Opinión

¿Quién es quién en las mentiras? La deplorable estrategia de López Obrador para denostar a la prensa opositora (y la que no lo es tanto)

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El 2 de febrero de 2015, el entonces jefe de Gabinete de Argentina, Jorge Capitanich, no tuvo mejor ocurrencia para denunciar las mentiras sistemáticas que publicaba la prensa opositora que romper en vivo un ejemplar del diario Clarín, emblema del grupo mediático más poderoso del país.

La escena, transmitida durante una conferencia de prensa, fue uno de los capítulos culminantes de la intensa pelea que ya desde entonces arrastraban el multimedios y el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y que hoy continúa bajo la presidencia de Alberto Fernández.

Frente a los periodistas, Capitanich señaló notas que, efectivamente, eran falsas; rasgó las páginas correspondientes y acusó a periodistas con nombre y apellido. Un año más tarde, el político reconoció que había cometido un error, que su actitud había sido contraproducente.

Y lo fue, porque su reacción sólo ayudó a victimizar a Clarín y a los periodistas mencionados y a alimentar las denuncias sobre la "intolerancia" del kirchnerismo. Capitanich, quien al igual que la mayoría de los políticos ha sido víctima de campañas de desinformación, entendió que los funcionarios deben responder a la prensa, así sea la opositora, con mayor altura política. No con menos.

Recordé este episodio a propósito de la nueva sección que el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador inauguró en sus conferencias mañaneras. El objetivo, dijo, es develar "quién es quién en las mentiras" que se publican en los medios.

Cecilia González, periodista y escritora.
Cecilia González, periodista y escritora.
Aunque menciona solamente a algunos columnistas, para su numeroso público, todos los periodistas que se atreven a cuestionar al presidente forman parte de ese grupo al que hay que defenestrar, al que hay que "desenmascarar" con insultos, ataques y difamaciones.

¿Es esa la función de un jefe de Estado? No. Tampoco equivale a ejercer el legítimo derecho de réplica. Lo que ocasiona López Obrador con esta estrategia es reforzar la estigmatización contra todos aquellos periodistas que critican o investigan sus acciones de Gobierno. Y, además, se erige como el guardián de La Verdad desde el máximo puesto de poder político. Qué peligro.

Sin justificación

En México, durante décadas existió un aceitado sistema de corrupción en la prensa, ya fuera a través de dádivas ocultas o del reparto de la publicidad oficial, que comenzó a desaparecer bajo la gestión de López Obrador. Pero también gran parte de los medios ayudó a fortalecer una democracia que todavía está en proceso de consolidación.

Al mosaico que compone actualmente la prensa mexicana hay mucho que criticarle. Es cierto que la negligencia informativa en los grandes medios es cotidiana. Se viralizan noticias falsas, calumnias e injurias e, incluso, se incita a la violencia a través de intensas campañas de desinformación. Es un mal que aqueja a la mayoría de la prensa en Occidente y que se padece de manera particular en América Latina.

Lo contradictorio es que esas mismas prácticas las repiten periodistas lopezobradoristas que incentivan discursos de odio. El sistema de medios se termina dividiendo entre dos extremos ruidosos que, unos desde los medios tradicionales y otros desde las redes sociales, se gritan al espejo: "tú mientes, tú manipulas, tú tergiversas, tú violentas". Las bajezas están a la orden del día.

A veces, la competencia de miserabilidad llega al límite mientras que, desde otras trincheras, medios en su mayor parte alternativos y trabajadores de prensa alejados de la fama, la riqueza y los reflectores respetan, rescatan y dignifican el oficio con información profesional y sin militar a favor o en contra del poder político. Ese no debería ser nuestro papel, aunque cada quien tomará sus propias decisiones del tipo de periodismo que quiere ejercer. El trabajo habla por cada uno de nosotros. 

El problema es que López Obrador se empeña en denunciar de manera constante a determinados diarios o canales de televisión. Aunque menciona solamente a algunos columnistas, para su numeroso público, todos los periodistas que se atreven a cuestionar al presidente y al Gobierno forman parte de ese grupo al que hay que defenestrar, al que hay que "desenmascarar" con insultos, agresiones, ataques y difamaciones.

Las premisas son rudimentarias: están convencidos de que a López Obrador sólo se le critica porque de por medio hay (o dejó de haber) pago de sobornos; o porque son "golpistas" de la "derecha", "conservadores" y "neoliberales" que quieren terminar con su gobierno. Son motivos suficientes para exacerbar la violencia verbal que muchas veces traspasa las pantallas hasta llegar a las calles. 

Contradicciones

Para justificarse, el presidente advirtió que las malas prácticas periodísticas "laceran la libertad de expresión y atentan contra la democracia", sin darse cuenta de que son los mismos daños que él provoca con su insólita sección de denuncias sobre medios, un ejercicio que, como lo viene haciendo desde que comenzó a gobernar, solamente habilita las agresiones a la prensa en general.

Cecilia González, periodista y escritora.
Cecilia González, periodista y escritora.
Otro efecto búmeran es la inmediata victimización de los medios y periodistas acusados. En algunos casos, da escozor que se sigan autodefiniendo como "independientes" pero, otra vez, los obsesivos señalamientos sobre su desempeño no corresponden a un presidente.

Es inadmisible que el Poder Ejecutivo se arrogue el derecho de fiscalizar la información publicada. ¿Y cuando el presidente o sus funcionarios mientan o se equivoquen –lo hacen todo el tiempo– qué va a pasar? ¿Lo van a reconocer? ¿Presentarán el segmento "quién es quién en las mentiras del Gobierno"? Será un círculo infinito. Ayer mismo, ya varios medios señalaron los errores, inexactitudes y falacias plasmadas en el primer capítulo de la nueva sección centrada en delatar operaciones de prensa.

Otro efecto búmeran es la inmediata victimización de los medios y periodistas acusados en la conferencia. En algunos casos, da escozor que se sigan autodefiniendo como "independientes" pero, otra vez, los obsesivos señalamientos sobre su desempeño no corresponden a un presidente.

La apertura de este debate es lamentable, además, en un país en el que, de acuerdo con Artículo 19, una organización que defiende la libertad de expresión y que también ha sido atacada por el presidente, desde que comenzó este Gobierno ya han sido asesinados 20 periodistas.

El primero fue Jesús Alejandro Márquez, en Nayarit, el 1 de diciembre de 2018, el mismo día que López Obrador tomó posesión. El más reciente es Saúl Tijerina Rentería, el 22 de junio, en Coahuila. Sabemos que no será el último, porque en México los periodistas siguen siendo víctimas de un clima de violencia que no cesa.

Ojalá el presidente, en lugar de atacar al periodismo, hablara de todos estos trabajadores de prensa. Ojalá creara una sección especial en sus conferencias para informar cada semana sobre el avance de las investigaciones de los 140 periodistas que han sido asesinados desde el año 2000. Ojalá demostrara que, de verdad, bajo su Gobierno los crímenes ya no quedarán impunes. Eso sí que sería un servicio a la Nación.

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