Opinión

Una pandemia en alto contraste para ver más allá de la indignación (y darle espacio al optimismo)

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El coronavirus es el pretexto ideal para azuzar la indignacionitis.

En redes sociales, en medios de comunicación y en las charlas de amigos, vecinos y familiares, en su mayoría obligadamente virtuales, se impone un dejo de decepción ante el ser humano por las actitudes miserables que se replican y que no saben de nacionalidades ni de fronteras. Son tan globales como la pandemia.

Cómo no sorprenderse y enfadarse, por supuesto, con la irresponsabilidad del 'youtuber' que, sabiendo que tenía coronavirus, violó el aislamiento para ir a un supermercado. Con las personas que agreden al personal de salud, las que les echan cloro a las enfermeras en las calles o les impiden subirse al transporte público, las que ponen carteles para pedirles a médicos (o a cualquiera que trabaje en hospitales o supermercados) que no usen espacios comunes en los edificios o que, de plano, se muden.

Ni hablar de los empresarios que, en aras de su codicia, quieren forzar a los gobiernos a terminar con las cuarentenas. Los que están despidiendo a trabajadores en masa. Las fuerzas de Seguridad que aprovechan esta crisis para seguir violentando a jóvenes, a quienes ejercen la prostitución y a todo aquel que puedan. Los millonarios que exhiben su obscena riqueza, el lujoso confort de sus encierros, mientras millones de personas pierden a diario sus modestos empleos como resultado de la pandemia. Los que obligan a las empleadas de los hogares a seguir trabajando porque ellos, obvio, no van a limpiar sus propias casas. Los que inventan inexistentes muertes de inexistentes familiares enfermos de coronavirus para culpar a algún gobierno. Los comunicadores que diseminan campañas de desinformación. El periodismo les quedó muy lejos. Los líderes políticos que anteponen su ignorancia, desdeñan los riesgos a la salud y basan sus decisiones en creencias religiosas e intereses económicos y no en evidencias científicas. Los opositores que solo apuestan a sacar alguna tajada, un voto, un cargo, y se vuelven repentinos expertos epidemiólogos.

Cecilia González, escritora y periodista.
Cecilia González, escritora y periodista.
Los microfascismos estallan. Los balcones se reconvierten en tribunales en los que se denuncia, juzga y condena a aquel que ose salir, aunque no se tenga idea de por qué anda afuera.

Los microfascismos estallan. Los balcones se reconvierten en tribunales en los que se denuncia, juzga y condena a aquel que ose salir, aunque no se tenga idea de por qué anda afuera. Gente que sale y censura la cantidad de gente con la que se topa porque cree que su motivo es el único válido para evadir el encierro por un rato. Con el dedito levantado, desde púlpitos imaginarios, se desprecian gustos estéticos y políticos ajenos solo porque no se ajustan a los gustos propios. La intolerancia se contagia.

Imposible no presenciar esta mutación social con incrédulo estupor. Son demasiadas muestras juntas de la miserabilidad de la que podemos ser capaces los seres humanos. De ahí que una frase se haya popularizado en las redes sociales: "merecemos extinguirnos".

Pero la pandemia también muestra otros costados menos desesperanzadores.

Lo prueban las y los médicos, enfermeros y trabajadores de la salud que, sin tener los presupuestos y equipos suficientes, sin ganar los salarios que se merecen, están salvando todas las vidas que les son posibles en todas partes del mundo. Las y los científicos que están buscando una vacuna, a las apuradas. Y los trabajadores de limpia, de los supermercados, los mercados de abasto, los choferes, los repartidores de comida, los transportistas que se exponen para que millones más podamos cumplir con un encierro que, para muchos otros, es un privilegio inaccesible porque no salir a trabajar implica, directamente, no comer.

Cecilia González, escritora y periodista.
Cecilia González, escritora y periodista.
Pero la pandemia también muestra otros costados menos desesperanzadores. Lo prueban las y los médicos, enfermeros y trabajadores de la salud que, sin tener los presupuestos y equipos suficientes, sin ganar los salarios que se merecen, están salvando todas las vidas que les son posibles en todas partes del mundo.

Ejemplos de buena vecindad, sobran. Vecinos que se celebran cumpleaños, se cantan a lo lejos, se dejan pasteles en las puertas o cenan de pasillo a pasillo, de ventana a ventana. Que se acompañan y se abrazan sin tocarse. Como el argentino Juan Parodi, que le hace las compras a su vecina mayor y le cumple las especificidades para traerle "berenjenas lisitas", "manzana no arenosa" y "leche cero lactosa, no baja lactosa". O Fernando, el músico que toca el violín desde su balcón; Begoña, la soprano que canta arias; Victoria, la lectora que pone su copiosa y variada biblioteca a disposición; Gabriela, que les manda cajas de vinos a sus amigos encerrados, y Cynthia, la periodista que cumple casi dos meses de cuarentena encerrada con esposo y sus tres hijos menores en un departamento y, aun así, se da tiempo de contarnos a diario la tragedia italiana que es la tragedia de toda la humanidad.

Hay vecinos que se ofrecen a enseñarles a otros a hacer trámites por internet. Que organizan la compra conjunta para evitar exposiciones innecesarias. Que se ofrecen a coser gratis la ropa de hijos ajenos. Que ayudan sobre todo a las personas mayores porque son las que más riesgos corren. Les hacen la limpieza, les cocinan o tiran su basura.

Barbijos caseros y gratuitos hay por doquier. Basta asomarse un rato a las redes sociales para saber de personas de todas las edades en multitud de países que suben tutoriales para elaborar el codiciado accesorio o que, de plano, lo regalan.

Están, también, los pilotos y tripulantes que se proponen como voluntarios para repatriar a sus compatriotas a los que la pandemia dejó varados lejos de casa. Los voluntarios que reparten guantes y barbijos a las personas que duermen en las calles. Los que preparan viandas para compartir. Los restauranteros que regalan desayunos o comidas o cenas a quienes no pueden pagar. Los ambulantes que les ofrecen frutas y verduras gratis a las personas mayores que no tienen recursos. La gente que pone mesas afuera de supermercados con paquetes de papel de baño, frijoles, atún, sal y cloro y el letrero: "si puedes, dona; si te falta, toma". Las redes de cuidados para personas travestis y trans, para mujeres que necesitan abortar, para mujeres que están en cuarentena con sus agresores. Y los políticos responsables. Sí, existen.

Cecilia González, escritora y periodista.
Cecilia González, escritora y periodista.
Nada de ello alcanza, sin embargo, para respaldar la edulcorada teoría futurista que apuesta a que, de esta pandemia, saldremos reconvertidos en mejores seres humanos. Lo único que puedo asegurar es que no, de ninguna manera merecemos extinguirnos. A pesar de todo, cada mínimo gesto de solidaridad demuestra que nuestra especie todavía vale mucho la pena.

Hay amor, empatía, confianza, valor, generosidad, fraternidad. Cuidados que para paliar el miedo y el desconcierto colectivo.

Nada de ello alcanza, sin embargo, para respaldar la edulcorada teoría futurista que apuesta a que, de esta pandemia, saldremos reconvertidos en mejores seres humanos. Quién sabe qué va a pasar con nosotros. Quién sabe cómo nos reconstruiremos. Quién sabe cómo reformularemos a nuestras sociedades. Lo único que puedo asegurar es que no, de ninguna manera merecemos extinguirnos. A pesar de todo, cada mínimo gesto de solidaridad demuestra que nuestra especie todavía vale mucho la pena. 

 

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