En el actual contexto internacional —marcado por guerras abiertas, tensiones geopolíticas permanentes, sanciones, pugnas económicas y un reordenamiento evidente del poder global— la información ha dejado de ser solo un instrumento para comprender la realidad. Hoy es, de manera explícita, un frente más del conflicto. Un campo de batalla en el que se disputa sentido, legitimidad y percepción pública. Y, como todo frente de guerra, está plagado de maniobras de distracción, intoxicación y propaganda.
Aunque este fenómeno no es nuevo, sí ha alcanzado una velocidad y una intensidad inéditas con el desarrollo del ecosistema digital. El inmediatismo de internet, la lógica algorítmica y la conversión de la información en mercancía han transformado profundamente la formación de la opinión pública. Ya no priman la verificación, la contextualización o el análisis, sino el impacto inmediato, el clic, la reacción emocional. En este escenario, los bulos, las teorías extravagantes sin fundamento y el clickbait se han naturalizado de manera inquietante.
La paradoja es evidente. Vivimos en la época con mayor acceso a fuentes, documentos y datos de la historia y, sin embargo, asistimos a una regresión alarmante del pensamiento crítico. La sobreabundancia informativa no ha producido mayor comprensión, sino confusión. El ruido sustituye al análisis, la sospecha permanente reemplaza a la investigación y la opinión se fabrica a golpe de titulares diseñados para circular como un producto más de consumo rápido.
La paradoja es evidente. Vivimos en la época con mayor acceso a fuentes, documentos y datos de la historia y, sin embargo, asistimos a una regresión alarmante del pensamiento crítico. La sobreabundancia informativa no ha producido mayor comprensión, sino confusión.
El caso de Venezuela en las últimas semanas ha sido especialmente ilustrativo. Tras el criminal ataque estadounidense y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de Cilia Flores, proliferaron en redes sociales teorías de "traición interna" que no solo carecían de pruebas, sino que eran desmentidas sistemáticamente por los propios hechos. Circularon rápidamente versiones que hablaban de una conspiración palaciega, sin la menor evidencia verificable. Llegó a decirse, de hecho, que Maduro había sido entregado sin resistencia, hasta que se supo que 32 cubanos de la guardia personal del presidente habían sido asesinados durante el asalto. Pero el bulo ya había hecho su trabajo desmoralizador y divisor.
Estas narrativas no surgen en el vacío. Se alimentan de un ecosistema informativo concreto que conviene analizar sin simplificaciones. Por un lado, las redes sociales no son espacios públicos ni colectivos, sino infraestructuras privadas en manos de un número muy reducido de actores. No pertenecen "a todos", ni funcionan como una plaza común, sino como empresas con propietarios identificables, intereses económicos definidos y una enorme capacidad para intervenir en la circulación de la información.
Por otro lado, su funcionamiento no depende únicamente de la voluntad de esos propietarios, sino de un mecanismo técnico y económico específico: el algoritmo. Un sistema diseñado para maximizar tiempo de permanencia, interacción y rentabilidad publicitaria. En ese marco, el contenido no se ordena por su veracidad, su relevancia social o su capacidad explicativa, sino por su potencial para generar reacción emocional. La ira, el miedo y la indignación se convierten en activos.
El caso de Elon Musk resulta especialmente ilustrativo en ese cruce entre propiedad y lógica algorítmica. Su control sobre una de las principales plataformas de comunicación global no ha alterado la naturaleza del sistema, pero sí ha evidenciado hasta qué punto estas infraestructuras pueden orientarse políticamente sin dejar de funcionar según las mismas reglas de mercado. No se trata de una anomalía personal, sino de la manifestación abierta de un modelo en el que la comunicación está sometida simultáneamente a la concentración de la propiedad y a una lógica automática de amplificación del ruido.
En este entorno, no hace falta una conspiración centralizada para producir confusión: basta con que se sigan optimizando beneficios. Cuanto más polariza un contenido, más circula; cuanto más circula, más rentable resulta. El resultado es un espacio informativo en el que gana quien logra fijar el clima emocional del debate, no quien contribuye a comprender la realidad.
Cuanto más polariza un contenido, más circula; cuanto más circula, más rentable resulta. El resultado es un espacio informativo en el que gana quien logra fijar el clima emocional del debate, no quien contribuye a comprender la realidad.
Es en ese terreno donde proliferan teorías conspirativas que, lejos de cuestionar el poder, lo refuerzan. El conspiracionismo contemporáneo ofrece una explicación cómoda: existe un "alguien" omnipotente, oculto y casi metafísico que lo controla todo. Frente a ello, un análisis riguroso de la realidad no necesita recurrir a fantasmas. El poder realmente existente es visible; tiene nombres, instituciones, empresas, bancos, fondos de inversión y mecanismos concretos de coerción económica, política y militar.
La confusión interesada entre ambos enfoques cumple una función clara. Si todo se reduce a una secta invisible, desaparecen las contradicciones reales, los intereses materiales y los responsables identificables. Y con ellos, cualquier posibilidad de intervención política. El mundo deja de ser un espacio de conflictos históricos para convertirse en un tablero secreto gobernado por voluntades inalcanzables. Una idea tan falsa como profundamente desmovilizadora.
Resulta revelador que, mientras se alimenta la fantasía de un poder oculto, el poder oligárquico realmente existente se exhiba sin pudor. El Foro Económico Mundial de Davos es un escaparate obsceno, pero pedagógico. Allí se reúnen representantes de las mayores corporaciones del planeta, grandes bancos, fondos de inversión, consultoras, gobiernos y organismos internacionales, todos compartiendo agenda, diagnósticos y prioridades. La llamada "colaboración público-privada" se presenta como algo natural, sin escándalo alguno. No hay nada oculto en ello. ¿Para qué imaginar una agenda secreta cuando el poder se deja fotografiar a plena luz del día?
Mientras tanto, el ruido informativo cumple su función: desplaza el conflicto desde las relaciones sociales y materiales hacia una guerra cultural interminable. Se discute sobre enemigos inventados, agendas fantasmales o batallas simbólicas, mientras quedan fuera de foco los problemas reales: la precariedad estructural, la vivienda inalcanzable, la privatización de derechos básicos, la desigualdad creciente. Una sociedad atrapada en ese ruido es más manejable y más fácil de orientar contra objetivos equivocados.
Pero hay un elemento adicional, aún más inquietante. En ese vacío de sentido, la clase dominante sigue preparándose para una "guerra" que reaparece en el discurso público con una naturalidad alarmante. Quizá por eso conviene recordar a ese amargo e inteligente Luis Eduardo Aute, que cantaba sobre La guerra que vendrá. Quizá porque la guerra llega también con confusión. Y la guerra que vendrá ahora será aún más hortera que la de Aute, a la vista de esa tendencia imparable a las "batallas culturales" y a discutir con fervor en las redes sociales sobre temas que no tienen una influencia real sobre nuestras vidas. La gente se vuelve más manejable y fácil de movilizar cuando lucha contra un enemigo inventado y, al mismo tiempo, más difícil de organizar contra un poder demasiado real.
Porque en tiempos de guerra —militar, económica o informativa— la primera víctima siempre es la verdad. Y cuando la verdad cae, lo que queda no es libertad de opinión, sino ruido. Un ruido constante que no nos deja pensar, comprender ni transformar el mundo en el que vivimos.


