Mientras el mundo analiza Venezuela, Irán, Nigeria o el país que EE.UU. decida atacar —buscando explicaciones, contextos e incluso posibles "justificaciones" para la barbarie—, e incluso, cuando se pregunta con razón qué pinta Europa en un escenario donde Washington la amenaza directamente y Bruselas responde señalando como enemigos a Rusia y China, se pierde de vista el factor común.
Donald Trump, más allá de su carácter narcisista, ególatra y, en definitiva, objetivamente peligroso, representa la manifestación de un doble agotamiento: por un lado, del liderazgo político tradicional estadounidense; por otro, de un modelo hegemónico que ha perdido su capacidad de integración social, su fuerza persuasiva y, sobre todo, su proyecto de acumulación expansiva.
En su segundo ascenso al poder y con apenas un año en la presidencia, Trump ya ha superado a Obama, quien hasta entonces lideraba el ranking, en número de agresiones extranjeras. El dato ha defraudado incluso a sectores del universo MAGA que esperaban una política exterior más contenida, y que ha ido decepcionando también a otros segmentos que lo apoyaron como mal menor o como esperanza reaccionaria.
Durante décadas, la oligarquía estadounidense fue capaz de conciliar intereses divergentes bajo un mismo paraguas expansivo. Hoy ese paraguas se ha encogido. El pastel ya no crece al ritmo necesario y el conflicto entre fracciones tiende, inevitablemente, a agudizarse.
Sin embargo, el problema de fondo ya no es la psicología de Trump —aunque juegue su papel—, sino algo más estructural: por qué las fracciones dominantes del capital estadounidense lo asumieron como gestor y qué consecuencias puede tener esa apuesta para el propio sistema que dicen defender.
Durante décadas, la oligarquía estadounidense fue capaz de conciliar intereses divergentes bajo un mismo paraguas expansivo. Hoy ese paraguas se ha encogido. El pastel ya no crece al ritmo necesario y el conflicto entre fracciones tiende, inevitablemente, a agudizarse.
Así, cada vez que Trump parece atender las demandas de uno de esos sectores del capital que, al inicio, parecían haber alcanzado un consenso en torno a su figura —proteccionismo industrial, presión energética, rearme, control migratorio—, abre fisuras con otros. Los aranceles que benefician a unas fracciones dañan las cadenas globales de valor de otras. La confrontación geopolítica que alimenta al complejo militar-industrial encarece mercados y genera inestabilidad financiera. La presión sobre aliados tradicionales inquieta al capital más internacionalizado. Y la arbitrariedad de sus políticas erosiona la confianza, acelerando incluso los mecanismos de desdolarización.
Esta tensión interna explica también la aparente dispersión de la política exterior estadounidense, que en realidad no lo es. Venezuela, Irán, México o Groenlandia no son episodios inconexos. Comparten un denominador común: energía, recursos estratégicos, control territorial y disciplinamiento geopolítico en un mundo que ya no es unipolar.
Venezuela y su petróleo. Irán como nudo energético y geopolítico en Asia Occidental. México como frontera laboral, industrial y migratoria. Groenlandia como enclave clave en la nueva disputa ártica. En todos los casos, EE.UU. no actúa desde la confianza del hegemón indiscutido, sino desde la urgencia de un poder que percibe que pierde margen. La aparente desesperación de Trump no es un rasgo personal aislado, sino que responde al papel que se le ha asignado: forzar resultados allí donde las estrategias anteriores fracasaron.
Venezuela, Irán, México o Groenlandia no son episodios inconexos. Comparten un denominador común: energía, recursos estratégicos, control territorial y disciplinamiento geopolítico en un mundo que ya no es unipolar.
Y este es otro elemento central que no conviene olvidar: las políticas previas no funcionaron. Ni las guerras "humanitarias" de Obama ni el uso masivo de sanciones —más correctamente, medidas coercitivas unilaterales— lograron restaurar la hegemonía estadounidense. Produjeron devastación, sí, pero también resistencia, nuevas alianzas y un progresivo desplazamiento del eje mundial. Trump aparece, así, como la respuesta desesperada a ese fracaso acumulado.
El problema es que forzar no equivale a resolver. Y cuando una estrategia no produce los resultados esperados, el apoyo del capital tampoco es incondicional, como ya ocurrió anteriormente. El capital estadounidense no es sentimental: apoya mientras la estrategia rinde. Si Trump no logra reordenar el tablero a favor de esos intereses, ese respaldo puede erosionarse. Pero aquí emerge una complicación de enorme calado: ¿consentirá un narcisista aupado al poder ser apartado sin resistencia, como ocurrió con sus antecesores?
En su intento por sostenerse, Trump está construyendo lealtades personales y aparatos propios. Y no es un fenómeno exclusivamente interno. La presión directa para condicionar procesos electorales, negar resultados adversos o forzar desenlaces bajo amenaza ya se ha ensayado en países como Honduras o Argentina.
Ese mismo patrón también empieza a proyectarse hacia dentro. La expansión y politización de organismos como ICE, convertidos de facto en un cuerpo parapolicial con lógica de enemigo interno, es una señal de alarma. A ello se suma una retórica cada vez menos ambigua sobre la excepcionalidad permanente, el cuestionamiento del calendario electoral y la normalización del estado de excepción, justificado por amenazas constantes —internas o externas—.
La expansión y politización de organismos como ICE, convertidos de facto en un cuerpo parapolicial con lógica de enemigo interno, es una señal de alarma. A ello se suma una retórica cada vez menos ambigua sobre la excepcionalidad permanente.
Porque la erosión del respaldo no proviene solo del capital. La ruptura social interna también se acelera. El rechazo a las políticas de Trump crece al mismo ritmo que se profundiza la crisis social estadounidense: una crisis de vivienda cada vez más aguda, el aumento de la violencia, la drogadicción, la desigualdad económica y racial en ascenso, y una precarización que atraviesa amplias capas de la población. A ello se suma una respuesta estatal que, como ya dijimos, no busca integrar ni negociar, sino disciplinar.
Porque esta es la forma en que Trump "dialoga" con su propio pueblo: del mismo modo que con el resto del mundo, mediante la amenaza, la coerción y la violencia. La represión de la protesta, la persecución selectiva y la construcción del enemigo interno no son efectos colaterales, sino parte constitutiva de su forma de gobierno.

Esa lógica también se expresa en el uso selectivo del castigo económico y social con fines electorales. La retirada de ayudas a la infancia y a programas sociales en estados gobernados por demócratas no responde solo a una agenda ideológica, sino a un cálculo político explícito ante unas elecciones intermedias que podrían arrebatarle las mayorías en las cámaras.
En efecto, como en las elecciones de medio término en Argentina, Trump ha vuelto a chantajear al pueblo a través de un recorte de presupuesto. No es casual que esta estrategia se despliegue al mismo tiempo que el Partido Republicano pierde presencia incluso en bastiones históricos como Miami.
En ese sentido, no es exagerado —si atendemos a la escena completa— plantear que EE.UU. se acerca a una forma de fascismo. No una copia de los modelos europeos del siglo XX, sino una variante adaptada a su propia historia imperial: un fascismo tecnificado, securitario, con retórica de orden y restauración y, este es un elemento decisivo, con armas nucleares. Una diferencia que no es menor. Nunca antes una potencia con semejante capacidad destructiva había entrado en una dinámica tan abierta de degradación institucional y política.
Pero la historia no está cerrada. A diferencia de los relatos de fuerza que proyecta el trumpismo, el poder estadounidense atraviesa hoy un entramado de contradicciones internas —económicas, sociales, territoriales y políticas— que ningún liderazgo personal puede controlar indefinidamente. El mismo capital que lo sostiene puede retirarle el respaldo si deja de ser funcional; las instituciones, por erosionadas que estén, aún operan como campo de disputa; y el rechazo social, lejos de disiparse, sigue creciendo.
Lo verdaderamente inquietante no es Trump en sí. Es que el país más armado del planeta haya llegado a este punto. Pero precisamente por eso, la salida no puede imponerse solo por la fuerza. La huida autoritaria no resuelve las causas del declive, solo las aplaza y las agrava. Y en ese límite —en esa incapacidad para recomponer hegemonía— se abre también un margen: el de que las propias contradicciones del sistema terminen por frenar esta deriva.
EE.UU. ya no gobierna el mundo desde la confianza, sino desde la urgencia. Y la urgencia, por definición, es mala consejera para los imperios. Esa es la advertencia histórica. Pero también, potencialmente, el principio de un desenlace que aún no está escrito.


