Palestina 36, el eco de una historia de colonialismo y resistencia

Carmen Parejo Rendón

El estreno en España de 'Palestina 36', de la cineasta palestina Annemarie Jacir, llega en un momento en el que Palestina ocupa una centralidad internacional que no había tenido en décadas.

El genocidio en Gaza ha provocado movilizaciones multitudinarias, campañas de solidaridad y una creciente impugnación del relato oficial israelí y de la complicidad occidental. Sin embargo, resulta llamativo que una película proyectada en numerosos festivales internacionales y reconocida con importantes premios no haya contribuido, al menos hasta ahora, a abrir un debate público más amplio sobre las raíces políticas e históricas de la cuestión palestina.

La circulación del filme parece haber quedado concentrada, sobre todo, en espacios culturales, intelectuales y militantes ya sensibilizados con el tema. En ese sentido, y asumiendo algunas de las preguntas que plantea la propia película, quizá convenga volver al origen de esta historia. Porque, más allá de sus devastadoras consecuencias humanitarias, estamos ante un conflicto de carácter político, y cualquier solución real pasa necesariamente por comprender cómo se construyó.

En 1936, Palestina se encontraba bajo mandato británico y mantenía una sociedad diversa, formada por comunidades musulmanas, cristianas y judías que llevaban generaciones compartiendo el territorio. Esa pluralidad religiosa también estuvo presente en la revuelta, algo que la película recupera con acierto. El problema era —y sigue siendo— de carácter político y colonial.

Desde la Declaración Balfour de 1917, posteriormente incorporada al propio Mandato, Gran Bretaña había respaldado la creación de un "hogar nacional para el pueblo judío" en Palestina. Bajo esa protección colonial se consolidó el proyecto sionista de asentamiento de judíos europeos mediante la compra y transferencia de tierras, generando entre la población palestina una conciencia creciente de desposesión territorial y pérdida de soberanía. La resistencia venía desarrollándose desde años atrás y la muerte en combate de Izzedin al-Qassam, en 1935, se convirtió en uno de los símbolos de ese proceso. Aquellas tensiones desembocarían finalmente en una revolución de fuerte base campesina.

Gran Bretaña había respaldado la creación de un "hogar nacional para el pueblo judío" en Palestina. Bajo esa protección colonial se consolidó el proyecto sionista de asentamiento de judíos europeos mediante la compra y transferencia de tierras, generando entre la población palestina una conciencia creciente de desposesión territorial y pérdida de soberanía.

La revuelta comenzó en 1936. En abril se creó el Alto Comité Árabe para coordinar unas protestas que adquirieron rápidamente dimensión nacional y, durante los seis meses siguientes, se sucedieron huelgas, campañas de desobediencia civil, impago de impuestos, boicots y acciones de sabotaje. Miles de palestinos participaron en ellas, especialmente desde el mundo rural, directamente afectado por la pérdida de tierras.

Pero aquella movilización nacional estaba atravesada también por contradicciones de clase. La película muestra con claridad la distancia entre los sectores populares, que soportaban de manera inmediata el despojo, y determinadas élites urbanas, cuyos intereses podían encontrar espacios de acomodo e incluso colaboración con la administración colonial. La lucha contra el dominio británico y el proyecto sionista convivía, por tanto, con una lucha de clases dentro de la propia sociedad palestina, una debilidad que, bajo distintas formas, acompañará durante décadas a su vida política.

Tras una primera fase dominada por la huelga y la movilización civil, la revuelta adquirió desde 1937 un carácter crecientemente insurgente. Las fuerzas palestinas llegaron a disputar el control efectivo del territorio y a dominar amplias áreas montañosas y algunas ciudades hasta 1939.

Frente a ellas se desplegó un amplio dispositivo contrainsurgente británico, que contó también con fuerzas auxiliares y con la colaboración de organizaciones armadas sionistas. La Haganá —que posteriormente constituiría el principal núcleo de las Fuerzas de Defensa de Israel— cooperó con las autoridades británicas y algunos de sus miembros participaron en unidades empleadas en operaciones y represalias contra aldeas palestinas; el Irgún —dirigido años después por Menájem Beguin, fundador de Herut, antecedente directo del actual Likud de Netanyahu— intensificó desde 1937 los atentados y acciones de represalia contra la población árabe.

La Gran Revuelta constituye así uno de los grandes antecedentes de las posteriores Intifadas y recuerda algo fundamental para comprender el presente: la resistencia palestina y el conflicto por la tierra, la soberanía y la autodeterminación preceden en más de una década a la creación del Estado de Israel.

El lenguaje colonial británico redujo aquellos acontecimientos a "disturbios", ocultando su verdadera dimensión: una insurrección nacional y anticolonial contra un orden político impuesto desde el exterior y contra el proceso de colonización que se desarrollaba bajo su tutela. La Gran Revuelta constituye así uno de los grandes antecedentes de las posteriores Intifadas y recuerda algo fundamental para comprender el presente: la resistencia palestina y el conflicto por la tierra, la soberanía y la autodeterminación preceden en más de una década a la creación del Estado de Israel.

La represión británica combinó castigos colectivos, destrucción de viviendas y operaciones contra aldeas acusadas de colaborar con la revolución. En paralelo, la Comisión Peel propuso en 1937 la partición de Palestina: el futuro Estado judío recibiría aproximadamente un tercio del territorio, cuando las tierras adquiridas en el marco del proyecto de asentamiento sionista rondaban apenas el 5,6 %. Cerca de la mitad de la población de esa zona era además árabe, situando ya el desplazamiento de población en el centro del proyecto. La derrota de la revuelta dejó a la sociedad palestina debilitada, desarmada y políticamente fragmentada, mientras las organizaciones sionistas salían reforzadas.

Sin embargo, el Libro Blanco, publicado el 17 de mayo de 1939, expresó un nuevo equilibrio de fuerzas. La Gran Revuelta había demostrado el enorme coste de sostener indefinidamente aquel orden colonial mediante la fuerza y, al mismo tiempo, el escenario internacional se precipitaba hacia una nueva guerra mundial, que comenzaría apenas tres meses y medio después. Londres necesitaba proteger sus intereses estratégicos en Asia Occidental y evitar que la rebelión palestina alimentara una hostilidad más amplia en el mundo árabe.

Gran Bretaña limitó entonces la inmigración judía, restringió las transferencias de tierras y planteó la creación de un Estado palestino independiente. El cambio internacional tendría también otra consecuencia: mientras Londres trataba de recomponer sus relaciones con el mundo árabe, el movimiento sionista desplazaba progresivamente hacia Estados Unidos la búsqueda de su principal respaldo exterior. Tras la guerra, sería Truman quien presionaría a Gran Bretaña para permitir la entrada en Palestina de 100.000 refugiados judíos.

Volver a 1936 permite comprender la cuestión palestina como un proceso de descolonización inconcluso. La película recuerda que la tragedia actual hunde sus raíces en decisiones políticas concretas y en responsabilidades occidentales también concretas.

Pero este desplazamiento tampoco fue natural, sino fruto de la persecución masiva de los judíos europeos. Su salida de Europa no puede interpretarse como una adhesión generalizada a la ideología sionista: fueron el nazismo, el fascismo y, finalmente, el Holocausto los que convirtieron a cientos de miles de europeos en refugiados, despojándolos de derechos, propiedades y hogares. De hecho, entre quienes consiguieron escapar de Alemania y Austria antes de la guerra, una proporción mayor se dirigió hacia Estados Unidos y América Latina que hacia Palestina.

Sin embargo, aquella tragedia proporcionó al proyecto sionista una nueva fuerza demográfica y política, mientras unas potencias occidentales reticentes a abrir sus propias fronteras aceptaban a Palestina como destino para los judíos expulsados de Europa. La contradicción resulta difícil de ignorar: el racismo europeo los convertía en extranjeros en sus propias tierras mientras las consecuencias de aquella persecución terminaban trasladándose sobre Palestina.

Volver a 1936 permite comprender la cuestión palestina como un proceso de descolonización inconcluso. La película recuerda que la tragedia actual hunde sus raíces en decisiones políticas concretas y en responsabilidades occidentales también concretas.

El sionismo se consolidó como un proyecto funcional a los intereses estratégicos de las potencias occidentales —primero Gran Bretaña primero y luego Estados Unidos— que encontraron en el colonialismo de asentamiento un instrumento útil para mantener su influencia sobre una región fundamental. Comprender esta dimensión política resulta imprescindible para dejar de abordar Palestina únicamente cuando sus consecuencias adoptan la forma de una nueva crisis humanitaria.

Una solución real exige comprender las causas, las relaciones de poder y el carácter colonial del problema, y plantear las condiciones para que Palestina pueda ser, finalmente, descolonizada.