Opinión

Polarización de la prensa en Argentina: de la élite mediática que se victimiza al reclamo de un periodismo decente

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Gritan. Fruncen el ceño. Se indignan. Denuncian censura, acoso, amenazas y persecución. Se autoerigen como adalides de la prensa independiente, héroes de la libertad de expresión y mártires del periodismo. Aseguran que los quieren callar, que los quieren meter presos. Que hay un Ministerio de la Venganza. Con alta autoestima, se comparan con los periodistas que investigaron el Watergate.

Son los comunicadores de la élite mediática argentina que en las últimas semanas han andado muy ocupados peleándose con el gobierno de Alberto Fernández y denunciando inexistentes amenazas a la libertad de expresión.

Justo ellos, que trabajan en los medios más grandes, los que todavía marcan parte de la agenda mediática. Los que tienen al mismo tiempo columnas en diarios, programas de radio y de televisión en las cadenas más importantes. Los que se entrevistan mutuamente con garantía de alta repercusión. Los más famosos y millonarios. Los que usan el periodismo para sus negocios privados. Los antiperonistas que, sin reconocerlo, militaron a favor del macrismo. Los que distorsionan la información en favor o en contra de políticos, según sus filias y fobias. Los que hacen del periodismo un espectáculo.

Justo ellos, los que tienen las posiciones más privilegiadas en los medios de comunicación y jamás se solidarizan con las luchas laborales de miles de trabajadores de prensa que padecen la creciente precarización del oficio.

Una de espías y periodistas

La campaña de victimización comenzó el año pasado, a partir de escandalosos casos de espionaje que involucran a periodistas que forman parte de esa élite y que tienen cuestionables vínculos con agentes de inteligencia.

Uno de ellos, que incluso le pasó a un espía amigo información sobre los colegas con los que compartía programa, ya fue procesado por el presunto delito de "coacción y extorsión en grado de tentativa". Otro es un comunicador especializado en emitir al aire escuchas telefónicas ilegales y que ha sido señalado, pero todavía no imputado, como parte de una red clandestina de espionaje.

Si cometieron algún delito o no, lo tendrá que decidir la justicia.

Pero en lugar de esperar el avance de las investigaciones, se abroquelaron junto con sus mediáticos amigos para decir que las denuncias en su contra son ataques a la libertad de expresión promovidas por el gobierno peronista. En ese clima, cualquier respuesta o reacción del presidente o el resto de los funcionarios, ya sea en entrevistas o en redes sociales hacia algún periodista opositor, se delata a coro como autoritarismo, intolerancia.

Cecilia González, escritora y periodista.
Cecilia González, escritora y periodista.
La crítica a medios y a periodistas también forma parte de la libertad de expresión. Es un derecho de la democracia. Más aun si hay presuntos delitos de por medio. No somos, ni debemos ser, intocables. Impunes.

Alimentan así la permanente confusión de que todo cuestionamiento a la prensa implica una agresión a valores fundamentales y es"un hecho de extrema gravedad institucional". Y no. La crítica a medios y a periodistas también forma parte de la libertad de expresión. Es un derecho de la democracia. Más aun si hay presuntos delitos de por medio. No somos, ni debemos ser, intocables. Impunes.

La defensa corporativa derivó en la publicación de un comunicado para denunciar "campañas de difamación pública y presiones contra periodistas profesionales". Entre los abajofirmantes había exfuncionarios de medios públicos que hostigaron, difamaron y despidieron a cientos de trabajadores de prensa durante el gobierno de Mauricio Macri.

Polarización que desgasta

El intenso debate en torno al periodismo en Argentina es apenas un capítulo más de la polarización mediática que estalló en 2008, luego de que el kirchnerismo y el Grupo Clarín, el multimedios más importante del país, rompieran su alianza política.

En ese momento, un sector del periodismo y el gobierno se enfrascaron en encendidos discursos por una libertad de prensa que, en el fondo, no le interesaba a ninguno. 

La poderosa empresa sólo quería mantener y aumentar sus privilegiados negocios (lo logró con creces en la presidencia de Macri), mientras que el gobierno de Fernández de Kirchner, quien junto con su esposo y antecesor Néstor Kirchner siempre fue intolerante con la prensa en general, buscaba debilitar el poder económico de Clarín y favorecer a empresarios amigos para que, desde nuevos o viejos medios, incluso los estatales, difundieran la narrativa épica del kirchnerismo, aun a costa de informes denigrantes contra periodistas.

El equilibrio y el derecho a la información no importaban. En el fragor de esa pelea, poderes mediáticos y políticos agredieron, maltrataron y difamaron a trabajadores de prensa de todo tipo de medios, según les conviniera, sin diferenciar a "operadores" de laburantes, que son la inmensa mayoría. La tensión fue permanente.

La pelea Clarín-kirchnerismo encumbró al periodismo militante, ya fuera opositor u oficialista. El fanatismo político se replicó en las redes, con escaso margen para miradas alejadas de esos extremos. Los esfuerzos de imparcialidad o equilibrio fueron excepcionales y resultado de decisiones personales de las y los periodistas, no una regla ética de las empresas.

Cecilia González, escritora y periodista.
Cecilia González, escritora y periodista.
La pelea Clarín-kirchnerismo encumbró al periodismo militante, ya fuera opositor u oficialista. El fanatismo político se replicó en las redes, con escaso margen para miradas alejadas de esos extremos. Los esfuerzos de imparcialidad o equilibrio fueron excepcionales.

Hoy, en una de las puntas de esa polarización están las principales compañías mediáticas y sus periodistas "estrella", que se autodenominan "independientes" a pesar de que en realidad son opositores al peronismo y apoyaron y cuidaron a Macri durante sus cuatro años de gobierno.

Del otro lado están los que simpatizan con el kirchnerismo y celebraron la vuelta del peronismo al poder. En número, presencia en medios e influencia, son los menos.

Cada sector radicalizado cuenta, a su vez, con su propio público fanatizado que aplaude a ese tipo de periodismo porque encaja con su propia militancia. La polarización es permanente. Si se critica a Macri, siempre saltará alguien a decir: "pero Cristina era peor", y dirá que seguramente el periodista en cuestión recibe sobornos, sólo porque no coincide con lo que piensa. Y viceversa. Es como una competencia permanente de errores, miserias, escándalos y denuncias.  

Derechos y periodismo

En medio de este panorama quedan miles de periodistas que intentan ejercer el oficio con diversidad de miradas y matices, ya sea desde medios tradicionales, alternativos, autogestivos. Con escasas excepciones, este tipo de periodistas no suele atraer los reflectores, ni ganar millones, ni tener columnas, ni conducir programas en horario en estelar.

Por supuesto, cada periodista tiene todo el derecho de ejercer su trabajo de la manera que mejor le parezca. Oficialista, opositor, crítico, activista o como prefiera llamarse a sí mismo. Más o menos equilibrado. Con mayor, menor o nula calidad. Nos guste o no. Estemos de acuerdo o no. Eso no puede ponerse en duda.

En el caso de quienes hoy se victimizan, hace 12 años convirtieron a Fernández de Kirchner en la villana favorita. Es su monotema. Su obsesión. La han insultado y agredido de todas las formas posibles. El sesgo de odio es evidente, sin que ello les haya quitado fuentes de trabajo. Todo lo contrario. Ganaron más fama, publicidad e ingresos. También publicaron investigaciones contra exfuncionarios kirchneristas que estaban manipuladas, armadas en coordinación con fiscales, jueces y, a veces, hasta con delincuentes. Y en las que se convirtieron en tribunales para dictar sentencia de culpabilidad de antemano.

Cecilia González, escritora y periodista.
Cecilia González, escritora y periodista.
En el caso de quienes hoy se victimizan, hace 12 años convirtieron a Fernández de Kirchner en la villana favorita. Es su monotema. Su obsesión. La han insultado y agredido de todas las formas posibles. El sesgo de odio es evidente, sin que ello les haya quitado fuentes de trabajo.

Su presunta indignación contra la corrupción es selectiva: sólo les molesta la corrupción kirchnerista. Todavía evaden cuanto pueden los escándalos que afectan al macrismo. Al expresidente y a sus exfuncionarios les hacían entrevistas condescendientes. Los miraban con embeleso. Los colmaban de halagos. Hoy se enfurecen con el presidente Alberto Fernández y con los funcionarios peronistas.

El doble estándar llegó para quedarse. Y ejercerlo, claro, es otro de sus derechos incuestionables.

El saldo macrista

Durante el macrismo, un grupo de golpeadores atacó la redacción del diario Tiempo Argentino. Fue una de los peores y verdaderas agresiones a la libertad de expresión desde que Argentina recuperó la democracia.

Macri también les dijo a periodistas amigos que, si pudiera, mandaría en un cohete a la luna a cientos de argentinos que, según él, detenían el progreso del país, entre ellos a periodistas. Años después nos enteraríamos del espionaje masivo de la Agencia Federal de Inteligencia macrista a cientos de colegas.

En Télam, la agencia estatal de noticias, en un solo día echaron a 354 trabajadores. El funcionario a cargo celebró al grito de: "¡ganó el periodismo!". Las represiones en las marchas, que incluían intimidaciones de las fuerzas de Seguridad a los comunicadores, fueron una constante. Los despidos, también. Se perdieron más de 4.000 puestos de trabajos. Los maltratos, difamaciones y humillaciones de los trabajadores se hicieron norma en los medios públicos.

Uno de los periodistas de más larga trayectoria en Argentina tuvo que dejar de publicar su columna después de revelar la lista de quienes habían adherido a un blanqueo de capitales promovido por Macri. Uno de los beneficiarios era el hermano del presidente. Los dueños del único canal opositor a Macri permanecieron detenidos dos años por presuntas irregularidades fiscales.

Cuando estalló el primer escándalo de espionaje clandestino, la élite periodística se solidarizó con el acusado, no con los colegas que habían sido espiados. Hoy ocurre lo mismo. No respaldan ni siquiera a periodistas de sus mismas empresas que fueron espiados ilegalmente. Y eso que sobran las pruebas del delito.

Sobre todo esto, callaron. Entonces, si no les indignan todos los ataques a la libertad de expresión, sino sólo los que supuestamente les afectan a ellos, es difícil creerles. Más bien les preocupan sus negocios, sus intereses políticos particulares. Su periodismo militante.

También a eso tienen derecho. Sin duda. Aunque sobreactúen y, con aires de superioridad, den clases públicas de periodismo y presuman una independencia de la cual carecen.

Resistencias

La prensa es el poder que menos se fiscaliza, el que más se resiste a la transparencia. Que investiga pero no quiere ser investigada. Al mínimo intento de regulación, crítica o investigación judicial, denuncian ataques a la libertad de prensa.

No pasa sólo en Argentina. En la mayoría de los países hay un sistema de clases que divide al periodismo entre un puñado de figuras mediáticas con altos sueldos, exposición mediática y trabajo garantizado, y el resto. 

En respuesta a ese sector y a su campaña de victimización, más de 1.100 periodistas que trabajan en diferentes medios argentinos publicaron esta semana una carta para diferenciarse y recordar que, al igual que toda la ciudadanía, las y los trabajadores de prensa estamos sometidos al escrutinio público y a la ley.

"No tenemos privilegios. Y no toda crítica, por exagerada o injusta que sea, puede ser considerada como un 'ataque a la libertad de expresión'... creemos que el periodismo debe ejercerse con profesionalidad, libertad y dignidad", aseguran.

Lo que debería ser de sentido común, las premisas del oficio, hoy tienen que volver explicarse: "No vale todo. Entendemos que la defensa de la libertad de expresión tiene una acción doble: nuestro derecho a informar y el derecho de la comunidad de informarse. Y entendemos a esa libertad de expresión como una conquista colectiva, no desde posiciones individuales ni sectarias. No es nuestra libertad, es de la sociedad".

En las redes sociales se expandió un clamor por el periodismo decente. Y no es para menos. La dañada credibilidad y confianza a la prensa argentina así lo amerita.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.