Opinión

Entre recelos, decepción y enojos, el peronismo encara las campañas de unas elecciones legislativas cruciales para el Gobierno de Alberto Fernández

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La pregunta no es si van a perder, sino por cuánto.

De ese tamaño es la desazón que permea en parte de la militancia peronista a poco más de un mes de las elecciones legislativas del próximo 14 de noviembre.

Ese día se elegirán 127 de las 252 curules de la Cámara de Diputados y 24 de las 72 del Senado. Será la renovación parcial del Congreso con el que tendrá que convivir el presidente Alberto Fernández en los últimos dos años de su mandato que vence en 2023.

Pero ese día, también, se sabrá cuánto pudo modificar el oficialismo los desastrosos resultados de las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) que se realizaron el pasado 12 de septiembre y que representaron un cimbronazo para la alianza gobernante del Frente de Todos.

Fue la peor derrota en la historia del peronismo, ese trascendental e intenso movimiento político que ha marcado la vida del país desde 1945. La oposición ganó en 17 de las 23 provincias y en la capital, en donde la derecha es imbatible desde 2007.

Parte de la explicación está en una devastación social que combinó la crisis heredada del macrismo, la pandemia y un programa político y económico que no ayudó a aliviar las necesidades sociales en medio de la emergencia sanitaria. Y que eran, son, urgentes.

En términos absolutos, el Gobierno perdió cuatro millones de votos con respecto a los que había obtenido en 2019. En términos relativos, quedó 10 puntos por debajo de Juntos por el Cambio, el principal bloque opositor en el que participa, sin capacidad de liderarlo, el expresidente Mauricio Macri.

Crisis

La sorpresa y el desconcierto dieron paso al escándalo. Al fracaso electoral le siguieron los vergonzosos y públicos forcejeos entre la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, que exigía cambios en el gabinete, y el presidente, que los resistía. El quiebre en la alianza, que se rumoreó durante tantos meses, quedó demostrado a la vista de todos, y todas.  

Vinieron entonces "las renuncias puestas a disposición" de funcionarios que respondían a la expresidenta y que, como una forma más de presionar al presidente, no se sabía si se iban o si se quedaban. ¿Había Gobierno?

Con el país en vilo, se difundieron también los audios de la diputada cristinista Fernanda Vallejos, quien no regateó insultos ni críticas: "El enfermo de Alberto Fernández es un ocupa, quiere conservar a su núcleo de inútiles, o tiene votos, no tiene legitimidad, no lo quiere nadie", "no hay conducción política, el jefe de Gabinete es un payaso", "este Gobierno ya fue, fracasó", "la dueña de los votos es Cristina", "no hay ningún tipo de previsión ni planificación", "el tipo (Fernández) esta atornillado y tiene atornillados a todos los inútiles que tiene en el gabinete", "los resultados (del manejo de la pandemia) también son pésimos".

Cecilia González, periodista y escritora.
Cecilia González, periodista y escritora.
Que el equipo de Gobierno se renovara con políticos conocidos que no tienen la mejor imagen pública no fue óbice, porque se supone que lo que hoy necesita Fernández es pragmatismo y, sobre todo, resultados de gestión que estos funcionarios de larga trayectoria supuestamente garantizan.

La filtración de los tres largos audios todavía hoy genera suspicacia. Para algunos militantes, formaron parte de la estrategia de la vicepresidenta para que, en esos días álgidos de la post derrota, una de sus leales fijara su posición en términos que ella no puede usar, por lo menos no públicamente. Por eso hay enojo y desconfianza por parte de quienes consideran que era innecesario llegar a tales niveles de beligerancia para exhibir su poder.

Otros, en cambio, aplauden a la vicepresidenta, quien, en esos cinco días que conmovieron al peronismo sumó su voz propia en una carta que develó aun más las profundas peleas internas en la coalición de un Gobierno del que ella fue la principal artífice al imponer a Fernández como candidato presidencial en 2019.

En ese momento fue considerada una jugada maestra que permitió que el peronismo unido impidiera la reelección de Macri. Hoy, inconformes con el desempeño del presidente, ni ella ni sus leales están seguros si de verdad lo fue tanto.

Panorama

Al final, Fernández cedió y cambió el Gabinete. El apuro por resolver la guerra interna era tan grande que anunció las sustituciones un viernes por la noche. Entraron viejos (y cuestionados) conocidos: desde el conservador Juan Manzur a la jefatura de Gabinete, hasta el siempre controvertido Aníbal Fernández (un exfuncionario kirchnerista todo terreno) en el Ministerio de Seguridad, entre otros.

Que el equipo de Gobierno se renovara con políticos conocidos que no tienen la mejor imagen pública no fue óbice, porque se supone que lo que hoy necesita Fernández es pragmatismo y, sobre todo, resultados de gestión que estos funcionarios de larga trayectoria supuestamente garantizan. Habrá que esperar para saber si esto es tan cierto.

Cecilia González, periodista y escritora.
Cecilia González, periodista y escritora.
El cambio de estrategia se manifiesta en un presidente que se alejó de la omnipresencia mediática, que dejó de opinar de todos los temas y de criticar al macrismo, porque el ruinoso legado del pasado Gobierno ya no sirve para convencer a la mayoría de la sociedad.

Los cambios permitieron pausar la crisis, pero la tensión se mantiene. El objetivo que repiten abiertamente todos los sectores de la alianza peronista es que hay que trabajar para "dar vuelta" la elección, para ganar en noviembre. En voz baja, sin embargo, reconocen que, la inconformidad, el desencanto y la desconfianza hacia el Gobierno se agudizaron todavía más con la pelea Fernández-Fernández de Kirchner y que lo único que esperan es acortar la diferencia de 10 puntos con la alianza derechista de Juntos por el Cambio.

De lo contrario, la gobernabilidad quedará en juego.

Por lo pronto, el cambio de estrategia se manifiesta en un presidente que se alejó de la omnipresencia mediática, que dejó de opinar de todos los temas y de criticar al macrismo, porque el ruinoso legado del pasado Gobierno ya no sirve para convencer a la mayoría de la sociedad de que el peronismo es la mejor opción.

Debilitado todavía en su credibilidad por el escándalo del cumpleaños que celebró con su pareja Fabiola Yáñez y sus amigos en la residencia presidencial, lo que violaba las restricciones que él mismo había impuesto debido a la pandemia, Fernández redujo el tono de confrontación y de campaña para apelar a la mesura, visitar a vecinos y recibir a L-Gante, un joven y cada vez más popular cantante de cumbia.

En la provincia de Buenos Aires, el distrito electoral más importante del país, y en donde el oficialismo perdió medio millón de votos, la organización kirchnerista La Cámpora se diseminó en los territorios y prácticamente está tocando puerta por puerta a los ciudadanos para convencerlos de que vayan a votar el 14 de noviembre. Y que elijan, claro, al peronismo.

Incertidumbre

En la política argentina, dos años son una eternidad. Es la frase que repiten cada tanto los militantes que, a fuerza de voluntad, quieren confiar en que el peronismo se puede recuperar en lo que le resta a este Gobierno, que el saldo no será un nuevo fracaso económico y social.

Cecilia González, periodista y escritora.
Cecilia González, periodista y escritora.
Del resultado del 14 de noviembre dependerá, también, el reacomodo de las fuerzas peronistas (...) Por ahora nada puede garantizarse, salvo que el peronismo sigue desunido, aunque quizá ya no tan desorganizado.

"Hemos estado peores", afirman algunos al recordar épocas de dictaduras, prescripciones, rupturas internas y hecatombes económicas. Y quizá tienen razón, solo que esa percepción no es consuelo ni aliciente en un país en el que, pandemia mediante, la pobreza ya alcanza al 40,6 % de la población. Son casi 19 millones de personas a las que les urgen políticas de Estado que palien su situación, no reflexiones históricas.

Del resultado del 14 de noviembre dependerá, también, el reacomodo de las fuerzas peronistas. En la batalla interna que se mantiene agazapada, la única que parece ganar en cualquier escenario es la vicepresidenta. Si el oficialismo mejora su caudal de votación de manera significativa, podrá presumir que ella tenía razón, que el Gabinete y las políticas debían renovarse. Pero si se repite o se profundiza la derrota, se demostrará que los cambios que exigía se concretaron demasiado tarde.

En ese escenario, el ministro de Economía, Martín Guzmán, tiene el primer boleto de salida.

Por ahora nada puede garantizarse, salvo que el peronismo sigue desunido, aunque quizá ya no tan desorganizado.

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