y, conforme a la lógica constitucional, Delcy Rodríguez, asume el liderazgo del Ejecutivo mientras se exige la liberación del presidente.

A nivel popular sucede algo aún más incómodo para la narrativa que nos habían impuesto, según la cual teóricamente el pueblo venezolano estaba a la espera de tan vil desenlace. Pero lejos de un supuesto estallido contra el gobierno, lo que se ve mayoritariamente dentro de Venezuela son movilizaciones de apoyo y protestas que exigen la liberación del presidente secuestrado.

Actualmente, en Venezuela hay 4.396 comunas, 953 circuitos comunales y un total de 5.349 instancias de participación ciudadana del Poder Popular, distribuidas por todo el país, donde participan cerca de 5 millones de personas. En ellas el lema también está claro: ¡No hay transición, hay revolución!

Sin embargo, pese a tratarse de la organización política de carácter popular más amplia del país, nadie habla de ellas en los "sesudos" análisis de los grandes medios de comunicación, que nos dicen que debemos escuchar a los venezolanos, aunque eso sí, parece que solo a los que les interesa.

El mismo día de los hechos, un medio español, El País, se convirtió de manera involuntaria en testigo de todo esto. Coloca tres cámaras que emiten en directo en YouTube: una cerca del Palacio de Miraflores, otra con una panorámica de la ciudad de Caracas y una tercera en la frontera entre Venezuela y Colombia. El resultado es revelador: en Miraflores se graba una manifestación espontánea exigiendo la liberación del presidente, mientras que en la panorámica general de la ciudad y en la frontera se observa una tranquilidad absoluta.

No es el Ejército venezolano el que ha bombardeado a su pueblo, sino el de EE.UU.

La pregunta resulta inevitable. ¿Cómo es posible que en un país donde, según esos mismos medios, la oposición habría ganado con un 80 % de los votos y se habría producido un fraude masivo, no exista capacidad alguna para articular las calles contra el gobierno? ¿Cómo se explica que no haya una respuesta popular acorde al relato que se nos ha vendido durante años?

Algunos tratan de justificar esta incoherencia apelando al miedo a la represión interna. Sin embargo, no es el Ejército venezolano el que ha bombardeado a su pueblo, sino el de EE.UU.. En ese sentido, ¿a qué fuerza bruta podría temer realmente el pueblo venezolano?

La respuesta empieza a asomar incluso en medios nada sospechosos de simpatía con el chavismo. El propio The New York Times ha reconocido que María Corina Machado no interesó a Trump porque no fue capaz de demostrar con qué apoyos reales contaría si se la aupaba al poder. Trump, que no es precisamente un defensor de la soberanía venezolana, se burló de ella y la calificó de débil. Y, sin embargo, se nos había presentado como la presidenta que todos esperaban. El episodio roza lo grotesco cuando, pese a los desplantes, Machado ofrece a Trump el Premio Nobel de la Paz, como si pudiera regalarse. El comité Nobel tuvo que salir a aclarar lo obvio: que eso no funciona así. El ridículo aumentaba.

Pese a discursos contradictorios, hay algo que Trump sí ha repetido de manera coherente: su único interés es el petróleo.

Por su parte, Donald Trump —como nos tiene acostumbrados— ha ido encadenando discursos contradictorios, ya sea en ruedas de prensa o a través de redes sociales. Primero afirmó haber "controlado" Venezuela; después trató de sembrar dudas sobre una supuesta traición de Delcy Rodríguez; minutos más tarde amenazó a la actual presidenta encargada para forzarla a hacer lo que él quisiera; y después aseguró que el "operativo" era únicamente contra Nicolás Maduro. Pero hay algo que sí ha repetido de manera coherente: su único interés es el petróleo.

Y aquí conviene detenerse un momento. Venezuela no ha roto en ningún momento los acuerdos comerciales que mantenía con la empresa estadounidense Chevron, acuerdos que solo se vieron afectados por el bloqueo impuesto por el propio Donald Trump y parcialmente aliviado durante la administración Biden. Es decir, Venezuela ya vende petróleo a empresas estadounidenses. Si lo que Trump pretende es que venda más, el final lógico de esta película sería el levantamiento del bloqueo petrolero. Visto así, resulta difícil comprender dónde estaría el supuesto "éxito" de la operación estadounidense.

Sin embargo, no hay que ser ingenuos. Hay un presidente secuestrado y una amenaza explícita contra todos los demás. La estrategia es clásica: dividir al chavismo mediante la fabricación de intrigas y sospechas sobre supuestas traiciones internas, para con ello debilitarlos y forzar una negociación más beneficiosa. Una negociación en relación al petróleo. No lo olvidemos.

Primero sembraron dudas sobre Delcy Rodríguez; y parece que, como eso no ha salido bien, la siguiente es intentar lo mismo con Diosdado Cabello. Lo cierto es que, si alguno de ellos fuera realmente un traidor, el comportamiento resultaría extraño: primero por la propia actitud de estos líderes, y, en segundo lugar, por la extraña actitud de quienes dicen haberlos "comprado", ya que hacer pública una supuesta traición antes de haber obtenido resultados es una estrategia torpe incluso en este mundo cínico al que parece que nos vamos acostumbrando. El siguiente nombre que se intentará utilizar es el de Vladimir Padrino, con la intención evidente de sembrar dudas también dentro del Ejército. Todo esto no hace sino confirmar la debilidad de quien no ha logrado imponerse frente a la fortaleza real del chavismo y recurre, una vez más, al viejo manual del "divide y vencerás". Quienes tenemos algo de memoria recordamos que esto ya se intentó tras la muerte de Hugo Chávez.

Lo que sí es indiscutible es que se ha producido un secuestro: del presidente, pero también del pueblo venezolano. A sus dirigentes políticos se los ha convertido en rehenes, amenazados con ser bombardeados o asesinados directamente. Trump llegó a decirle a Delcy —la misma a la que antes se presentaba como traidora— que o hacía lo que él ordenaba o acabaría peor que Nicolás Maduro. Quien quiera entender, que entienda.

Es evidente que, en este escenario, el gobierno venezolano se verá obligado a negociar, y esa negociación tendrá como eje el petróleo, donde EE.UU. muestra su verdadera urgencia. Pero confundir negociación con derrota sería un error. Esta historia no está cerrada, no porque falten presiones, sino porque existen límites reales a lo que puede imponerse por la fuerza.

Hay un pueblo que entiende la gravedad del momento y que asumirá la negociación como una necesidad táctica, no como una claudicación. Un pueblo que ya resistió un golpe de Estado, el sabotaje económico, las guarimbas, más de 900 sanciones y múltiples intentos de desestabilización. Y que no solo nada de eso lo derrotó, sino que sirvió para profundizar su propio proceso revolucionario.

El secuestro del presidente y la amenaza contra todo un país no inauguran una victoria imperial, sino un escenario peligroso en el que la fuerza pretende sustituir al derecho, algo que no afecta solo a Venezuela. Pero, además, revela los límites de una narrativa que se derrumba cuando los hechos ya no encajan en ella. Lo que ha fracasado no es el gobierno venezolano, sino el relato construido durante años para negar la existencia de ese pueblo organizado que es quien de verdad manda en la República Bolivariana.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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