El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht, en Madre Coraje y sus hijos, alertaba: "Con la guerra aumentan las propiedades de los hacendados, aumenta la miseria de los miserables, aumentan los discursos del general y crece el silencio de los hombres". En una línea semejante, Hermann Hesse, poeta y novelista nacido en Alemania y posteriormente nacionalizado suizo, Premio Nobel de Literatura, advertía: "No reniego del patriotismo, pero primeramente soy un ser humano, y cuando ambas cosas son incompatibles, siempre le doy la razón al ser humano".
Observamos con preocupación el avance de un nuevo militarismo en Alemania. La estrategia presentada el 22 de abril de 2026 prevé elevar las Fuerzas Armadas (Bundeswehr) hasta 460.000 efectivos, entre soldados activos y reservistas, y coincide con el primer despliegue permanente alemán en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial: una brigada blindada en Lituania.
Al mismo tiempo, aunque el servicio militar no ha sido restablecido plenamente, Berlín ya está reconstruyendo sus mecanismos: cuestionarios ineludibles para los varones de 18 años, controles médicos progresivos y la posibilidad de que el alistamiento sea un imperativo, si falla el reclutamiento voluntario o la situación lo exige.
Este movimiento no es aislado. Forma parte de una reorganización militar más amplia. La OTAN acordó en la cumbre de La Haya de 2025 elevar el compromiso de gasto hasta el 5% del PIB anual en defensa y seguridad para 2035, con al menos un 3,5% dedicado a gasto militar estricto.
La Comisión Europea, por su parte, impulsó el plan ReArm Europe / Readiness 2030, que pretende movilizar hasta 800.000 millones de euros para defensa, incluida una línea de préstamos SAFE de 150.000 millones.
Esa es, en el fondo, la estrategia de la profecía autocumplida que se está forjando en Europa: construir las condiciones de una respuesta rusa para después presentarla como prueba de la supuesta "amenaza" que se había anunciado desde el principio.
La excusa, como todos sabemos, vuelve a ser la famosa 'amenaza rusa'. Y aquí conviene recordar, parafraseando a otro alemán mucho menos humano que los anteriormente citados, Joseph Goebbels, aquella lógica propagandística según la cual una mentira repetida mil veces puede acabar funcionando como verdad. No porque sea verdad, sino porque organiza percepciones, justifica decisiones y prepara a la opinión pública para aceptar lo que antes habría rechazado. Esa es, en el fondo, la estrategia de la profecía autocumplida que se está forjando en Europa: construir las condiciones de una respuesta rusa para después presentarla como prueba de la supuesta "amenaza" que se había anunciado desde el principio.
Se avanza hacia sus fronteras, se clausuran las posibilidades de una arquitectura de seguridad compartida y, finalmente, cualquier movimiento de Moscú se convierte en confirmación retrospectiva del relato inicial. Un esquema que ya hemos visto en Ucrania, con resultados más que conocidos.
La pregunta de fondo es por qué Alemania y Europa parecen apostar no por una seguridad real, sino por una escalada permanente. La respuesta combina dos elementos. Por un lado, la amenaza exterior sirve para cohesionar un proyecto europeo debilitado por el estancamiento, la pérdida de peso internacional y sus fracturas internas. Por otro, la militarización funciona como una falsa salida económica: en plena crisis industrial, el rearme promete inversión pública, contratos privados y beneficios para sectores vinculados a defensa, drones, misiles, inteligencia artificial, vigilancia, logística y ciberseguridad. Así, la guerra —o al menos su preparación— se convierte en un horizonte productivo. Europa pierde peso en el mundo y responde militarizándose, como si pudiera recuperar por esa vía lo que ha perdido en el terreno económico, político y diplomático.
La pregunta de fondo es por qué Alemania y Europa parecen apostar no por una seguridad real, sino por una escalada permanente. La respuesta combina dos elementos. Por un lado, la amenaza exterior sirve para cohesionar un proyecto europeo debilitado por el estancamiento, la pérdida de peso internacional y sus fracturas internas. Por otro, la militarización funciona como una falsa salida económica
Desgraciadamente, la historia europea conoce demasiado bien ese camino. A comienzos del siglo XX, Alemania era una potencia en plena transformación: desarrollo industrial acelerado, un movimiento obrero poderoso, profundas tensiones sociales y un capital en expansión que buscaba mercados, materias primas, rutas comerciales y zonas de influencia. Había llegado tarde al reparto colonial del mundo y esa presión contribuyó a empujar a Europa hacia la guerra. La Primera Guerra Mundial no fue una fatalidad misteriosa, sino una guerra de rapiña por el reparto del mundo. Se movilizaron patrias, banderas e himnos, pero detrás estaban los intereses económicos de las grandes potencias.
La Alemania actual, por supuesto, no es aquella Alemania. La historia no se repite mecánicamente; Marx, quizá el alemán más universal, advirtió que cuando regresa suele hacerlo primero como tragedia y después como farsa. La comparación no apunta a una esencia nacional, sino a intereses materiales que reaparecen bajo formas nuevas.
Tras 1945, Alemania quedó integrada en el orden atlántico, bajo tutela militar estadounidense, y reconstruyó su poder económico dentro del marco europeo: industria, exportaciones, disciplina presupuestaria, ampliación hacia el Este e influencia financiera e institucional. Tras la desintegración de la URSS, esa proyección oriental se intensificó. Hoy, en una Europa debilitada y subordinada a Washington, algunos sectores dirigentes parecen volver sobre una lógica peligrosa: compensar la pérdida de influencia económica y política mediante el rearme, la presión geopolítica y la preparación permanente de la guerra. El problema no es Alemania en abstracto, sino unas élites tanto alemanas como europeas que, cuando no encuentran salida a sus crisis, demasiadas veces intentan convertir la guerra en solución.
Conviene levantar la voz ahora: no para alimentar prejuicios nacionales, sino para impedir que Europa vuelva a confundir seguridad con militarización; no para sustituir una bandera por otra, sino para defender la vida concreta de los pueblos frente a quienes convierten la guerra en horizonte económico y político en beneficio de unos pocos.
El rearme alemán, la militarización europea y el cerco permanente a Rusia no son hechos aislados. Forman parte de la respuesta de las oligarquías europeas que se sienten débiles en un mundo en transformación, al que han llegado tarde y en el que ya no ocupan el lugar central que imaginaron para sí mismas. Europa pierde peso económico, político y diplomático, pero en lugar de preguntarse cómo integrarse en un mundo multipolar, responde con más gasto militar, más subordinación atlántica y más retórica de guerra. Ni siquiera parece existir una estrategia propia clara: el capital europeo, estrechamente condicionado por Washington, actúa con una mezcla de belicismo, dependencia y desconcierto.
Pero a la Europa de los pueblos no le interesa lo mismo que a la Europa de las élites. Mientras se anuncian miles de millones para armas, drones, misiles, bases militares e industria de defensa, se nos lleva años diciendo que no había dinero para derechos sociales, servicios públicos, vivienda, salarios, pensiones o cuidados. Lo que se presenta como una exigencia de seguridad es también una transferencia gigantesca de recursos hacia quienes hacen negocio con la preparación de la guerra.
La seguridad europea será compartida o no será. Rusia no es una abstracción exterior a Europa. Su historia está profundamente entrelazada con la del resto del continente. No habrá estabilidad duradera si se organiza contra Rusia como principio permanente, ni habrá paz si cada decisión se diseña para cerrar toda posibilidad de negociación futura.
La guerra no es inevitable. El rearme no es una ley natural. El clima prebélico se construye con decisiones políticas, presupuestos, discursos, intereses industriales y obediencias geopolíticas. Por eso conviene levantar la voz ahora: no para alimentar prejuicios nacionales, sino para impedir que Europa vuelva a confundir seguridad con militarización; no para sustituir una bandera por otra, sino para defender la vida concreta de los pueblos frente a quienes convierten la guerra en horizonte económico y político en beneficio de unos pocos.
Tal vez por eso hoy convenga recordar a Heinrich Heine, otro poeta alemán atravesado por el exilio y la preocupación por su país: "Cuando pienso en Alemania por la noche, pierdo el sueño". Dos siglos después, no debería quitarnos el sueño Alemania como pueblo, sino la posibilidad de que sus élites, junto al resto de las élites europeas, vuelvan a empujar al continente hacia una tragedia que todavía estamos a tiempo de evitar.


